Mostrando entradas con la etiqueta .Karigüe: Libro "El mar". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta .Karigüe: Libro "El mar". Mostrar todas las entradas

lunes, 12 de mayo de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 10

RÍOS

Hay mares sorprendentemente salvajes; mares inquietos, sembrados de remolinos. Pobre nadador que se sumerja en sus aguas; no se puede nadar, luchar contra olas que no tiene orden, que no tiene dirección ni sentido. Pero hay otros, particularmente en el caribe, en donde las aguas son calmas, tranquilas, transparentes, tibias, en donde solemos descansar.
Todo un abanico de posibilidades, de formas, de maneras de ser del mar, que vive dentro de esa cuenca, de esa cuna, que la tierra le construyó para él.
Aunque es uno el mar, él se expresa de distintas maneras, con distintas formas.
El viento es como la vida del mar, lo lleva, lo arrastra, lo eleva, lo hace caer. Se unen en danzas de nubes que bailan en el aire, que chocan; que se tornan descontroladas sobre las costas y terminan adormecidas en la arena.
Las corrientes marinas son como venas, como arterias que llevan vida dentro de senderos flexibles, como lo hace la sangre en el cuerpo. Unas corrientes cálidas, otras frías, cambian los climas, los microclimas, de esos estados que tiene la tierra.
Todos estos torrentes de aguas que viajan por dentro y por fuera del mar. Corrientes con nombres de ángeles, de infantes, como si ellas fueran fuerzas inocentes; pero son como cometas invisibles que fecundan otra vez a la tierra. Llevan en sí, en sus senos, lluvias, sequías, animales, alimentos. Ellas se arrastran y arrasan como los ríos de la tierra; algunas cierran sus círculos, otras se desvanecen nuevamente.
Fuerzas que no podemos comprender, calcular, ni menos determinar.
Sin embargo él es como un espejo, una forma, una piel, que se abate entre sí mismo; que se ondula, que se crispa como un animal enjaulado cuyas rejas son cada vez más angostas, más difíciles de traspasar, de remontar. Sólo entonces le queda la retirada a través de las olas; la espuma como la baba de un animal herido que trata de entrar nuevamente en su madriguera.
De vez en cuando se ve el Istmo, aquel punto más alto que alcanza el mar como mar. Si bien puede ser nube, pero ella sólo es excusa de la huida. El mar en sí trata de elevarse, de encontrase con su origen, con la libertad que le infunde un comenta, traspasando como un espermatozoide los cielos, los espacios abiertos de los que está constituido también el universo.
Es la ola como un brazo extendido que se quiebra; en ella cuando no hay un ribete, ni una roca sobre la cual bramar; entonces allí, en esos instantes, es en los que el animal herido, en un movimiento vano, como todo humano con deseos de eternidad, clama, estira, se estira tratando de alcanzar lo que le está velado aún.
Sólo allí, esta montaña diminuta del instante, cae; como toda esperanza del hombre. Como todo idea que trata de lograr lo inalcanzable: la verdad, la libertad de ser, de conocer todo cuanto somos y cuanto nos rodea.
Después, nuevamente la calma, nuevamente el aire limpio, como cuando la claridad de tarde se torna transparencia después de la lluvia.
Momentos en los cuales parecemos dioses caídos, abandonados a nuestra suerte, como el mar.
Sin embargo, es nuestro espíritu, como el del mar, que vuelve a golpear la roca, la playa, a elevarse en ese salto inútil, salto al vacío que nos vuelve a la realidad, a esa vida constituida de instantes, como un río por donde tenemos que transitar aún; debiendo compartir las cosas con lo demás; con lo mismo que uno es, pero sólo algunos pasos atrás.

Karigüe


Con este capítulo se termina la serie de muestra del libro "El Mar". Si desea adquirir la versión electrónica del mismo puede pedirlo a info@karigue.com.ar



Si ha leído este capítulo, me gustaría escuchar sus comentarios, enviando un mail a amigos@karigue.com.ar.
Gracias. Karigüe

