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jueves, 1 de mayo de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 10

ACCIÓN

La mañana se cubre con la dulzura de la noche; ella la preña, la fecunda, con su misterio, con el silencio que en sí, también, a ella la contiene.
Todo un encadenamiento, todo un misterio se devela en la aurora, claridad nueva, transparente, llena de vida; porque así como tu te despiertas con más ánimo, así también la naturaleza, la vida, cada mañana es otra, es nueva, es fuerte nuevamente, potente, viril.
Lo vital llega por olas, como el aliento; llegan y se van, un latir constante, un aliento. Un aire nuevo, un alimento. Un proyecto, un amor, una esperanza; pero una esperanza de más vida, de que ella siga alimentándonos; no aquella que está más cerca de la ilusión condimentada con algunas gotitas de imaginación.
Podemos imaginar, pensar, soñar, otros mundos; mundos nuevos en donde seamos plenos, felices, armónicos; pero chocamos con el universo, un conjunto de fuerzas desenfrenadas, capaces de salirse de su carrilles, como son las alucinaciones.
Queremos, deseamos la plenitud, la paz, la armonía; pero algo nos sumerge en un baño de angustias, de miedos, de temores, de envidias, de odios, de rencores, que ni aún el hombre más benévolo podrá evitar que habiten dentro de su ser, dentro de su alma, y que en ella hagan su nido, se reproduzca, se multiplique, y muchas veces, la mayoría de las veces, lo destruyan.
Afuera tenemos a la vital naturaleza, la vemos en sus devastadoras tormentas, terremotos, tsunamis, que matan a miles de seres inocentes, niños, ancianos, etc.. Ella no tiene visión de ver, de entender; ella es así, tiene sus cambios, son fuerza que la forman, fuerza que están en relación con universo, con sus movimiento, sus cambios.
Aunque somos naturaleza, aunque estamos formados de ella, sometida a ella, compartimos el deseo, la necesidad de estar aquí.
Como detenidos en una orilla, vemos, contemplamos, sin poder hacer casi nada. Y como no podemos cambiar ese nuestro destino, como es el morir; no por ello debemos justificar, ni buscar razones para ello.
Pero existe el milagro del habla, del pensamiento, de la razón, de las ciencias, etc., y ello no quiere decir que seamos seres de otro mundo, de otro universo. Lo único que hay, que existe, es la falta de desarrollo, de evolución para poder entender los eslabones, los intersticios, los detalles, en donde sabemos que habita el demonio, el diablo, como nos decía Goethe.
Así como existen las portentosas fuerzas, leyes con que se rige la naturaleza, también los hombres hemos creado leyes, por medio de la inteligencia, de nuestra razón. Y con ellas vivimos, con ellas tratamos de surcar este mar tormentoso que nos rodea.
No busquemos la raíz de la voluntad; veámosla, sintámosla, con ella podemos cambiar rumbos, con ella abrimos acequias, túneles, ríos artificiales, creamos las ciudades en donde podemos estar más seguros
Tratamos de habitar allí, en donde cada vez estamos más en resguardo de las caprichos de la naturaleza.
En sí luchamos con la naturaleza, haciéndola útil, no otra cosa es la cultura.
Si tenemos inteligencia es porque tenemos astucia, porque nuestra columna vertebral es capaz de esquivar los golpes certeros, con las cuales no hace mucho la naturaleza nos sacaba de combate.
A veces hasta nuestro cuerpo mudo cuando no comprende, cuando no le llega la información adecuada, se autodestruye; sus propias defensas arremeten contra su salud, contra su seguridad, se auto elimina.
Nos refugiamos cada vez más adentro, nos defendemos; porque la vida en si no quiere débiles ni enfermos, los elimina; basta que vea un error, un defecto, para que ella misma se encargarse de eliminarlo. Hasta hace poco a los débiles, a los incapacitados, nosotros mismos lo lanzábamos al vacío, lo eliminábamos, porque no podíamos mantenerlos, sostenerlos; producían inseguridad para los demás, peligro; el alimento tenía que servir para aquellos que podían avanzar, que podían sostenerla a la vida, a nuestra vida, y por ende, a la naturaleza también.
Pero he allí que hay algo que está brotando dentro de nosotros, lo hemos llamado ser. Hemos imaginado que debe haber una fuente, que no es nada seguro, desde donde todo es, y lo que no es no existe. ¿Por qué? Porque hemos tenido que decidir por un solo camino: la acción, es lo único seguro que hasta ahora tenemos y hemos tenido; no han venido ni los dioses ni el dios para socorrernos.
Por más que los Prometeos y los Jesucristos clamen frente a una cruz o sobre un peñasco, siempre hemos estado solos. Y si algo nos acompaña, es este universo, el universo de los universos; las fuerzas, las tormentas, la calma que por momentos nos hacer ver lo que somos, lo que hemos llegado a ser. Pero no ha habido otra cosa que la acción, la lucha; nadie nos ha dado nada, nos lo hemos conseguido todo, todo lo que hemos podido lograr dentro de ésta nuestra morada, no afuera de ella.
Volvemos a decir, tenemos ojos porque queremos ver, oídos porque queremos escuchar, piel por que queremos tener limites y sentir a lo otro, al otro, a todo lo que no rodea. Y si tenemos mente es porque queremos ver, pensar, observar, conocer, entender, y porque no, disfrutar lo que hemos llegado a conseguir en ese mercado abierto, que es el mundo, que es la vida.
Las leyes humanas son partes de esa morada que estamos construyendo, ellas son su techo, su piso, sus paredes, y que no podemos dejarlas derribar por el paso del tiempo; no podemos dormirnos en nuestro laureles, si eso pasa, la vida, la naturaleza, nos pasa también, pero por arriba como una topadora.
Es la lucha, la acción en ella, y por ella recobramos nuestras fuerzas, cargamos nuestra baterías, cómo lo hacen los autos con su generador en movimiento, funcionando. La batería solo sirve para el arranque, el animo también; en la lucha es que la vida se inclina, la naturaleza en sí se somete a nosotros aunque sea temporalmente, nuestra naturaleza también; nuestros intersticios, deseos, miedos, temores, son parte que están dentro de nuestro cuerpo, pero afuera de lo que somos, de lo que es nuestro espíritu.
El espíritu no avanza, se retira; pero en ese retirarse se adentra y devora a cuanto elemento se le acerque demasiado, más aún, lo macera como su alimento, cada vez más selectivo, más exquisito, más purificado, más nítido si se quisiera hablar de precisión.
En ese retirarse está su potencia. Porque la vida, la naturaleza, lo quieren afuera, en donde ellas son viejas y expertas; pero el espíritu se profundiza como si fuera un nadador, un buceador, y desde allí, como en la clandestinidad, construye su reino; nadie lo ve, tal vez solo algunos los presienten, y en esa invisibilidad lo construyen.
Un reino cuya cara es el arte, el conocimiento y la fe en él mismo y por él mismo.
Karigüe


Con este capítulo se termina la serie de muestra del libro "El Silencio". Si desea adquirir la versión electrónica del mismo puede pedirlo a info@karigue.com.ar