sábado, 3 de mayo de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 9

OLAS

¡Cuánta agitación en las orillas, sobre las orillas! ¡El mar tan semejante al alma; tan semejante a todo lo que somos!
Es cierto que es en los límites, donde las olas se abren, donde habla el mar.
Mientras todo un mundo sumergido vive y mora, una vida dentro del mar. Una vida dentro del alma.
Debe haber un tiempo que contenga los movimientos de este fluir permanente. Pero el tiempo para el hombre, desde nuestro tiempo, los movimientos nos parecen eternos.
Si por un instante pudiéramos detener el movimiento del mar, su huida; los cambios en nuestra alma, la evolución; podríamos tal vez contemplar cómo son, ver sus partes, sus elementos: las especies, las montañas, la vegetación, los sentimientos, los pensamientos, los recuerdos, las culpas, los miedos.
La realidad está hecha de movimientos; todos ellos en movimiento, luchando, ganando, perdiendo, destruyendo, construyendo, naciendo, muriendo.
El hombre y el mar, los dos tienen vida . La vida bajo la piel, dentro del cuerpo. La vida dentro del mar.
Por todo eso, cuando contemplamos al mar, lo vemos con un dejo de melancolía; como si en el fondo tuviésemos el mismo destino, como si hubiésemos brotado de la misma fuente.
Todo un parecer, todo un perecer; agitándonos, bramando contra las estrellas, contra esas paredes flexibles que nos contienen, contra esas fuerzas invisibles que nos tienen atados, impidiendo nuestro libre vuelo.
Hay sólo una fuerza, un camino, un rumbo, que sólo lo sabe, que sólo lo conoce el espíritu del hombre, como el espíritu del mar. Una fuerza que nos moviliza, que nos lleva a crear, a actuar, a luchar, a persistir; sin saber ni la dirección ni el sentido.
¿Quién dice que una fuerza solo se puede representar en un plano, en el espacio? Sólo eso es lo que ha creado nuestra imaginación.
Fuerzas que producen movimiento, energía acumulada, en movimiento, energía trasmitida. Todo un mundo de fuerzas que tratamos, que intentamos representar, con nuestra geometría, con nuestras ciencias; pero es sólo un intento. Las verdaderas fuerza todavía no las hemos podido representar.
La fuerza de nuestro espíritu, la fuerza de las olas del mar, la trayectoria de un pensamiento, de una gota de agua del mar.
Una solo gota debe, a través de los tiempos, haber recorrido toda la tierra. Cómo poderla representar, como poder hacer el cálculo de su trayectoria. Así también un elemento de nuestra alma, un miedo, un temor, una esperanza, una idea, un sentimiento, puede recorrer desde las profundidades de nuestra alma, hasta la parte más alta de nuestro espíritu.
¿Cómo poder calcular sus cambios, sus formas, sus intensidades, sus potencias? Sólo con el habla, con los pensamientos, con las ideas, podemos saber algo de ellas, sin verlas nunca representadas.
Podemos a través de las metáforas saber algo de ellas, por la comparación, por la semejanza.
“Toda palabra es una metáfora muerta” Es así, porque las palabras son sarcófagos que contienen, no lo que son las cosas en sí, sino la representación, lo que nosotros hemos podido representar, imaginar, suponer y en último caso acordar.
Todo un mundo libre, contenido sólo por nuestra representación, por nuestra imaginación. No existe nada dentro de nosotros que no esté representado por una imagen. Inclusive los números, los pensamientos, las ideas, los temores, etc. Todos ellos tienen una imagen como representante dentro de nuestra alma, dentro de nuestra memoria activa, y en aquella que permanece desde los orígenes de los tiempos.
¡Sí pudiéramos sólo relacionar esas imágenes, sin palabras! No deberíamos gastar nuestro tiempo en palabras, ellas sólo son intermediarias, ellas contienen las metáforas, las relacionan y luego las entregan, las llevan, las comparten, para ser imágenes nuevamente.
El poeta, la poesía, solo tejen imágenes, las relacionan. Construyen redes de imágenes, para luego recién después ponerlas ya hechas, ya armadas, en palabras.
Tememos al universo representado como mundo dentro de nosotros. Lo construimos, lo volvemos a construir, y lentamente, eso sí, lentamente lo vamos modificando de acuerdo al desarrollo de nuestra naturaleza.
Si bien podemos saber, o en último caso imaginar cómo es el desarrollo de nuestro cuerpo, desde que nacemos hasta que desaparecemos, podemos también intentar ver o imaginar el desarrollo de nuestra naturaleza como hombres, como seres vivientes, como especie, ya que la vida también tiene que morir. Eso que llamamos vida, tiene su crecimiento y tiene también su decadencia.
Porque todas las cosas, elementos dentro del universo, y el universo mismo, tienen nacimiento y muerte, y por lo tanto una evolución, un camino, una existencia como la del mar, como la del alma.
La vida, la naturaleza dentro del hombre se está volviendo invisible, virtual, está desapareciendo físicamente. Si bien dentro del mar nacieron las especies, la vida animal y vegetal, así también dentro del alma brotaron, nacieron, los sentimientos, los pensamientos, las ideas, etc. Todo un mundo sumergido, vuelto a sumergirse dentro del cuerpo del hombre.
La vida natural se está convirtiendo ahora en una vida virtual, transparente. Un mundo salvaje como el que aún habita dentro del mar se está convirtiendo en mundo, humanidad, y la vez toda la especie humana se está sumergiendo dentro de una máquina; sus ciencias la están tratando de llevar allí.
En los laboratorios tendremos algún día vientres desde donde serán creados los semejantes. Ya hay indicio de ello. La memoria de una computadora esta almacenando más datos que el alma del hombre, aunque la memoria en sí de todo hombre es sólo su superficie; pero igualmente algún día habrá una computadora que tenga más memoria inclusive que el inconsciente de un hombre. Pero no es para alarmarse. Es solo la vida que pasa por nosotros. D.H. Lawrence decía: “Somos sólo, transmisores de vida”
Es sólo poder ver, contemplar lo que está sucediendo a nuestro alrededor, como si fuéramos un observador imparcial.
Solo así cuando vemos al mar, nos vemos. Vemos a la vida, al universo, al mundo, a todos ellos, mirando sólo al mar. Vemos a esa memoria que late en nosotros, que llega como oleaje de recuerdos, de ideas imaginadas, almacenadas en las galerías del alma.
Llegan y cohabitan con nuestra conciencia y de ellas brotan nuevas ideas, nuevas palabras, pensamientos, como brisas que refrescan a nuestro espíritu inquieto. A un espíritu que se bate sobre la roca de nuestra ignorancia, y es espuma, y es palabra, y es pensamiento nuevo, y es poesía.
Y es este libro también.
Karigüe

Si ha leído este capítulo, me gustaría escuchar sus comentarios, enviando un mail a amigos@karigue.com.ar.
Gracias. Karigüe

domingo, 6 de abril de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 8

LA PALABRA

Es tan difícil vivir en los dos mundos: en el agua y en el aire, como lo es vivir en un mundo material y un mundo espiritual. Materias diferentes. ¡Tan diferentes!
Pero hay casos en que tenemos que hacerlo, pero no es lo natural.
¿Cuál es lo natural para un ser que está cambiando, que no tiene lo natural constante, que además su entorno está cambiando también?
Aún así tratamos de definir lo que es verdad, belleza, cosas, fenómenos, etc.
Más aún, cómo saber, cómo intentar saber sobre el ser del hombre, un ser inacabado cuyos límites se pierden en el infinito, pero los contiene a los dos.
¿Qué es entonces lo que vemos, lo que podemos ver de este ser? Sólo una estela que deja, que deja detrás de sí, cuando habla, cuando dice lo que piensa, lo que siente; cuando convierte la esencia en presencia.
Hacedor de palabras, de sonidos, en los cuales deposita lo que sus ojos, lo que su mente, lo que su corazón le dice; pero además tiene el don que le sale de una forma natural, las cosas que él no puede ver, decir, ni nombrar, ya que su conciencia en sí es solo una cierta luz que ilumina el escenario, una luz circular que solamente ilumina a los actores.
Así es que lo que ha hecho, con lo oscuro que lo habita, es imaginarlo, abstraerlo, pensarlo, estudiarlo. Eso no fue suficiente, ya que estas herramientas son consecuencias, tentáculos de él; pero la naturaleza avanza, avanza mucho más adelante; ahora ella es virtual, ella se esconde, ella va camuflada y avanza como ciencia.
Entonces tomó otro camino, el de sus ciencias. Todas ellas experimentales, todas posibles de ser estudiadas, analizadas, comprendidas y relacionadas. Con ellas hoy en día cree avanzar, de la mano de ellas cree comprender, entender a la naturaleza, lo que es y lo que le pasa.
Pensamientos, ideas, ciencias, descubrimientos, creaciones, invenciones y hasta suposiciones, percepciones e intuiciones.
Ahora todo cuanto está a su alcance, lo está usando, empleando. Sin embargo no alcanza, no logra lo que quiere conocer, saber, intuir. ¿Quién es? ¿Qué es el universo?
Es presuntuoso. Presuntuoso de creer, de saber, inclusive se mofa con una presunción encubierta cuando dice: sólo sé que no sé nada. Siempre fue así; cree alcanzar la gloria, cree que está a la vuelta de la esquina, en la esquina que va a doblar. Sin embargo ella se diluye, se diluye como una nube.
Porque eso es: una nube. Un producto de las relaciones de muchas fuerzas, fuerzas infinitas que actúan sobre un punto y ese punto es él; es su mente, su corazón y hasta su uña; inclusive sus sueños.
Fuerzas que actúan. Fenómenos; algunas veces los nombra así. Pero sólo lo que he hecho hasta ahora es nombrar, es crear un mundo representado, representado con nombres y figuras, que algunas veces llegan a ser imágenes.
Ha dicho por ejemplo, presión. Se ha acordado lo que es la presión, pero es solo una acuerdo, lo concordado para poder avanzar, para poder proseguir con las demás cosas. Ya que cada cosa es un fin en sí, es un abismo desde donde no saldría, un abismo del cual solo sabe algo sobre su piel, sobre su boca, sobre su superficie, y luego dice, que sabe lo que es, que sabe cómo es.
Pero la presión es una fuerza, una fuerza brotada de otras, variable, en movimiento, desaparece como puede volver a aparecer; puede ser intensa como liviana. Su dirección y su sentido son variables, depende de las fuerzas que le dan origen.
Sin embargo, ve los resultados porque no es un resultado solamente lo que provoca; es una fuerza, es un conjunto de fuerzas resultantes de movimientos, de cambios que provocan en las cosas. Puede decir que es la lluvia, el viento, el riego, el cultivo, y tantas otras cosas más. Las cosas que la presión da como resultado, las cosas posteriores que provoca.
Y si hay vida, si están vivos aún sobre este planeta, es por que hay algo, hay una cierta armonía de fuerzas que actúan sobre él y dentro de él, las que hacen posible su existencia; aquello que le hizo decir a un hombre muy especial como fue Descartes: Pienso, luego existo.
Sin embargo, cuando camina sobre la orilla del mar, puede contemplar su repiqueteo, puede sentir la brisa, ese viento tenue, fresco, que roza su frente y le hace sentir que algo en este mundo, en este mundo que nos rodea, algo ha logrado este remanso, ésta armonía que siente dentro del alma.
Y entonces se inclina en ese momento, frente a este momento, conjunción de fuerza que han logrado que las vea, que les cante.
Y en nombre de los genes que lo componen, en nombre de las células, de las neuronas, de los órganos, y de todos los que lo erigieron, que permitieron que llegue así, dice: gracias. Repite lo que uno de los más grandes poetas dijo: “Bendice todo lo que te sucede y se propenso a la alegría” Hölderlin.
Tal vez la alegría es el agradecimiento de lo que ha logrado en este corto tiempo de su existencia.
Todo un mundo Presocrático se eleva de sí, para que Epicuro lo aleje de los fantasmas, para que él lo lleve a la búsqueda de un equilibrio, de un una cierta paz. Porque ya no está totalmente perdido, tiene una, su morada, y aunque a veces lo niegue, es su morada en la cual está amparado. Esa morada no es otra cosa que el mundo que ha construido.
Puede pensarse, puede estudiarse y suponer que hay una ley divina, sin poderla comprobar; pero a la vez puede ver el paisaje puro del mar y sus alrededores. Puede imaginar cuántos hombres, animales, amebas, insectos, gusanos, células, han transitado por aquí, y lo siguen y lo seguirán haciendo.
Hoy al mundo lo encuentra bello, obra de todos ellos, obra de él también, porque trata de que viva más, aún en sus palabras. Un mundo que continúa, y los que vendrán lo continuarán; porque hay algo en cada uno de ellos que tiende a la continuidad. Hay algo que fue, es y será común. Una cierta comunión, una cierta común – unión.
Ya otro ser lo contiene. Se está desvaneciendo como una nube para que lo otro sea: La humanidad, la humanidad que habita el mundo, y del cual ya sólo es una nota.
Eso, esto es lo que hasta ahora ha podido hacer, lograr, conseguir, construir.
¡Qué cosa más maravillosa, construida alrededor del mar, con el mar acompañándolo como en estos momentos! El mar hasta ahora lo ha alimentado, lo está alimentando; hasta al cactus lo alimenta, quién toma su alimento desde al aire; siendo el aire parte del mar también.
Es y será de él, palabra, la palabra que el mar no puede pronunciar, no puede decir, solo balbucear, sólo bramar sobre la roca, sobre la playa.

Karigüe

Si ha leído este capítulo, me gustaría escuchar sus comentarios, enviando un mail a amigos@karigue.com.ar.
Gracias. Karigüe

viernes, 14 de marzo de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 7

MUNDO

La arena de la playa, tan semejante a la del desierto. El viento la lleva, la trae, y ella todo mansa se deja suspender por garras invisibles que la hacen formar figuras, montañas móviles, ¡ciénagas tan semejante al agua!; y a donde el beduino cae, se sumerge, como en un pozo de agua.
Y de vez en cuando una isla, un oasis.
Algo diferente que se eleva de sí; como cuando dos amantes intercambian dones, sus presencias. El agua y la arena, dos nombres, dos elementos tan presentes. Uno puede tomar formas: ser lluvia, río, hielo, témpano; el otro, médano, roca, tormenta; los dos movidos por esa mano potente que es el viento; lazo, brazo.
Como si el viento fuera vida; un elemento nuevo, un elemento brotado de la naturaleza que los une, que los separa sólo para volverlos a unir con más fuerza.
Una tormenta de arena, tan semejante a un huracán. Dos remolinos de viento; uno sobre el mar, el otro sobre la tierra. ¡Cuánta vida, cuánta energía puesta de manifiesto! Como en el hombre es la ira, la cólera. Y después siempre la quietud. Mientras nosotros esperando respuestas de los dioses, cada vez más lejanos, más oscuros; y a la vez, en nosotros, cuanto deseo de descansar, cuanta necesidad de quietud.
Con las ideas nos vamos a descansar. No pensamos más, ni buscamos.
Decimos así es, la vida es así. Y no nos detenemos a verla, a observarla, a contemplarla, a disfrutarla. Así como decimos, no doy más, estoy cansado; solemos decir señor que se haga tu voluntad. ¡Cómo acortamos camino! No somos capaces de observar, de mantenernos en pie frente a la tormenta, frente al sol, caminar con la frente en alto y decir: yo soy como ustedes, tengo dentro de mí la tormenta, la calma, el cielo y el infierno. Mi sangre gira ya en círculos. Estoy tratando de acercarme hacia vosotros. Tengo, he construido y estoy construyendo herramientas, zancos con los cuales algún día estaremos tan cerca que podremos hablar, podremos compartir un reino, una comarca que no es de dioses, sino de aquellos que son capaces de desafiar las leyes de la naturaleza, del mundo. Mundo que es nuestra creación y la naturaleza es de lo que estamos hechos.
¡Cuantas cosas por hacer, por decir! Pero nos demoramos con las palabras, más aun, con el pensamiento; ya que ellos nos han encantado. Creemos que a través de ellos podemos saber de nosotros, podremos saber algo, solamente algo; nosotros somos más que palabra, más que pensamiento. Nuestro ser no es pensar, tal vez pensar es solo un tentáculo con el que hemos avanzado hasta ahora.
Este es el tiempo del tejido. De unir relaciones como lo hacen los poetas, los científicos, los artistas. Ni Van Gogh, ni Bach fueron pensadores; ellos fueron relacionadores. Ya el pensamiento nos ha dejado frente a las cosas, frente al ser de las cosas, a lo que son ellas; no solo apariencias, sino elementos constitutivos de un tejido muy especial, llamado mundo.
Mundo es la morada desde donde nos estamos elevando hacia las cosas más profundas, más elementales. Ya no tenemos como dioses al sol, ni a la luna, ni menos a las estrellas. Ellos son elementos constitutivos del universo como nosotros. Así también, ni nuestro yo, ni nuestra conciencia, ni menos nuestra alma, son divinas, llegadas de los cielos; todos brotaron del barro, y lo seguirán haciendo.
Y nuestro ser, nuestro bendito ser no es otra cosa que lo que vamos siendo; aquello que estamos haciendo brotar de nosotros, como sentimientos, deseos, necesidades, sueño, anhelos, afectos, ideas, pensamientos. Todo un conglomerado de cosas, de miembros, de tentáculos, como los del cuerpo. ¿Qué son nuestros brazos, nuestros ojos, nuestros oídos, sino tentáculos, con los cuales nos queremos relacionar con lo otro, con lo que está frente a nosotros?
Somos astros formando una constelación, un mundo, una humanidad. Una zona del universo es nuestra, es nuestra morada, desde donde nos erigimos. Decimos presente, no solo porque estamos sino porque somos hijos legítimos del universo, por que cumplimos su primera ley: nos expandimos dentro de un planeta que solo es vientre. Contamos con una herramienta tan efímera como real: la imaginación. Si inclusive podemos observar, contemplar con ella al universo. Contenerlo, aunque sea con nuestra mente, en nuestra mente como imagen.
Pero ahí no queda nuestro sueño. Ahora sabemos su edad, sabemos la cantidad aproximada de galaxias, de soles que tiene cada galaxia. Ahora preguntémonos, ¿Cómo podemos pensar que el universo se desarrolla en el vacío? Seria ingenuo pensar así. Nuestro universo se desarrolla, se expande, dentro de otro, y así aunque nuestra imaginación no llegue, nuestra razón nos dice que es imposible que exista el vacío. Siempre hay algo desde donde se erige algo.
¿Porqué entonces ahora no pensar en mundos y universos superpuestos, paralelos, englobados, interiores y exteriores? Tememos no pensar así porque sobrepasa nuestra capacidad de entendimiento con las cosas hasta ahora conocidas. Sucede algo similar a cuando no podíamos ver más allá de mil metros. Entonces tuvimos que inventar el telescopio. Ahora entonces, ya estamos escarbando en nuestra materia por medio de nuestras ciencias, los quartz, los genes, las sinapsis y tantos otros elementos que nos circundan, que nos sostienen.
Sin embargo, a una tormenta, a un tornado, los consideramos fenómenos; como si todo lo de afuera fuera de otro, fuera extraño, no fuera nuestro también. Solemos decir lo nuestro es lo que está dentro de nuestra piel. ¡Qué manera simple de ver, de sentir la vida! Algún día debemos comenzar a pensar que lo exterior también es nuestro; que una tormenta, un tornado, el agua, la arena, son parte de nosotros; son elementos que nos constituyen, nos forman.
Estamos comenzando a ver con nuestra mente, a ver lo que somos, lo que es nuestro medio ambiente. Estamos dándonos cuenta que nuestro vientre real es lo exterior, ya que de ahí hemos brotado, hemos nacido, para ser más claros.
Si te digo somos universos, somos el universo, tú saldrías espantado, corriendo, como cuando te rebalsa el mar, como cuando un Tsunami te sumerge en el desierto de tu ignorancia.
Estamos comenzando a tejer las cosas que nos rodean, pero no solo por la parte de adentro de la piel de nuestra alma, sino por afuera también.
Somos como una delgada capa invisible que vibra, que registra esa vibración y emite sonidos, pensamientos, ideas. Y con esas ideas formamos mundo.
El mundo es algo virtual. Una morada que sin ella el hombre desaparecería inexorablemente; así como los bosques sin las plantas, sin los árboles, serían otra cosa, no bosques.
Somos niños todavía. Niños que están aprendiendo a ver, a pensar, a relacionar lo que realmente somos. Estamos comenzando a tener conciencia, a conocer las cosas de las cuales estamos formados, a conocer al mundo exterior, es decir, al universo, encontrando en cada componente del mismo una parte, una pieza del rompecabezas que somos, que estamos tratando de unir, para ver.
Estamos como en el tiempo del carreteo. Hemos pensado, estamos pensado, pero a la vez ya hemos comenzado a tejer, a relacionar las cosas dispersas para formar el manto, la base, la plataforma desde donde saldremos a lo otro, a lo diferente, a aquello que nos de la plenitud, que seremos capaces de crear, de formar: El hombre espiritual.
Karigüe