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Gracias. Karigüe

martes, 15 de abril de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 9

MUNDO

Es una fuerza la que hace, la que construye paso a paso, en un encadenamiento continuo; la que permite que el hombre sea.
La antropología, la psicología del aprendizaje, la anatomía de los movimientos, su cinética, nos hace ver que además de ser una consecuencia, somos una fuerza natural que se revela, que se hace presente; como si fuera ella el viento y nosotros las infinitas olas del mar, aquellas que aun se baten entre sí.
Esos Istmos presentes, esa espuma que en el medio del mar se eleva hasta rugir, hasta producir tormentas, tornados; que arrasan pueblos, bosques, desiertos para luego ser calma, reposo, hasta el próximo salto, el próximo grito, el próximo alarido, la próxima palabra, el próximo poema.
Algo que te sorprende cuando lo pensaste, algo que lo escribiste y luego te gustó. Lo inesperado; aquello que llega como donación, como regalo: la vida, tu vida, tus sueños, tus alegrías, tus esperanzas, tus ilusiones y porque no, tus alucinaciones también.
Un mundo que se revela, un cuerpo que se retiene y avanza, como un tornillo que perfora a la tierra, a la roca, a la oscuridad, al silencio.
Brota entonces la savia que se desvía, la sangre que ha regado desiertos a través del tiempo, aquella que hace bullir la voluntad del hombre, que arremete contra los arrecifes, los acantilados de mármol para ser espuma, para ser sueño.
Claras y salvajes a la vez son las aguas profundas y cristalinas, y en su batirse sobre sí se purifican. Tan sutiles y delicadas llegan a ser, pero a la vez incontenibles. Ellas carcomen la roca y taladran el mármol más duro; porque son la insistencia y la perseverancia, las que le dan poder.
Allí en el fondo habitan los peces más delicados y sutiles también, más diestros en el arte del desplazamiento, de escabullirse entre los arrecifes, entre las algas, entre las piedras y entre los intersticios que deja la naturaleza para ellos.
Sabrosa su carne, fría las aguas. Afuera el Sol adormece con su manto de calor y luz. Es la luz, la demasiada luz la que retiene al animal y lo devora. Es el calor que hace hervir la sangre de todo animal que se complace con la luz.
El Sol además de darnos vida, a la vez nos adormece, mientras la noche, la oscuridad, nos arroba. Somos más oscuridad que luz, más silencio que palabra.
No es la muerte la que nos saca, la que nos retira de la vida; es la luz, es el calor el que hace de nosotros seres temporales. ¿Seremos seres a los cuales alguien adormece sobre brasas, para luego degustar aquello que habremos de ser?
Es la carne del ciervo joven una delicia, porque ella tiene el sabor de una raza a la que la naturaleza a dotado de fibra, de músculos, capaces de correr más rápido que un León y que a la vez es tierna por su juventud.
Los héroes jóvenes se van temprano, antes que el hombre común, antes de aquel que pastorea por lo valles que aquellos dejaron y que fueron capaces de enfrentar a fieras salvajes que aún acechan.
Como un manto la serena oscuridad, se va formando, tejiendo por fibras de silencio, de aquel silencio que hace, que elabora, que construye. Cada gen, cada célula, cada órgano, cada ser, da un pequeño salto, un pequeño paso. Y como si el espíritu presente fuera la aguja de tejer, va uniendo a través de los hilos de savia o de sangre.
Un gran manto somos. Pero no es para cubrirnos del frío ni de la soledad, sino que sirve de paño de terciopelo, para que no se hieran nuestros pies al caminar. Todo lo demás es ajeno a nosotros y a la vez lo llevamos a cuestas.
Llevamos desde el LUCA hasta la última idea leída o pensada por nosotros, por nuestros progenitores. Todo llevamos a cuestas.
Y lo que vemos, lo rechazamos o aceptamos, lo incorporamos a esa ciudad de luz donde sólo el corazón del hombre puede ver.
La ciudad luz está hecha, construida, por la obra del hombre, por los conocimientos logrados, arrancados, arrebatados de la naturaleza; pero habita por la obra de su espíritu, cuyas palabras, colores, sonidos, son su afectividad con la cual moldea lo almacenado, lo experimentado: el alma.
El nuevo Prometeo se para frente a los dioses y los desafía nuevamente; pero ahora sí, desde el barro, no desde el peñasco; ya no desde los acantilados de mármol, sino desde esas tinieblas, desde ese silencio que contiene la niebla que somos.
Nuestro próximo paso, nuestro nuevo despertar, será el mundo. El mundo espiritual.
Karigüe

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martes, 1 de abril de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 8

DEMORAR ES RETORNAR

Las cosas, los seres, las pasiones, las angustias, los sueños, las esperanzas, etc., son universo, son partes de él.
El tema que nos deberíamos plantear es: ¿qué es el universo? Lo más simple es decir: es todo lo que nos rodea, todo lo que somos. La cuestión ahora es ¿quién es el que mide? El mono que piensa, el mono que mide; pero a la vez sabemos que es un ser que está haciéndose.
Sin embargo, trata de saber, intenta saber; para ello ha creado herramientas fantásticas como son las ciencias, las técnicas, la mente, la reflexión, la percepción, el análisis, etc. Todas estas, tentáculos externos e internos, con distinto nivel de evolución.
Ampliemos un poco mas este tema.
El hombre ha creado herramientas como las máquinas, las computadora, etc. Todas estas son herramientas sofisticadas, que tienen la particularidad de ser cada vez más autónomas, más automáticas.
Además, ha creado, ha cultivado, otro tipo de herramientas que siempre lleva consigo, las porta; estas a la vez son cada vez más sofisticadas y automáticas también; ellas son: la reflexión, el entender, el comprender, el pensar, el analizar.
A ambos tipos de herramientas no se los debe ver muy diferente.
Este ser tiene conciencia de los dos mundos. La conciencia viene de la palabra ciencia, es con – ciencia. Es la ciencia la que le ha aportado al hombre la conciencia y no al revés. La ciencia viene o ha brotado del conocimiento, de aquello que es lo más cercano a la esencia de su ser.
El conocimiento no es otra cosa que el saber más profundo y casi completamente automático, introducido como raíz.
La conciencia en sí es como la punta de este portentoso Iceberg llamado conocimiento.
No debemos olvidar que este ser no es una unidad compacta; está formando de partes que se intercambian, que se interrelacionan mutuamente y constantemente. Basta para ello ver su cuerpo, sentir su alma y contemplar su espíritu.
El conocimiento sería como la sangre de su ser, que circula por todo su cuerpo y tiene por corazón, el corazón su alma.
Al ser el conocimiento lo que circula por su alma, a ella la purifica, la irriga, y lo interesante de todo esto es que incluye en su paso, purificación y alimentación de su espíritu.
Veamos qué es el espíritu. La palabra espíritu proviene de pira, una pira que se enciende. Es pira, espiral, pero esa espiral es él. Espíritu es algo que crece de la naturaleza, brota de ella como brota un árbol que después es leña, para luego ser fuego. Leña que se quema en la atmósfera, en el aire, que cubre la faz de la tierra. En el hombre esa atmósfera es su alma.
Esa luz, ese calor que brota de la pira quemada, encendida, es con lo que está presente el hombre; pero además de ser presencia, es la mano que lo alimenta con la acción, con el actuar, con el vivir, con el existir.
Cuerpo, alma, espíritu, inclusive conocimiento, mente, conciencia, son como cáscaras de cebolla; necesita de ésta figura metafórica, para entender. Cáscaras oscuras, silenciosas, que cubren algo, algo similar a lo que es un agujero negro en el universo; capas con poros transmisores, puentes, pasajes, túneles a otros universos, a otros mundos.
Un poro del cuerpo es el que une al mundo interior, al cuerpo interior con lo exterior. Es un elemento transmisor, conector, que mantiene vida, que trata de hacer y de convertir a las cosas, a los cambios de cosas, en cambios, en cosas lentas, en cosas que se demoren.
El hombre es eso, es sólo un poro que demora y en ese demorar logra conocimiento, sabiduría, más vida. En ese demorar construye, se construye, es una forma que late como late su corazón: un poco para afuera un poco para adentro, un vaivén permanente, constante, una corta oscilación para permanecer como el colibrí suspendido, extrayendo, chupando la savia de la vida que crece, que brota de la naturaleza.
Nos hemos olvidado de muchas cosas, como es este latir permanente, este aleteo que nuestro ser tiene que hacer permanentemente. No sólo no lo vemos, sino más aún, lo hemos olvidado.
Pero en alguna parte de nuestro ser, de nuestras células, de nuestros genes está guardado este secreto que de vez en cuando nos llega, nos hace recordar que el camino recorrido es un camino que va en sentido contrario al camino de la vida, del universo, y de los universos.
Un camino de retorno.
Karigüe