Si ha leído este capítulo, me gustaría escuchar sus comentarios, enviando un mail a amigos@karigue.com.ar .
Gracias. Karigüe

martes, 11 de marzo de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 6

SENTIDO

Cuan hermoso es recibir la brisa del mar cuando está amaneciendo, cuando todavía las gaviotas caminan por la arena, por esa arena mojada, por esa arena húmeda que descubre la ola cuando se retira, dejando a su paso burbujas, huellas, rastros dejados por almejas presurosas de no quedar a la intemperie, mientras las gaviotas picotean lo que dejan las olas.
Se pueden ver así sobre las orillas, las bandadas de cangrejos, bancos de cangrejos amenazantes con sus patas hechas pinzas, avanzando como las tropas de Atila. Pueden caminar sobre la arena, como nadar en el mar; seres que todavía conservan la habilidad de vivir en el agua como en la tierra.
El cangrejo realmente no es una criatura agradable para la vista; el sólo ver las patas, como mordazas, como las mordazas de un escorpión, de un alacrán, nos impresiona. Nos estremece además esos ojos rasgados, como los de los chinos, pero más alargados aún, con ese cuerpo de camarón cuadrado.
Son espectaculares todas esas especies de animales que caminan con varias patas y brazos–mordazas; dan la impresión que fueran articulados, cómo si sus cuerpos estuvieran hechos de a pedazos, por secciones, de formas alargadas como tienen los lagartos, como las culebras.
Lo que lo hace aún más especial al cangrejo es que camina tanto para adelante como para atrás, con igual habilidad y velocidad.
Cuando se lo contempla, imaginamos aquel lejano tiempo en el que los animales comenzaron a quedar sobre la tierra; cuando las aguas del mar se retiraban. En aquel entonces había un sólo mar que cubría toda la faz de la tierra.
Es la necesidad lo que nos hizo caminar, lo que nos hizo respirar, aunque siempre tuvimos que contar con nuestra astucia para poder sobrevivir. El quedar al descubierto fue algo fuerte y diferente.
Algunos debimos haber quedado sobre un charco, dentro de un lago, de una laguna, que luego lentamente se fue secando. El barro fue nuestra placenta, vientre desde donde comenzamos a caminar.
Una cosa es nadar, otra caminar. Nadar es desplazarse en un medio familiar; un poco de esfuerzo sobre el cuerpo nos suele impulsar suavemente sobre y dentro de esa masa uniforme; pero al salir al aire, a la intemperie, necesitamos respirar, necesitamos tragar cierta cantidad de aire. Un material distinto al de nuestro cuerpo; y además tenemos que lograr introducirlo en él para que purifique la sangre en nuestro pulmones.
Las branquias solo hacen o permiten el intercambio de medios acuosos; un cambio relativamente tenue: agua y sangre, líquidos muy similares. Mientras que el aire y la sangre son diferentes; uno es gaseoso y el otro liquido, aunque ambos tienen oxigeno, pero sus estructuras en sí son diferentes.
Al caminar estamos siendo sometidos por la gravedad, la fuerza de gravedad sobre nosotros, en los pies. Cada paso es vencer a esa fuerza y luego ceder, para así avanzar, caminar, correr, por lo general distancias cortas; recorridos de un puñado de kilómetros, nada comparables con los realizados por el vuelo de los pájaros
Todo este esfuerzo titánico tuvo que sostener por mucho tiempo el animal. Si observamos con detenimiento a la evolución de la forma de desplazamiento, notaremos que fue lenta, desde la de la serpiente, la del gusano, la de la lagartija, la del cocodrilo, hasta llegar al mono, que comenzó a caminara con cuatro patas, para luego lograr ponerse erguido, y caminar en dos.
Todo un proceso casi continuo. Hay algo curioso: a los primeros ascendientes del hombre se los está encontrando en Tanzania. Allí se encuentra también la reserva más completa de animales sobre todo el planeta. Debe haber comenzado ahí a caminar la especie que dio origen a los hombres. Debe haber habido alguna razón para que el agua haya comenzado a dejar al descubierto a la tierra en esa zona.
Solo después, el mono que piensa se comenzó a desplazar; comenzó a moverse hasta llegar a la actual Europa; luego a Asia, y por último a América. Ya han pasado unos quinientos mil años desde que el mono comenzó a hacer, a tener cultura, a cultivarse así mismo.