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domingo, 30 de marzo de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 7

LA PALABRA

El río de las cosas llega, viene, avanza, con sus aguas claras, transparentes, regando, refrescando sus orillas, en donde brotan, crecen, árboles como sentimientos, rosas como pensamientos, cultivos como cultura. Todo como si fuera otro río, un río más transparente, más grande, inmenso, que avanza sobre el desierto, la llanura, las montañas, los cielos; sobre el mundo.
Es la vida, el universo, en sí lo que avanza constantemente; como queriéndose elevar de sí, buscando algo, siempre es algo diferente. Todos fuimos echados de un paraíso de plenitud para ser ahora capa, parte, peldaño, por donde un espíritu que nos habita busca, anhela, a través de nosotros, lo que aún ignoramos.
Punta de lanza somos, avanzando sobre la serena oscuridad y en el silencio. Morada compartida es nuestra verdadera morada.
Todo sonido es un balbuceo, un rugir, un alarido, un grito o simplemente una oración; sólo después que el alma se arrobe a si misma y en su ensimismamiento de morada al espíritu, brotará la melodía.
Una melodía es el canto de la vida sobre el muro de silencio; es el lamento, es el eco de un aliento que nos llega desde muy lejos. Es como sí ese aliento fuera el mar que se eleva de sí y se queda suspendido; solo para que la rotación de la tierra permita que lleguemos a él y seamos tiempo.
Tiempo y silencio, de eso estamos formados.
Algo que permanece, algo que a lo que llegamos sólo porque nos movemos, sólo porque caminamos, porque avanzamos. Este es el secreto del beduino; cuando él camina, la vida, los seres, los hechos que permanecen quietos le llegan. Es como si él viviera en un vaivén, por un lado sigue por su inquieto camino mientras las cosas lo retienen, y en ese retener brota una vida, otra vida que es paz, que es plenitud en su alma; en el alma del gitano y en sí, en la del hombre común también.
Es el silencio lo que está, él es el que contiene y retiene a todos los sonidos. Pero a la vez contiene a los universos que nacen, viven y que mueren. Y contiene a la vida, al mundo, a los hombres, a las ideas.
Pero es ahí cuando en las noches los vientos conversan con las flores, cuando las nubes juegan como fantasmas por el bosque, y cuando sobre la mano extendida, como una hoja del árbol, se deposita lo nuevo y es. Morada abierta es el alma, es el mundo en donde lo recién llegado se cristaliza, se vuelve presencia, cristalina transparente, que el sol convierte en arco iris, en esos colores puros, en esos rayos que iluminan traspasando inclusive lo que todavía no somos.
Es una gota de rocío sobre el pétalo de una rosa roja bañada por el sol de un amanecer andino; allí en donde el sol es más puro, en donde sus rayos llegan y rebotan en el muro de lo vivo; en esa piel verde, flexible, que se mece con las caricias del viento que baja de las altas montañas; de aquellas montañas cubiertas de una capa blanca, de ese manto sangrado con el que el agua cubre la desnudez de la tierra.
Todo un mundo que el silencio hace callar nuevamente, aún a la alondra, aún a los jilgueros o al ruiseñor que canta en la niebla.
Las palabras, el canto, el poema, son como flechas lanzadas al vacío en busca del otro, en busca de un muro para que su eco sea lo que dure. Para que el silencio permanezca.
El silencio es un templo; somos sólo sus sacerdotes, sus feligreses que oran, que rezan, y que en nuestro tiempo se elevan como portentosas letanías que nadie escucha; porque el templo esta cerrado, está sellado para aquel que solo quiere escuchar.
Más allá, allá a lo lejos, se escucha como el murmullo de un riachuelo, pasando por un pedregal, lo que ya está llegando.
Por nuestras ciudades las maquina emiten sonidos que se repiten; son sonidos como soldados que avanzan, que desfilan con paso uniforme y cadencioso; sonidos encadenados.
Desde hace mucho tiempo los sonidos del mundo exterior entraron y aún están entrando en el cuerpo del hombre; allí se almacenan, allí se maceran y vuelven, salen, del cuerpo convertidos en movimiento, en estremecimiento, en baile, en danza.
El cuerpo mudo danza como si hablara, se nueve como si en cada movimiento se expresara; expresara una forma de decir distinta, más sutil, pero cada vez más potente.
El silencio guarda también al movimiento para que de él brote nuevamente, ya con esa plasticidad que hace del hombre un escultor, un escritor, un pintor, y por que no también, hace brotar de él la danza.
O ese perfume del alma llamada la poesía; palabras con música, que pareciera que danzaran sobre el papel.
¿Por qué entonces el silencio no podría contener al tiempo? Si el tiempo sólo es un movimiento al revés. El movimiento es cuando se desplaza algo sobre algo; puede ser que una parte permanezca quieta mientras la otra se mueve, pero puede ser al revés también.
¿No será que el tiempo es el que permanece quieto? ¿No será que lo que mide, que en nuestro caso es el mono que piensa, es el que permanece quieto mientras lo otro avanza? ¿Qué sería lo otro? ¿No sería el silencio, como cuando lo que hace silbar al pajonal no es en sí la paja, sino le viento que pasa por ella?
¿No será así? ¿No será que la vida que pasa por nosotros nos hace decir, nos hace hablar, nos hace romper el silencio, ese silencio que somos?
¿No será que el tiempo es solo la medida, que el mono que mide ha creado sólo para registrar el paso de la vida, de su vida?
Tenemos cuerpo, sentidos, alma, espíritu, que se están haciendo, que se están creando, pero ¿No será que ese cuerpo es sólo lo que el paso de la vida nos deja, como cuando un río nos baña y nos deja los musgos? ¿No será que somos los cachalotes que se forman en el centro de los ríos, para después ser islas, continentes, tierra, mundo?
¿No será que nosotros somos los que permanecemos quietos, lo infinito, y que lo que pasa: la vida, el mundo, el universo, es sólo lo que nos forma, lo que nos da forma, presencia, para ser vistos, reconocidos por el animal que nos asecha, es decir por el tiempo?
No lo sé, solo sé que siento que aquella gota de rocío que se deposita en mi alma, calma mi sed, no sólo la de este, mi cuerpo mudo, sino de éste espíritu que por momentos vuela y por otros permanece adentro, como si él fuera el punto desde donde me erijo o desde donde rompo el silencio que soy, sólo para que tú me escuches.
Karigüe

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miércoles, 5 de marzo de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 6