Uno de los sentidos más especiales que tiene el hombre es el de vista. El que le permite captar imágenes.
Es verdad que los cuerpos emiten una cierta forma de energía que hoy en día se pueden captar por medio de los rayos infrarrojos; pero a la vez el receptor tiene que tener un instrumento capaz de registrarlo.
¿No sucede lo mismo con el sentido del pensar y el Ser?
Veamos como:
El sentido de la vista capta imágenes que son enviadas al órgano llamado cerebro. Allí son registradas, guardas, almacenadas; pero también procesadas, ordenas y relacionadas.
Cuando el animal vivía aún en agua, en donde la claridad es poca, casi nula, los sonidos, las vibraciones eran más nítidas; para ello tenía la piel como elemento receptor y porque no, l informador del incipiente cerebro.
El cerebro, de tantas imágenes, sonidos, sabores, olores, recibidos, de tanta información almacenada, fue relacionándolos y formando algunos tipos de conexiones entre las neuronas. Tal vez en las primeras etapas del hombre, todo ello era como la informática de nuestros días; el cerebro era una máquina procesadora de datos y de imágenes.
Pero en algún momento, ésta máquina muy especial, además de procesar los datos, comenzó a crearlos ella misma; y ello fue la imaginación. Comenzó a imaginar cosas nuevas, que no existían. Comenzó a crear.
Este es un paso tan grandioso como el de la transformación del ARN en ADN. Allí comenzó a reproducirse y a tener memoria activa. Con nuestro incipiente cerebro comenzamos a imaginar, a relacionar las cosas. Debe haber sido una cantidad impresionante de datos que ésta bendita máquina tuvo que identificar, ordenar. Indudablemente no tenía mucho con que.
Entonces comenzó a nombrar en silencio, sin palabras. Comenzó a identificar, a marcar, a almacenar ordenadamente. Es allí y no con las primeras palabras salidas de su boca, cuando el hombre comienza a separar lo que es mundo de lo que es universo. En otras palabras allí comenzó a crear su choza, es decir, el mundo.
Solo después, mucho después, aprovechando el grito (aquel que empleaba para defenderse o para atacar), el animal comenzó a identificar a los otros, a las otras cosas, a través de esta nueva herramienta o tentáculo. El grito o alarido, fue perfeccionándose, puliéndose así hasta llegar al canto; sabemos como eran las canciones, las primeras danzas. Ya ahora las podemos comparar, podemos ver entonces la diferencia.
Bueno, así también avanzamos en el campo de la palabra
Pero ese nombrar, ese identificar para poner orden, fue teniendo o tomando otro cariz. El nombrar las imágenes, los sentimientos, es decir, toda aquello que nos incumbía, fue tomando color, forma. Eso separado que crecía, ese mundo nos identificaba como grupo, como diferente a los demás. Surge entonces la necesidad de identificar a este mundo, a esto diferente.
La evolución natural del cerebro como órgano coordinador, va creciendo en número de datos, que a la vez se van trasmitiendo por medio de los genes, y de la cultura; ya que cultura no solo se debe al pensar, sino al obrar. Cultura es el cultivo de nuestra alma.
¿Teníamos alma antes de hablar? Sí. El alma es la que llega ha hablar, por necesidad de decir, de expresar aquello que ya estaba dentro del cuerpo del animal, en el cerebro, almacenado.
Este es el cerebro que llegó a decir: ser y pensar es lo mismo ó pienso luego existo. Ha comenzado desde hace no mucho tiempo a creer que el pensar, este diálogo del alma con ella misma, lo ha hecho y lo está siendo parte del Ser.
En honor a la verdad, no creo que los otros animales no estén incluidos dentro del Ser.
El pesar es simplemente otro sentido; como el de la vista al cual lo estamos desarrollando. Si bien es uno de los últimos sentidos, pero no veo que tenga que ser el último.
El animal tuvo el tacto como primer sentido, luego el del oído, el del gusto, el del olfato y por último, mucho después, fue la vista: sentido que le proveyó imágenes al cerebro, que solamente sirve de poro por donde entran imágenes.
El cerebro fue el creador de la imaginación, creó además la palabra, el lenguaje, etc.
Nos encontramos ahora con que dentro del cuerpo del hombre hay un cuerpo mundo que guarda toda la historia de la evolución, del cual nuestra ciencia nos informan que sus genes no desaparecen, sino que quedan como acorazados hundidos, que de vez en cuando participan de la vida diaria, de los conatos eventuales. Tenemos además un alma y un espíritu, es decir un ánimo que salió y ahora se vuelve hacía adentro, hacía la oscuridad, tratando de perforar el muro del silencio.
Estas tres partes, cuerpo, alma y espíritu, tiene cada una de ellas, sus propios sentidos. Del cuerpo ya lo sabemos, del alma es la reflexión, las virtudes, el amor, los sentimientos, inclusive los pensamientos. Y está el espíritu, animo que traspasa los sentidos del alma y del cuerpo, les das vida, les da fuerza. Es entonces el espíritu una fuerza que está presente durante nuestra existencia, y dentro de nosotros.
Es ese fuego permanente que se mantiene como una tea encendida y misterioso, cuyas raíces, cuyo combustible, viene de las profundidades, no sólo de la naturaleza, ni del universo, sino de todos los universos.
El ser es todo. No es sólo el acto de pensar, ni menos está compuesto de pensamientos. Observemos al acto de pensar como un sentido más del alma; como es el de la vista para el cuerpo; pero sólo un sentido.
La pregunta inmediata sería ¿Cuál es el sentido nuevo que está surgiendo o está por surgir? No lo podemos identificar, porque nosotros siempre caminamos algunos pasos más atrás de los de la naturaleza.
Karigüe