MANIFESTACIÓN

El hombre lleva su medio ambiente a cuestas. Pero él en sí está libre, no es tan dependiente como el animal, quien es realmente dependiente de su medio.
Si bien el hombre, ama, quiere, llora, sufre, se ilusiona, tiene esperanzas, miedos, temores; es decir toda un reacción frente a lo exterior; tiene también aquello que lo compensa, que le da equilibrio.
Ese algo dentro de sí, es una organización interna tan poderosa, tan sofisticada, que recién la estamos deslumbrando; estamos presintiendo, por ahora, que el yo, la conciencia, el espíritu, solo son como punta de lanza o Iceberg de algo portentoso y superior.
El cuerpo mudo del hombre es aquello que está abierto, es lo abierto; es en donde no sólo se inicia el mundo, sino desde donde se construye, desde donde se erige, constantemente.
Por ahora, tímidamente las ciencias se atreven a decir, a suponer, que los genes, las células, los órganos, son productos de la evolución; pero el tema es que esta palabra es muy amplia, significa que estos componentes están cambiando, modificándose, mejorando, incrementándose. Pero todo este acontecer, está siendo medido por el mono que mide, y es él el que a la vez, observa, piensa, analiza, y crea.
El pequeño y el primer mundo del hombre es su alma. Aquello en donde se junta lo experimentado, un recinto en donde se almacena lo vivido. De dentro de ella ha surgido el pensamiento como la herramienta que destila, que trasforma lo visiblemente natural, informado por los sentidos, en algo invisible y oscuro.
Por una parte está algo en nosotros que quiere ser. Por otra parte, lo logrado, lo alcanzado, el cuerpo, el alma, el espíritu. Sólo el espíritu es como la Luna que mira a la tierra o un ojo que observa a todo lo logrado, y además actúa, resumiendo, frenando, incitando a la maduración, a la precisión; pero a la vez, es el que permite que el hombre se observe y se contemple a sí mismo.
El hombre, a través del tiempo de su existencia, está habitando su historia, una vida vivida, y cuya característica en sí es el desafío; un atrevimiento constante que le permite avanzar a través de aventurase en lo desconocido.
Y si vemos desde cierta distancia y afuera de él, observamos a un ser lanzado, echado al vacío, a la intemperie; y que por su debilidad, sumada a la incertidumbre que le da esta debilidad frente al medio que cambia y evoluciona como él, se defiende, y de esta defensa, de este frenarse constante a lo que le incita el medio, crea su alma, crea su mundo, crea al mundo.
Decía Nietzsche: “El mundo es una boca abierta”. Debemos agregar: “el hombre es también una boca abierta; pero una boca que para existir tiene que devorar a parte de la vida, y además, se tiene que adaptar constantemente a su medio, como sucedió cuando salió del agua y tuvo que comenzar a respirar.
Primero existió la tierra, luego el medio ambiente desde donde surgió el hombre. Podemos decir entonces que el hombre es una consecuencia, un producto consecuencia de ellos.
Pero a la vez observamos que la vida está presente más de lo que nosotros creemos que está. Si abrimos la tierra y tomamos un trozo de ella, comprobaremos que hay millones de seres vivos, bacterias, microbios, etc.. Hay más vida de lo que nosotros pensamos que hay.
¿Qué pasa si la tierra está compuesta de vida; que la vida fue lo anterior? Así como las teorías modernas de la evolución, como la de Arnold Helhen, dicen: el hombre desciende del mono; ¿podríamos atrevernos a decir que la tierra es vida, es una consecuencia de la vida, es un descendiente de la vida?
Cosa nueva y atrevida. Pero veamos rápidamente por qué. Las tres terceras parte de la superficie de la tierra es agua. Además ella está sujeta, ya sea en estado de vapor, liquido o sólido, está sometida a los avatares, a las fuerzas que la rodean de una manera claramente expuesta; una de ellas, la fuerza de la gravedad.
Según las ciencias, el agua llegó y se está yendo, está de paso, digamos. Por otra parte, el planeta tierra antes de que llegue el agua estaba incandescente, es decir, era o estaba formada por componentes materiales y fuego.
Además, el fuego como el agua es escaso, se desvanece rápidamente, muta, se mueve, se traslada.
La tierra en sí se formó por concentración parcial de pedazos, escombros, de la gran explosión (del Big Bang).
La gran explosión fue energía, fuego que fue condensándose dentro de una sustancia que existía ante de la explosión. Los astros son refugios del fuego, almacenado dentro de esferas, de esferas logradas, extraídas de ese vacío anterior.
Casi algo similar a la palabra; aquel recinto, aquel canasto, aquella morada dentro de la cual se almacena un cierto significado. Algo que se quiere decir y que por ahora, hasta ahora, nos hemos arreglado transportándolo en esos canastos llamados palabras.
Sigamos con nuestro ejemplo.
Un planeta es un recinto que almacena fuego, energía que ya sabemos que se está alejando, se está enfriando.
Por otro lado, sabemos que el agua llegó a la tierra, la fecundó como cuando un espermatozoide fecunda a un óvulo, y de esta fecundación nació, brotó, la naturaleza.
Entonces, podemos ver que algo primero fue arremetido por el fuego. El fuego llegó y lo usó de refugio temporal; luego continuó con su camino. Mientras tanto, llegó el agua, y está haciendo lo mismo que el fuego, está siguiendo su camino, se está yendo.
Bueno, pero algo existe en donde estos dos elementos, inicialmente pensados como primeros por Tales y por Heráclito, se contienen. Es decir, hay un vientre en donde estos pájaros de un verano se anidan, y luego continúan. Podríamos pensar que algo que es vacío se solidifica al paso del fuego; el fuego lo hace visible, lo vuelve visible; más aún, primero lo licua y luego lo solidifica
Metafóricamente sería como el agua que tiene tres estados.
Por otra parte sabemos que el universo está compuesto de los 130 elementos de la tabla de Mendeleyev, que ellos se mezclan, se unen, transitoriamente, para formar los cuerpos, a los otros elementos compuestos, inclusive al agua. Así llegamos hasta los átomos, los electrones, los quartz, etc. Podremos imaginar que si seríamos un quartz, y viajaríamos por el universo, veríamos solo elementos que giran, unos alrededor de los otros.
Son fuerzas, de eso no hay duda, todo lo que existe en el universo.
La pregunta la podríamos plantear así: ¿La vida, los seres vivos, no seríamos sólo como el fuego, como el agua, etc., que nos componen?, o ¿no deberíamos ser otra cosa que es consecuencia de lo que nos compone?
Hay un componente nuevo, nuevo sólo para nosotros que todavía no podemos ver, aunque si ya presentir. Un elemento sin movimiento, un elemento que existió y existirá, antes y después de la gran explosión. Un centro catalizador alrededor del cual lo demás se aglutina, se forma las formas, los cuerpos, las ideas, los pensamientos, los sentimientos.
Un animal se especializa y por eso se detiene, se queda en la especialización; pero un hombre jamás. El hombre, es un ser que se desliza como lo hace la sabia por el tronco del árbol; el tronco es el conductor y a la vez es creado por esta savia que se eleva, que sigue su camino, un camino como cualquier otro que toman los elementos del universo.
El hombre es más savia que tronco, la vida también; pero más importante que ellos juntos es el vacío que resiste; y mientras más estemos hechos de ese vacío, más la vida será sólo algo que pasa.
Si bien la culminación del hombre es el espíritu (el arte es solo una manifestación de él) es a la vez el vacío que lo retiene. Es la muerte lo que lo demora, lo que le impide movimientos rápidos, bruscos.
La paz, la plenitud, la felicidad que el hombre siente por momentos en su corazón, no es otra cosa que ese acercarse a su centro, aquel centro que une la raíz y la flor, aquel centro del cual el universo es solo su manifestación, y la vida también...
Karigüe


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martes, 26 de febrero de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 5

CULTIVANDO

Es una realidad el medio; el que es expuesto de una manera clara por Ortega y Gasset: “El hombre y sus circunstancias”.
El hombre y su medio, su medio ambiente, con el que tiene que convivir todos los días, y el que a la vez nunca es el mismo.
Varía el hombre, el medio y la relación entre ellos, la cual es a la vez cada vez más compleja.
Como contrapeso en el corazón del hombre, se anida el irremediable deseo de armonía y paz, queriendo además permanecer, crecer, avanzar, disfrutar lo que ha sido capaz de hacer, crear en la tierra, en mundo. Un alma que es morada y un espíritu que lo anima
Una idea, un pensamiento, una hipótesis, una teoría, son cosas que han brotado en el alma, en la mente del hombre. Allí están, allí reposan, hasta que son registradas, escritas, almacenadas afuera de lo que es él; en un libro, por ejemplo.
Estando afuera del hombre y siendo registradas, comunicadas, pertenecen ya a otro ser, pertenecen al ser humanidad. A un cuerpo más grande formado por el conjunto de todos los cuerpos de los monos que miden.
El mundo es un alma abierta con un espíritu. Este espíritu, este ánimo que se esparce en el éter, en las cosas. Una forma de verlo con claridad es en las obras de arte.
Es la primera vez que el espíritu sale de la naturaleza y se convierte en cosa. Una cosa viva. ¿Qué es sino la 9 Sinfonía de Beethoven, La pasión San Mateo de Bach, El Zapato de Van Gogh, La Mona Lisa etc., etc.?
Primero fue el espíritu del universo, luego pasa a ser espíritu de la naturaleza, de la vida, del hombre, y ahora de las cosas.
Un libro está vivo, mantiene encendido imperceptiblemente al espíritu del hombre.
Por mucho tiempo hemos considerado a las cosas como elementos constitutivos de la naturaleza, pero inertes, sin vida. Ahora está apareciendo un tipo de cosa viva: la obra del hombre.
El animal ha sido capaz de convertir a la naturaleza en una cosa útil para su existencia, para su conveniencia. Lo está haciendo desde que brotó sobre la tierra y la ha convertido en su morada.
Una morada que lleva con él. No una casa, ni menos una choza, una morada capaz de hacerlo existir hasta debajo de las aguas del mar, como afuera de la madre tierra, aunque por ahora en forma temporal.
El hombre, como animal que mide y habla, partirá inexorablemente y será nuevamente. Logrará tener la velocidad de desplazamiento de un cometa, para fecundar otros planetas, otras galaxias, otros cielos.
Este ser está alcanzando su madures, aunque aún es un adolescente. Siente dentro de sí la necesidad de partir y ser un ser fecundador. Está siendo expelido por su propio cuerpo.
Su cuerpo mudo lo siente así, pero él se demora siendo espíritu, siendo vida en las cosas, en sus obras, como quien quiere, desea demorarse. Inclusive planta estacas en el seno de su madre, que el viento, que las tormentas de la vida, de la existencia del universo, se las arrebatan. Tan cruda es su realidad, que su propia madre ya falleciente, quiere, desea que su hijo ya maduro, parta, sea hombre.
Mientras aquí permanecemos, creemos, pensamos, obramos, como un hijo ded naturaleza diferente, que tiene otras condiciones, otros desafíos. Eso es el truco, el engaño que nos hace la naturaleza a todos los seres que la ven, que la tratan de ver, comprender y si aún quisiéramos llegar lejos, amarla.
Fue Heráclito el primero que observó, que contemplo al hombre, a la vida, al universo, desde afuera. Luego Nietzsche. Todos lo demás se han entretenido en crear ideas, teorías de lo que somos pero viéndonos desde nosotros, desde el espíritu que se ha almacenado en nosotros. Desde Parménides hasta Haidegger, hasta el mismo Wingestein.
Poder vernos desde afuera es una aventura, es la posibilidad de ver nuestro pasado, nuestro presente y el futuro; no sólo a todos ellos, sino a todos ellos juntos..
Sentir como todas las cosas entran en un sumidero y desaparecen. Todo aquello que tenía gran velocidad o permanecía quieto, es arrastrado, absorbido, para ser nada, para ser silencio nueva – mente.
Sin embargo está el canto del gallo, como nos decía Holan. El canto del niño que reclama una vida, la vida que le pertenece. Una vertiente nueva siempre está surgiendo, está brotando desde dentro y desde afuera de nosotros. Una vida que se hace así misma y que nos engloba, que nos contiene
Una vida que por momentos late dentro de nuestro corazón. Una vida en la que quisieras amar, soñar, pensar, crear e inclusive luchar, pero con los ojos abiertos, sabiendo que si remamos, iremos a un lugar mejor, a un morada; y no perdernos en luchas inútiles: Hölderlin.
El camino de la poesía es un camino posible. Un sendero que se abre, que se ha abierto a los hombres que cultivan dentro de sus almas, aquello se les da para poder ser puesto en palabras y ser transmisible. Una vida nueva, una sangre nueva.
Una vida, una forma de vivir, en donde podamos ver lo que estamos siendo.
El hombre es un ser que se hace así mismo, pero esto cuesta trabajo; pero quiere además placer, el placer de ver no sólo a la obra, sino verse labrarla, conocer lo que labra, aquel ánimo que lo impulsa, que lo expulsa de la quietud, para ser, para permanecer en la intemperie.
Ver al obrador de los obradores no es la meta del antropólogo, sino la del poeta.
Él no solamente quiere verla, sino describirla, atraparla en esas palabras elegidas de lo común, del común de las palabras, sobre y dentro de las cuales coloca, pone, deposita, almacena, de otra forma ya, lo que estamos siendo como mundo.
Alimento presente y futuro para la continuidad; alimento del hombre, del mundo y de lo otro que los hombres ya están cultivando.
Karigüe