Si ha leído este capítulo, me gustaría escuchar sus comentarios, enviando un mail a amigos@karigue.com.ar .
Gracias. Karigüe

jueves, 21 de febrero de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 5

SOMOS

Sabemos tan poco, tan poco de todo. Sólo tenemos lo cercano: nuestro cuerpo, nuestro mundo, la tierra, el mar; sólo a través de ellos sabremos algo más.
Al mar lo vemos algunas veces de color azul transparente, otras de color marrón; vemos sus orillas cómo lo separan de la tierra: límites flexibles, piel que late, piel que guarda el misterio de sus profundidades ¿No es así en el hombre, la palabra, su lenguaje: piel que separa al cuerpo mudo del espíritu?
Todo un mundo es el mar. Un ser oscuro que vibra, que se retuerce como un gusano, como una serpiente; que se eleva, que cae; que muerde a la tierra, a las rocas las desmorona siempre, para luego retirase como animal herido. Una fiera salvaje que brama. Un gigante vivo comparable sólo al casco azul, a la tierra adormecida.
Lo que lo contiene al mar, lo que lo retiene, lo que lo calma, son sus orbitas invisibles que tiene que cumplir. El hombre tiene dentro de sí aquello que lo contiene también, aquello que lo calma, porque presiente lo superior.
Tanto el pasado como el futuro son presentes; están ahora aquí, no los podemos ver, sentir; sólo pensar, solo soñarlos, y así por instantes sentir la unidad, sentir que el tiempo solo es una excusa, para ver, para sentir, para desarrollar cosas; sentidos, que nos hagan ver lo que somos: Una unidad que sueña.
Nuestro sueño, lo que soñamos, es un sentido del espíritu anidado en el alma.
No podemos alcanzar las estrellas, pero construimos las naves que nos llevaran a ellas; no podemos tocar el pasado ni el futuro, pero estamos construyendo un mundo representado, un mundo hecho imagen, en donde por instantes serán soñados, serán nuestros.
Lo inmediatamente superior es una ilusión que sueña, alguien más profundo, más intenso que nosotros: la mismisidad; aquello que tendemos ser, siendo ya, estando ya presente, pero fragmentados. Uno de esos fragmentos es el mar.
Si sentimos, si presentimos que la orilla es como la piel del mar, es porque hemos copiado, hemos construido, algo similar: la palabra.
El mar se está yendo, nosotros también nos vamos retirando, dejando a la tierra al descubierto. Vemos sólo aquello que dejamos atrás; luego nos sorprendemos de lo que llevamos adentro, lo que somos.
Sin embargo, en los límites hablamos, bramamos como el mar. Carcomemos, corroemos a la roca para luego abandonarla hecha arena. En el fondo nos molestan las formas; la forma es algo que es sólo por un tiempo; nosotros queremos, buscamos lo que es siempre, y lo que es siempre es lo diminuto, aquella materia impalpable, aquella materia cerca de la nada, aquello que sólo es esencia, no presencia.
Volvemos, estamos volviendo entonces a lo elemental. Tal vez siempre lo hemos hecho. Lo que ha estado sucediendo es que por algunos instantes nos demoramos, quedamos encantados por el movimiento.
La piel del alma es el límite entre el cuerpo mudo y el espíritu. La orilla de la tierra y del mar. Momentos de calma por instantes, como en paz; otros inquietos, como si alguien tratara de unir las partes y mantenerlas separadas a la vez.
Todo el universo participa, pero solo lo cercano lo podemos ver.
Son las mareas latidos extinguidos, suspiros profundos de nostalgia, de lo que fue nuestro, y ahora ya no nos pertenece.
Entonces ayudados por hermanos bondadosos, volvemos; siendo agua evaporada, nube, recuerdos, melancolía que se eleva para ser lluvia, alegría o llanto.
Volvemos a fecundar lo que era nuestro a través de los ríos, de un mundo temporal; ríos de nuestra alma que llevan ideas, pensamientos que recorren a la ignorancia inmóvil, recreando así, nuevamente el jardín olvidado.
Somos sólo una imagen en donde el recuerdo vive. Es amor aquello que no podemos olvidar, fue nuestro, sigue siendo nuestro, aún en el olvido, o en el aturdimiento, que es lo mismo.
Es entonces nuestra memoria sólo una ventana, una ventanita por donde miramos los mundos, pero que aún no los podemos ver y contemplar con claridad, porque lo demás participa como bruma, como niebla, protegiendo al pequeño gladiador que dice: pienso luego existo.
¡Ay las galerías del alma! ¡Las profundidades del mar cubiertas por la niebla de astros amigos y bondadosos! Todo ello tan lejos y tan cerca a la vez..
El foco de nuestra visión es el presente, es el yo, es la conciencia; todos ellos definidos, casi precisos, pero sólo para permanecer un cierto tiempo, hasta consumir la batería que no tiene posibilidad de cargarse, de recargarse nueva - mente.
Sólo están esos instantes de plenitud en los que contemplamos lo que presentimos, lo que somos; después la huella, el rastro de aquello grandioso: la presencia, nuestro rostro, nuestra mente, nuestra alma, nuestro espíritu.
Solo tenemos sentidos para la parte, para esa parte de la que está hecho el mundo; esa cúpula, ese templo en donde solemos orar, en donde solemos rezar, contemplar lo que contiene el cáliz: lo que somos.
Sólo algunas veces rozamos los labios, nos mojamos los labios, sólo para el sabor de aquello que todavía no podemos beber; no podemos contener:
Lo que somos.
Karigüe


Si ha leído este capítulo, me gustaría escuchar sus comentarios, enviando un mail a amigos@karigue.com.ar .
Gracias. Karigüe

sábado, 16 de febrero de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 4

ALGO SE VA, SIEMPRE

Hay momentos en que el mar se calma, parece quieto, como un pozo de agua.
Por lo general el agua permanece quieta en depósitos pequeños, sin olas; pero a medida que esos depósitos son más grandes, se crean movimientos, se crean corrientes. Hay una relación directa entre la formación del viento y la superficie del agua, una relación estrecha a través de los cambios de temperatura y de presión, producidos por los rayos del sol sobre el agua.
Es el calor que se produce en el sol, el que llega. Él es una fuente de vida; es como un espíritu que cambia, que agita a las aguas de los mares, de los ríos, de los lagos, de las lagunas.
El agua está, el calor llega y la evapora, y así el aire incrementa en peso. Hay presión, hay una fuerza resultante que va desde lo pesado a lo más liviano.
Entonces el aire se agita y sé mueve, comienza a estremecerse como un gigante dormido; otra vida nueva, una vida recién brotada como si fuera desde la nada.
Vida que acaricia la piel del mar; la ondula, la estira, hasta romper su continuidad; entonces sí la ola que choca contra la arena, contra las rocas, como queriendo desprenderse, salirse de su cuenca, de su cause.
Se despierta así el mar.
Las nubes -esas concentraciones pesadas- son brazos extendidos del mar, queriendo apoderarse del aire, para así avanzar un paso más en el camino a su libertad. Pero la tierra se lo impide con la potencia de un brazo más poderoso aun: la fuerza de su gravedad.
Ahora sí, las nubes ya en sus órbitas permitidas, comienzan a moverse, comienzan a tomar formas caprichosas. Todas las formas posibles de ser imaginadas por el hombre..
He aquí uno de los más grandes espectáculos en nuestro cielo.
El viento y la vida son hijos del sol, de la tierra y del agua. Son los anillos, los eslabones que unen a los demás...
Tales fue el que concibió como elemento primero al agua. Esiodo a la tierra, Eráclito al fuego y Empédocles al aire.
Tendríamos que volverlos a pensar desde ésta otra visión: visión en donde las relaciones son naturales, una consecuencia de la otra. Relaciones como eslabones de una cadena que no tiene comienzo ni final.
En todo momento los vemos en movimiento. Los elementos primeros y sus fenómenos se convierten en viento, en vida. No podemos clasificarlos a todos con la tabla de Mendeleyev; no podemos considerarlos como materia, energía, átomos, electrones, quartz, fotones.
Tenemos que volver a considerándolos seres. Seres que juegan, que se relaciona, que luchan, que se atraen, que se rozan, que se rechazan. El movimiento, la relación, la transformación, es lo que debemos tratar de ver, de comprender nuevamente.
Para comenzar, veamos que no hay elemento más sutil, más puro, más activo, que el viento. Él es brisa, es huracán, es tormenta. Cuando es tormenta quiere desprenderse del agua intrusa, del agua que se cuelga de su propio seno, de su propio vientre; pero él como un caballo que relincha brioso, corre y en ese correr es en donde cae el agua, que huye al no poder ocupar su lugar.
Cuando desde lo lejos se divisa venir un tormenta, se la ve como si fuera un trompo que gira arrasando a toda cosa que se encuentra a su paso. Las eleva, las arranca, para luego hacerlas caer; ello es solo su demostración, demostración de su poder frente al agua. Lo primero que ocurre antes de ser ella misma, es la formación nubes. Nubes incapaces de tomarse del seno de los cielos, en donde mora el aire. Luego ellas arremeten como jauría de animales salvajes, galopando en el campo de batalla; van, vienen, se elevan, caen, chocan. Es el caos.
Solo así se ve como abre su camino el rayo. Este juez y soberano de todo movimiento, de toda elevación y caída. Él nuevamente ejerce su poder, toma el mando y ordena el estremecimiento final; la caída, la huida, de un lugar que no le pertenece al agua.
Frente a este escenario, frente a esta tragedia, el mar se agita, quiere participar con sus grandes olas. Pero a él solo le está permitido el Istmo, la ola. Las olas sólo son intentos fallidos, intentos fallido de un casi eterno deseo de huir allí a donde y desde dónde el agua vino.
El mar sólo un trampolín, la ola el limite, la nube su sueño derramado.
Pero ya hay algo de lo que estamos seguros, no solo por nuestras ciencias, sino por nuestra propia observación y deducción: el agua está logrando huir.
Algo de lo que la nube fue, se desprendió definitivamente, partió hacia el éter.
Cada vez hay menos agua sobre la tierra, podemos ahora encontrar un pez petrificado a cuatro mil metros de altura del mar.
Algo de agua logra huir cada vez que una nube se eleva a los cielos.