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Gracias. Karigüe

sábado, 16 de febrero de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 4

LA IDEA

¿Debido a qué y por qué, tanta dedicación, tanta atención, a las cosas del espíritu; a esas cuestiones que están ahí, adentro y afuera de nosotros; a las que debemos decir además: nuestra obra?
Imaginamos, pensamos, escribimos, no de algo extraño, sino de algo que está nosotros, que hemos sido capaces de crear, de formar.
Cuando intentamos conocer al mundo, al universo, lo que hacemos es solo tomar otro camino para conocer lo que somos. .
Conocer lo que estamos siendo; pero no tenemos un punto de referencia desde el cual vernos, desde el cual podernos hacer una descripción real.
Hagamos un ejercicio simple. Supongamos que una persona no sabe nada de sí, salvo que ha nacido, que es la herencia de sus padres, de su educación, de sus características; pero herencia al fin; que además quiere vivir, ser feliz, disfrutar de ésta vida, de estar vivo y con una salud adecuada.
Si a esta persona se le da por averiguar quién es él, es decir hacerse el planteo milenario que se está haciendo desde siempre, el mono que mide, lo primero que le viene a la mente es todo lo que hasta ahora le ha pasado en su vida: sus padres, su niñez, su adolescencia, su juventud; y encontrará una gama variada de cosas, ya que por más aislados que vivamos, si no nos pasan cosas, las hacemos pasar aunque sea por nuestra mente, por la imaginación o simplemente como pensamiento.
Luego recordará lo que le contaron sus padres, sus abuelos, familiares, amigos, profesores. Cosas que sucedieron y que están en el recuerdo y que además de una manera u otra influyeron y aun influyen en su vida: La Historia..
Luego por un momento se detiene y se pregunta: ¿quien soy? ¿Quién es la persona que vive con todo esto?.
Le llegó ese momento tan especial en el ser humano, en el cual se pide así mismo una opinión.
Todo es bonito o feo, durante toda su vida se ha enfrentado a situaciones en las cuales tuvo que tomar una decisión: ¿voy para allá?, ¿estudio Ingeniería, química o simplemente trabajo?, ¿me caso o no?, ¿a dónde vivo?, ¿en dónde paso mis vacaciones?, ¿a dónde envío a mis hijos a estudiar?, ¿en qué colegio?, etc. etc.. Pero ahora se pide una opinión de si mismo.
Aquí es donde se le complican las cosas, no puede recurrir ni a un sacerdote, ni a un psicoanalista, ni a un historiador, ni menos a un filósofo, porque la pregunta nadie mas que él la puede contestar.
Nosotros, espectadores desde lejos, podemos decir que a nuestro observado, su “yo” le pregunta a su conciencia.
Una cosa extraordinaria, aunque aparentemente pareciera simple, es que no importa sí él cree en los santos dioses o en evolución Darwiniana, que en ultimo caso es lo mismo.
Hagamos un poco de historia. El hombre temió al fuego y creyó en lo superior. El macho de la manada era lo temido, era el jefe al cual había que obedecer, pero como todo ser humano de una u otra forma siempre termina por ser injusto; el mono que mide dejo de creer en él.
Tuvo que apelar a otros grados y tipos de caminos, de creencia. Lentamente fue buscando, elevándose, hasta llegar a lo que dijo Parménides: hay un ser único; y que el no ser no debería existir, sí existe el ser.
Luego, con nuestras técnicas, nuestras ciencias, fuimos relacionando las cosas, hilando las materiales con las no materiales y logramos lo que hasta ahora tenemos: un conjunto de conjeturas que de una manera u otra se cumplen, es decir hemos descubierto, visto y analizado algunas leyes de la naturaleza, del universo, y con ellas hemos podido hacer un modelo de lo que aparente somos; un sistema compuesto de diversas teorías, las cuales algunas se oponen, otras se contradicen y sólo unas pocas coinciden; pero eso es lo que hasta ahora hemos podido saber de nosotros, que somos una conjetura haciéndose.
Hasta aquí iría bien con nuestro personaje a no ser por que se está pidiendo una opinión, pero de él mismo, no del hombre.
Lo que diría: yo quiero, yo siento, yo amo, yo deseo, etc., etc., una seria de sentimientos, pensamientos y afecciones.
Pero como dijimos anteriormente, necesitamos tener un punto desde donde nos podamos mirar, contemplar, y porque no describir, y en ese describirse, decirse.
Ahora busquemos un punto de referencia. El cuerpo mudo se está formando v creándose así mismo, por el ánimo que lo habita. Una de sus creaciones es la mente, la cual con sus pensamientos ha ido creando ideas, imágenes referenciales a las cuales asirse, que luego las convierte en dogma, normas, leyes, teorías, ciencias.
Mientras la vida pasa por nosotros, es decir estamos; la mente al mismo tiempo imagina cosas, dioses, crea la ética, las leyes, como para contenerse, darse morada, morada que sea además agradable. La mente de esta manera canaliza al río de la vida.
Lo interesante es el regadío. Hemos abierto acequias para desviar agua del río y llevarla al desierto; a ese conglomerado de huesos petrificados hecho polvo; pero a la vez en el medio del río hemos creado un cachalote, luego una isla.
De un lado la vida; por el otro lo que ella deja a su paso en nosotros: lo almacenado, el alma como desierto, como isla, regada por el agua del río, por el ánimo del espíritu.
Bueno, he aquí lo interesante: la opinión, fruto brotado del cultivo, lo que hemos sembrado allí y ahora está crecido nos da sombra, frescura, y porque no, calma nuestra hambre.
Primero fue el hambre del cuerpo mudo, luego el hambre del alma, por último el hambre del espíritu. A esto último le hemos llamado la opinión.
Una opinión es algo más que una idea, un pensamiento, un sentimiento; todos estos últimos nos habitan desde hace mucho tiempo, son como la fauna que ha crecido, que se ha formando, como almacenamiento, como destilación, a través del tiempo. Pero una opinión es vernos, es habernos elevado de nosotros mismo; más aún es habernos desprendido, como lo hizo la Luna de la tierra. Nosotros nos desprendimos del cuerpo mudo, de la naturaleza, de la evolución de la naturaleza del universo, para ser mundo.
Somos ya una serie de capas, de cortezas apiladas sobre una base. Una base suspendida, elevada por una fuerza de gravedad pero inversa, una fuerza que expulsa. Suspendidos además estamos sobre el agujero negro desde donde somos, y desde allí el cuerpo, el alma, y por último el espíritu.
Ahora ya no sólo está nuestro espíritu, sino el espíritu del mundo también, como consecuencia natural de lo anterior. No estamos hablando aquí de la evolución de la naturaleza y menos aún de la vida, sino de una evolución superior que engloba a los seres vivos, a la materia, a la energía y a las demás cosas inertes también.
El espíritu del mundo como máxima elevación de la vida, del universo, de los universos.
He aquí donde estamos; desde aquí podemos vernos con los anteojos de nuestras ciencias, con los ojos naturales de la inteligencia, de la sabiduría y con todos los sentidos del cuerpo, pero ahora perteneciente a un ser superior que nos contiene: el mundo.
Decíamos, la Luna como ojo que ve a la tierra. Ahora decimos espíritu, decimos yo, conciencia. Parte que pertenece al cuerpo mudo, pero que a la vez y sólo por momentos, permanece desprendida para ver; como un ojo que ve, que describe lo que el hombre está llegando a ser.
Lo interesante es que este ojo es parte a la vez. Así como en algún momento nos dividimos para dejar de ser hermafroditas; hoy, estamos logrando desprender al espíritu y ser dos.
De esta separación, como cuando se enciende, se ilumina un arco eléctrico se está creándose la idea, como lazo, como unión, como sinapsis de lo que aparentemente está ya separado: La Naturaleza y El Espíritu.