Karigüe

viernes, 8 de febrero de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 3

MUNDO

El solo contemplar las olas, el contemplar ese constante bramar sobre las rocas, sobre las playas abierta, es un inmenso placer.
Los poetas al mar lo comparan con el alma. Como si dentro de nosotros estuviera atrapado algo, algo que se asemeja al mar; algo que no puede salir, no puede dejar esa morada.
El espíritu del mar y la vida, tienen algo en común; el espíritu del hombre también.
Si el agua estuviera detenida, sería un elemento más del universo, pero su misma naturaleza, su posibilidad de cambio de estado, su adaptabilidad, su maleabilidad como para adaptarse a las formas, la hacen ideal para el movimiento, para trasladarse, para llevar cosas a otros elementos que en sí no pueden moverse, no pueden adaptarse.
Todo eso pensando a medida que rozaba su mano. Sentía esa sensación tan agradable que es cuando se tiene a la persona amada al lado de uno. Podía comentarle aquellos extraños pensamientos de la movilidad del agua. Podía hablar con ella, podía compartir los pensamientos, los sentimientos, las percepciones. La presencia de ella era como las alas de lo que pensaba.
De niño, cuando de noche escuchaba el golpeteo de las olas sobre la playa, podía hasta calcular los tiempos. Parecen constantes para aquel que no se pone a escucharlas atentamente. Pensaba que si el mar trataba de decir algo, no podía ser que a lo largo de miles de kilómetros nadie lo escuchara, nadie lo entendiera.
Es agua atrapada, es agua que quiere evaporarse, elevarse de sí. Ser llevada como corrientes por la Antártica, por el Caribe, por los Océanos más profundos; y así ser libre como un simple animal, un animal salvaje. Sin embargo, el inmenso mar brama, ruge aún cuando no tiene con quien luchar.
Lo escuchamos, lo vemos como enloquece durante las tormentas, en los tornados ¡Cómo se eleva de sí, arrastrando cuanto ser viviente ó cosas (para él es lo mismos) encuentra a su paso. Sólo confía en su fuerza, en su poder. Tiene que, de vez en cuando, demostrar ese poder, que con frecuencia olvidamos.
Luego uno ve las playas del caribe, esos inmensos pañuelos extendidos. Los dos, el mar y los de la arena parecieran estar de acuerdo, como en un estado de reposo.
Pero es así como es el carácter de las personas, hay momentos de ira, de destrucción. Así después nacen y brotan los Huracanes; aquellos que arrasan, que abrazan lo que consideran suyo, luego se vuelven a dormir.
Cuando siento la ira, la cólera de que algo no es o no ha salido de acuerdo a lo planeado, a lo soñado, es el espíritu el que se abalanza sobre las cosas queriéndolas cambiar, destruir; pero tenemos pocas fuerzas, nuestro animo por lo general se diluye rápidamente, como el del Huracán.
El alma del hombre, ¿brotó como recinto, o se fue formando como recinto a medida que las cosas llegaban, necesitando lugar, morada? Esto no lo sabemos.
Lo que podemos imaginar y a la vez presentir, es que todo cuanto existe dentro de nuestro ser, de nuestro cuerpo, de nuestra alma, ha llegado desde afuera de nosotros. Más aún, se ha posado, se ha depositado como metáfora, como imagen capturada, reflejada.
Luego allí en nuestra alma, en nuestro cerebro, esas imágenes físicamente se depositaron en las neuronas. Esas células que tienen la habilidad, la capacidad de relacionarse con otras a través de ramificaciones llamadas sinapsis.
Podemos llegar hasta allí, más allá es ya otro tema. Bueno, esas sinapsis se fueron componiendo como enramadas, como tejidos, relaciones; eran y son relaciones. Físicamente se convirtieron en luz, como cuando brota un rayo o como cuando del agua de un dique brota energía eléctrica empleando una máquina. Todo esto no nos debe de sorprender.
Esta luz, es una suma de luces, una constelación de luces que ilumina un recinto invisible, hermético. Como un cielo invertido, como un casco que no deja salir ni penetrar otras cosas que no sea ésta luz, ésta constelación de luces. Bueno, esa es nuestra mente.
La materia, ¿se volvió invisible? Invisible solo para el hombre que mide. No hay duda qué es energía y un tipo especial de materia que todavía no la podemos pesar, ni menos medir; solo comparar.
¿Qué sería de nuestro mundo, de nuestro planeta, sino hubiera atmósfera, si no existiera el aire? Esa masa que transforma los rayos del sol en luz. ¿Qué sería de nuestra mente si no hubiera razón, entendimiento, orden, organismos vivos como los genes que amortiguan, que transforman la energía pura que nuestro cuerpo emana en idea, en pensamiento, en conciencia, en razón, en amor, en odio, en temor, etc.?
Todo un mundo nuevo brotó dentro de nuestro cerebro, dentro de ese cielo invertido que ya no deja escapar a la sangre.
Allí, en nuestro cerebro, en donde el agua hecha sangre, hecha líquido encéfalo raquídeo, no puede escapar. No puede volver al universo abierto, desde donde vino. Pero ahora esa parte (nuestra de vida) de agua, golpea como las olas del mar contra este casco. Contra ese caparazón que no permite que la vida se vaya, que el agua del cuerpo, del cerebro, huya.
Así como brotó en la tierra la naturaleza y aun el hombre; también ahora, del cerebro del hombre, de esa constelación de cerebros de la cual está constituida la humanidad, brota mundo. Un mundo de ideas, de sentimientos, de pensamientos, de amor, de odio, de fulgor, de pasión. Un mundo nuevo, una naturaleza nueva ha brotado desde nosotros
Somos solo el capullo desde donde está brotando el gusano, la nueva mariposa, que surcara los cielos del universo.