Karigüe

viernes, 8 de febrero de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 3

VIVO AÚN

¡AY, las olas con las que la vida nos despierta y a veces nos estrella contra las rocas, contra esos muros de oscuridad y silencio que nos rodean!
Sin embargo está la sonrisa, la alegría cuando las cosas salen bien, cuando son naturales, sencillas, simples; como lo es una flor, un paisaje, un cielo puro, o un crepúsculo lleno de colores.
¡Cómo me encanta ver, contemplar, esos crepúsculos cuando el cielo está cargado de nubes, de nubes que dejan entrever la luz del sol que se esconde, que se resbala dentro de la noche, en los brazos del horizonte!
Eso colores: rojos, anaranjados, amarillos y a veces hasta blancos, parduscos, grises y hasta azules ¡Cómo no quedarse extasiado, cuando los últimos rayos del sol llegan atravesar las nubes por el entramado que ellas mismas tejen, y nos llegan como rayos de luz de un sol más intenso aún!
En mi niñez llegue a imaginar que esos rayos claros, eran la luz, los rayos de un dios o de quien emitía la fuerza, la potencia de la corona de un Rey. Me emocionaba en las iglesias, cuando acompañaba a la Mamá María, una hermana de mi padre muy católica. Iba todos los días a misa, repartía en el pueblo las florcillas de San Antonio, nunca creo haberlas leído, venían con muchas letras, por lo general diminutas para mi gusto. Era como unas siete paginas de letras negras. Ella rezaba frente al altar y me hacía rezar también a mi, no recuero lo que rezaba, pero miraba a San Antonio que tenia al niño Jesús en su brazos y era sí la aureola la que me impresionaba. He intentado recordar si aquello lo viví o lo imaginé. Lo que siento es que en mi memoria quedo gravada esa aureola de San Antonio, que cada vez que contemplo un crepúsculo con rayos de luz blanca, me recuerda aquel espectáculo que aún vive en mí.
Es la luz la que nos llega, la que despierta en nosotros lo nuevo, el amanecer, la aurora. La contemplaba aún cuando solo había claridad, luego el sol comenzaba a salir, como solíamos decir, pero en realidad comenzaba a subir, a trepar al Misti, el volcán de mi pueblo; primero con una luz intensa, para después lentamente irse apagando. Subía en el amanecer y caía en el anochecer. Dos momentos en los que me quedaba extasiado, y aun me quedo. Momentos que siempre me acompañan, y desde donde me erijo.
Luego el día en donde pasan cosas y se ven a la luz; conversamos, trabajamos, convivimos, intercambiamos bienes. A veces somos esclavos y otras no, a veces pensamos, a veces tenemos ideas, conclusiones parciales.
En la moche todos soñamos, algunos tal vez no recordamos, pero todos soñamos, queremos soñar cuando dormimos. Escombros de lo que somos, matizados con deseos, ilusiones, o simplemente esperanzas.
Pero el sueño es hermoso aún cuando sea una pesadilla, allí somos indiferentes, todos somos dioses, nos puede pasar de todo. El sueño no es la consecuencia de lo vivido solamente, sino que lo vivido abre la puerta a un mundo en donde lo que vivimos dormidos es otra vida, otro mundo, otro universo.
Deseos reprimidos tal vez; deseos de castigo; miedo al castigo, puede ser. Pero un sueño es el encuentro no con nuestra sombra ni menos con nuestra huella, sino con aquello que va adelante, que está delante de lo que somos, de lo que pensamos, inclusive lo que soñamos. Es el encuentro con el silencio.
El sonido fue, es y será lo anterior a la luz. La luz nos llega primero porque ella viaja aún por el vacío, mejor en el vacío que en las cosas. El sonido viaja por las cosas, necesita a las cosas para poderse desplazar, para poder llegar a lo otro, al otro. Necesita del universo, del mundo, para estar presente, para estar aquí.
La luz ilumina y puede dar hasta calor. Puede quemar a la materia, puede transformarla y aún como diría Heráclito: puede ser el elemento primero. Energía pura, energía que ilumina al mundo. Esa es la luz. Esa es la idea.
La oscuridad alberga al silencio. Puede existir la luz sin el sonido; puede desplazarse la luz en el silencio. La luz y el vacío son como hermanos. Habitan al universo. Pero el silencio es ausencia, el silencio está en la luz, en la oscuridad, en el movimiento.
Todos los sonidos están almacenados en nuestro cuerpo, en nuestros genes; cada uno de ellos guarda para si, lo recibido, lo ya recibido.
Pero es el eco el patrón de la medida. El mono que mide, mide con algo que compara. Lo que compara nuestro cuerpo mudo es la suma de todos lo sonidos del universo, con el sonido recién llegado, con el sonido nuevo, recibido por medio de nuestros sentidos, del sentido del oído.
Ser un animal que mide, ser un ser que mide, es ser aquel que compara el silencio como suma de todos los sonidos almacenados, con lo que escucha, con lo que oye.
El gruñido, el grito, la palabra, la poesía, son la cresta de una ola, mejor dicho de dos olas: una que surge de los tiempo infinitos, de los tiempo remotos, de aquello sin cuenta y sin medida; la otra que brotada de nuestro espíritu, de nuestra inquietud, de nuestro mundo, de aquello que estamos creando.
Es la dulzura de la armonía de una melodía la que impacta a todo nuestro ser, más aún lo construye, le da otro piso, otro pedestal.
Allí estamos parados, detenidos, extasiados. Bueno, ese éxtasis es lo que somos, es lo que es el mono que piensa, que mide.
Es entonces el silencio, el telón de fondo para que el hombre pueda ver, contemplar su verdadero rostro de mil aristas que han llegado a ser, a convertirse en puntos tan diminutos que nos hace pensar que somos compactos, continuos. Sin embargo solo somos un agregado, un conglomerado de cosas, de recuerdos, de sonidos, de figuras, de colores.
Un rostro reflejo del universo de los universos, del tiempo de los tiempos, del ánimo de los ánimos; pero, pero en construcción, es decir vivo aún.

Karigüe

sábado, 26 de enero de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 2

ESPÍRITU
Si nos dedicáramos con piadosa atención, dedicación, a un determinado tema, los resultados nos sorprenderían.
Por lo general ello no es posible, ya que a medida que crecemos, evolucionamos, los temas aumentan, los asuntos nos retienen, nos dispersan.
Pero cuando el hombre se abre paso en la vida, como un río, es capaz de regar desiertos. Poco a poco estamos dejando de ser pequeños arroyos, algunos de nosotros se están convirtiendo en grandes ríos, de enorme caudal, como es el río Amazonas.
Ríos nos hemos vuelto, portentosos caudales de conocimiento, de información; la velocidad es uno de nuestros elementos. Podemos comunicarnos con China, hablar con Japón, estar es Europa en diez horas de vuelo.
Cada vez más cerca, cada vez más unidos, como si esa común unión ya sería una realidad, como si el lenguaje fuera la sangre y nosotros solo los órganos de esta nuestra humanidad, de este nuestro cuerpo grande, metáfora del que cada uno porta.
Los hombres modernos no nos detenemos, somos ya un poco más potentes que los desiertos, que nuestras ignorancias. Portamos, llevamos cantidades enormes de agua, de conocimientos, de información, de ideas, ya sea en nuestra mochila llamada inconsciente o en nuestra conciencia.
Las desidias que no son sino desiertos que nos retienen por un tiempo, ávidas de nuestra sangre, de nuestra energía. Están aquellos desiertos, aquellos vacíos, aquellos sumideros que nos llevan, que nos hacen desaparecer demasiado temprano.
Pero cuando nuestro caudal es enorme, cuando la energía acumulada en nuestra alma es tan grande que por más que los desiertos, las desidias, nos absorban algo, no por esto detienen nuestro camino. El único camino, el camino hacia el mar.
¿Qué queda de este círculo, de esta órbita: de ser nube, de ser río, de ser mar? Tal vez solo el golpeteo de las gotas de lluvia sobre el empedrado, de las calles de las ciudades, tal vez sólo eso.
Sin embargo ese sólo sonido, ese sólo golpeteo despierta la música en nosotros. Si dudas de ellos ponte a escuchar cuando la lluvia cae, siente su brisa, siente como después las plantas enverdecen, crecen los árboles, las flores, los frutos, la vida y porque no tú también..
Tu brotaste, tú estas brotando, aunque solo quieras escuchar el sonido o sentir la brisa fresca.
Tú eres, tu voz es, el repiqueteo del agua de esas portentosas olas, de esas tormentas, ciclones, tornados; que el agua, que el agua de la lluvia hace, produce en tu rostro, en tu vientre, en tu ser.
El agua primero se transformó en savia, luego en sangre, luego en voz, en idea, en pensamientos. Escucha al mar, al río, a la lluvia y te escucharas.
Escuchaste cuando caía el agua en una quebrada, en un valle, desde lo alto. Es el salto, es el grito, la desmesura; sin embargo escucha cuando el agua de un riachuelo pasa, atraviesa un pedregal; ese murmullo, como no queriendo despertar, como no queriendo perturbar al valle, a lo que habita la quebrada, como respetando el silencio, el silencio sagrado que conserva la piedra, la roca, la arena, el desierto, e inclusive el cielo.
Solo el error, solo el salto. El salto desmesurado de la catarata es lo que es rugido, como la de la fiera, como si algo, como si el agua quisiera hablar; pero solo emite rugidos y brama como perro con rabia, emitiendo espuma.
Las olas también son así; golpean sobre las rocas, o tratan de despertar a la dormida playa, a la quieta, a aquella formada, creada, por diminutas rocas, piedras; pero solo logran dormirse entre sus brazos, adormitarse, y porque no retroceder también.
Es la distancia, es la distancia del tiempo, de la antigüedad del tiempo, la que hace la diferencia, la que da el vientre, la morada, para que lo nuevo ruja, para que lo nuevo sea.
¡Es tan antigua la tierra! El agua también lo será, pero no dentro del vientre de la tierra. Ella hace solo muy poco tiempo que ha llegado, ha arribado.
Más aún, ha quedado atrapada por esa garra invisible que tiene la tierra, pero solo invisible para nosotros, aunque nadie duda de su portentosa fuerza. De la gravedad estamos hablando, de la fuerza de la gravedad.
El agua joven gruñe primero, como un animal libre, y salvaje por ser demasiado libre. La morada del agua es todo el espacio del universo y tal vez de todos los universos también. Ella como sangre transita, fluye, llevado cosas, llevando tal vez aquello que conocemos como vida, a aquello que somos también.
¡Pero hay bendita agua! ¿Cómo llegaste? Fue el destino o fue la vida, una vida más completa la que te inyectó en el vientre de la Madre Tierra y la fecundaste. Fecundaste a este óvulo incandescente.
Somos tus hijos aunque quieras abandonarnos. Dejas este error, para continuar tu huida, tu órbita ciega.
Pero es en el mar en donde rompes el silencio sagrado, aquel silencio en el cual habitaba la Pacha Mama
Siento tu grito en el mar, tus alaridos en el cielo. Tu ira se escucha a lo lejos, arrastras cuanto a tu paso se impone. Llevas hombres, casas, cuando como una garra, extiendes tus brazos frágiles y repentinos.
Y hasta en luz y fuego se convierte tu angustia, tu prisión; no puedes frente a ella y solo te conviertes en esas lenguas de fuego, con las que quemas los bosques, las ciudades. ¿No es la guerra también uno de tus brazos invisibles, extendidos, con el que nos consumes? Del tornado ¿No aprendimos a contener, y luego madurar, soltar a la ira, siendo odio?.
Así, luego de ver, de contemplar, por algunos instantes tu lucha, tu portentosa lucha, he logrado escuchar tus alaridos, tus gritos y solo he podido repetir. El animal de ti aprendió el ruido y yo de él heredé el alarido, para que después de mucho tiempo le diera forma, lo puliera, lo convirtiera en palabras, en la palabra.
Mucho después aproveché esta forma de llegar al otro y puse dentro de ella los nombres, los números, las sílabas, las consonantes, las frases, las oraciones y tantas otras cosas que ya ahora he olvidado. Solo repito, solo digo, que eso que hablo es mío.Aún siendo así, aún pensando así, todavía la sangre, lo poco de ti que quedó atrapado en mi, bulle, brama, siendo espíritu.
Karigüe

domingo, 13 de enero de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 1

ROSTRO.

“El hombre, sólo un rostro prematuro”


Las horas pasan, es como si estuvieran sumergidas en el río del tiempo. Suceden las cosas, se escucha a lo lejos la música de una radio, habla el locutor, dice cosas qué pasan, que ya pasaron, pronostica el tiempo, anuncia lo que hay en los mercados, en la calle.

Sin embargo, yo escribiendo, palabra a palabra, se va desgranándose una montaña llamada silencio.

Todo era silencio, todo volverá a ser silencio. Como si él contuviera todas las palabras, las notas musicales, el ruido, el golpeteo de la lluvia, el canto de los pájaros.

Fue el grito, el grito de un cuerpo. Un ser estaba adentro, gestándose, temiendo, deseando, soñando, hasta que el animal dejó de arrastrarse, de caminar en cuatro patas, de gruñir. La posición vertical hizo que la faringe y las traqueas convertidas en pulmones se unieran y formaran lo que hoy conocemos como laringe.

Fue el aparato, el órgano digestivo, aquel que le permitió al animal sobrevivir, estar, permanecer, como un astro, como una unidad, que se podía desplazar sobre la tierra. Fueron las traqueas las que luego se convirtieron en pulmones, en esas dos fraguas que aspiran aire y expulsan anhídrido carbónico.

Al ponerse de pie el animal, podía engullir, devorar hojas de los árboles. Duplicó su altura, desde entonces el horizonte fue su límite, antes era la tierra, o a lo sumo el cielo.

Pero el descubrimiento del horizonte fue lo que al animal lo convirtió en un ser vacío. Algo inalcanzable, porque cada vez que avanzaba, el horizonte se convertía en algo más inmenso, más luminoso, más amplio; desde entonces para el animal no existe el límite, porque el límite se cierra así mismo en él.

El silencio, el verdadero silencio se instala en él, abre el vacío, instala el vacío en él. Surge el alma, el alma vasija que se tiene que llenar, como algo que nunca se llenará.

El movimiento de los órganos entre si, el roce, la fricción, la lucha, la armonía, producen el ruido que el sentido auditivo registra. Antes de hablar el animal escuchó; registraba en ese cerebro incipiente, en ese órgano que fue almacenando, que fue interpretando el peligro, el alimento, el agua.

Fue el roce tal vez lo primero, fue la piel entonces el órgano, el primer órgano que nos informó de lo otro. Fue el olfato, fue el oído después, y mucho después fue la palabra.

El grito como canal, como vena, como arteria, llevaba y traía cosas, información de lo otro, del otro. Hasta que el grito y el sentido del oído se unieron; luego sí la palabra, aquello con forma, el grito con forma.

Fue un pulido milenario, el grito y el oído, el sentido del oído. Un mundo nuevo, un mundo extraído, robado del silencio, desde donde brota la belleza de la palabra, del sentido, del sentido de la palabra.

Si bien la vista nos brinda las formas, las formas geométricas, los colores; el sentido de la palabra las condensa, las retiene, las embellece aún más. El sentido, el verdadero sentido del hombre, une luego la palabra con la figura y crea el número.

El número, algo así como un bote, como otra corriente de sangre, de savia, une a los pueblos haciéndolos mundo.

La palabra como un sonido mudo, como el sonido condensado, que se mece en la hoja temblorosa del alma, creando el arco iris, creando ese paladar, ese registro de la armonía del universo, para luego convertirla en música.

Mundo es eso, es la metáfora del cuerpo mudo, es la prolongación de él a lo largo del tiempo. La vida ha encontrado en el cuerpo mudo, la célula que hasta ahora le ha dado seguridad, en él confía y a él le ha dado la custodia de su existencia.

Pero he allí que a esa metamorfosis del cuerpo mudo, que se está convirtiéndose en mundo, le han crecido alas.

Pensamientos, ideas, conceptos, matemáticas, ciencias, mente, conciencia. Un mundo interior se fue instalando en el hombre, un mundo como metáfora inversa del otro mundo, el exterior. Aquel mundo, aquel universo, que fue registrado por el animal que mide: el hombre.

Un universo interpretado, un universo representado, como mundo, se introduce en el alma del hombre y de él brota como contra ola, el espíritu, el espíritu del hombre. Que se está convirtiendo en espíritu del mundo, para luego ser el espíritu del universo.

Un espíritu brotado del silencio, que se eleva del barro, no cae del cielo. Un espíritu que convierte a la realidad de las cosas, interpretadas en sueño, en vuelo más alto; remonta montañas, se anida en las ciencias, en las artes.

El silencio convertido en arte. ¿Podría uno imaginar que el espíritu se está convirtiendo en arte? Por qué no. Pero un espíritu brotado del cuerpo mudo. De esas cien mil millones de células, de esos millones de genes, que están luchando, que están viviendo, más aún, sobreviviendo dentro de este cuerpo desde hace millones de años.

Un mundo ignorado, un universo ignorado, que estamos comenzando a conocer, a ver, a entender.

Ellos no hablan, lo hacen hablar al hombre a través del órgano llamado cerebro, a través de ese cántaro sagrado, tal vez lo único sagrado para estos seres anónimos. La palabra para ellos es el cáliz que cada mañana levantan a los cielos. Cada amanecer ese espíritu convierte a las cosas en vino, en vino consagrado.

Y después nosotros decimos hablar, decimos que pensamos, decimos que somos semejantes a los dioses, a los dioses inventados por nuestra imaginación.

Mientras ellos siguen luchando en silencio. ¿O acaso tú los escuchas? Y no es porque estés lejos, ni que les hayas dado la espalda, sino porque ellos son lo que tú eres.

Tú solo eres la fachada, el rostro temprano. Un rostro tal vez prematuro.

Karigüe