Karigüe

domingo, 13 de enero de 2008

Libro “El mar” – Capítulo 2

LA OTRA MITAD

“La idea es al hombre, como el hombre a la tierra”

Somos agua. La mayor parte de nuestro cuerpo está constituida por agua. Nuestra sangre es casi totalmente agua. Por lo que, cuando estamos cerca de ella, cerca de un río, de un mar, hay, debe haber, algo que busca continuidad. La unión, la fuga de los elementos.
Se está descubriendo, conociendo, observando la expulsión de una estrella que estaba como estrella melliza (dos estrellas que giran entre si). Una fue atraída por un agujero negro, presente en toda galaxia, y la otra fue expulsada.
No hay, no debe haber duda que siempre hay equilibrio en la naturaleza, en el universo, en el universo de los universos. En donde los opuestos se compensan, están en equilibrio.
Con lo que podemos deducir que inclusive el movimiento en sí de todo cuerpo, de cualquier cuerpo, está compensado por otro movimiento equilibrante.
Cuando camino por la orilla del mar, por la playa, siento esa sensación de equilibrio, de armonía que me brinda el mar. El mar es una memoria activa, encierra en sí toda nuestra historia, nuestro pasado; aún aquel de cuando el óvulo fecundado estaba germinado, cubierto de agua.
La tierra, ese planeta joven para lo que lo rodea, estaba cubierta de agua. Sabemos ya que el agua no es un elemento común en nuestro sistema solar, más aún, se equilibra con el calor del sol, con el frío de las noches en la ausencia de luz y calor.
El universo en si es un fuego que se apaga; quedan focos nada más de aquel incendio, de aquel Big Bang. Uno de ellos es el sol, fue la tierra también. Nuestro planeta ha nacido, ha brotado de algunos restos, escombros que quedaron de otra unión, de otra fusión importante.
Sin embargo algo lo unió. Algo hizo que se formara este planeta. Un centro tal vez, un agujero negro. No lo sabemos, pero debe haber habido un centro catalizador, Pero bueno, el resultado fue que nuestro planeta comenzó como un óvulo ardiente.
Luego la caída, la llegada de esos espermatozoides majestuosos que están circundando por el espacio estelar permanentemente. Debe haber impactado uno o más, tal vez aún separados por el tiempo. Luego, por un lapso, permaneció rodeado de agua.
Que hermoso debe haber sido ese espectáculo. El óvulo ardiente, encendido, cubierto por ese liquido que en pequeñas cantidades es aparentemente insignificante, pero que en grandes se vuelve poderoso.
La lucha de los dos elementos, fuego y agua, debe haber durado mucho tiempo. Debe haber sido estruendosa. Fuego atrapado por la garra de un animal; como cazado, como oprimido. Lucha de titanes, no hay duda.
Pero lo interesante es que no sólo era fuego lo atrapado. Eran rocas asimiladas, materia del universo. Restos de toda una historia difícil de recordar, difícil de entender por nuestras ciencias.
De ese desencadenamiento de elementos, de esas reacciones químicas, físicas, eléctricas, debe haber nacido, debe haber brotado, lo que es vida.
Cuando me miro frente al mar, cuando siento a la sangre fluir por mis venas; los pensamientos y aún los sentimientos, son como sangre evaporada, como nubes de sangre que rondan en mi cerebro produciendo esas tormentas, esos días de calma, esa relación armónica con nuestro clima, con nuestra atmósfera. Por donde camino, por donde transito besando, rozando a este mar antiguo desde donde he brotado.
Deben aún continuar las reacciones, las relaciones entre el agua (lo llegado, lo venido, lo que a la vez trata de irse, de volverse, porque debe tener su orbita a cumplir) y esta tierra sólida, ahora con su pequeña tea aún atrapada, aún ardiendo en las profundidades de su seno.
Pareciera que nosotros y nuestro medio ambiente (como es la playa, el cielo, las montañas, por donde camino) somos el resultado, la consecuencia. Somos como lo brotado de esta incomprensible lucha, batalla casi interminable.
Aún así esta sangre evaporada, estos pensamientos que me hacen viajar, imaginar, presentir, están ahora dentro de mí. Ha brotado vida, esa vida que no hace mucho se desplazaba con movimientos ondulatorios. Hoy está dentro de nosotros, nos habita, nos conmueve, nos lleva por medio de la imaginación, de los recuerdos, de las deducciones, a encontrarnos con una Madre antigua. Tal vez no la primera, pero con seguridad una de ellas, la mar, el mar. Que hoy late frente a mí, y dentro mío en forma de ideas.
Todo esto caminando por la orilla, viendo a algunos niños jugar, correr, reír, llorar. Pasando cerca de enamorados tomados de la mano en silencio, como si soñaran juntos un solo sueño. Una sola vida, pero juntos. Compartiendo cosas de la vida, como aquellas estrellas mellizas, que alguien, siempre se encarga de separarla.
Veo a las gaviotas como circundan el cielo, como surcan el aire. Cómo ha llegado la vida tan alto, como ha llegado el agua, el agua del mar a elevarse de sí, pero no solo como nube, sino como vida también.
En el vuelo de los pájaros el hombre siente que algo de él está allí, los está acompañando. Ellos, los pájaros, han logrado lo que el hombre desde su infancia en este mundo, como mundo, no ha podido lograr.
Al avanzar, son muchos los sendero que recorre la vida, muchas formas que no puede depositar en un solo ser, en una sola especie. Reparte como si fueran tentáculos, sus tentáculos.
Pero hay algo especial en este tipo de ser llamado hombre. Él no puede esperar el normal desarrollo de la naturaleza, no puede esperar que ella le haga crecer alas. Se apura, se precipita, crea esas partes, los elementos que le permiten volar, los crea por medio de sus ciencias, de su inteligencia.
Hoy ya puede volar. Salir inclusive del globo terráqueo, de su vientre, de su matriz. Sin embargo todavía es niño, necesita estar dentro del vientre de su madre por mucho tiempo más.
Puedo ahora mirar, contemplar, sentir no sólo a mi cuerpo, a mi mente y aún a mi corazón, si no que, también, estamos descubriendo, desde no hace mucho, a este nuestro medio, nuestro otro medio ambiente.
Ese aire, esa brisa fresca, con la que el viento nos acaricia. Olas de brisa nos llegan, nos refrescan en este día de calor intenso. En este día en donde el sol brilla sobre y en el horizonte.
Esas nubes que tejen caprichosas figuras, que se forman, que se desvanecen, que avanzan, como corriendo, como siendo arriadas por el viento.
¡Cuánta quietud en el horizonte! Allí en donde ayer, solamente ayer, brotó la Luna. Como si fuera una manzana rosada, se elevó hasta hacerse diminuta, hasta perderse entre las nubes. Y pensar que esta noche, en la madrugada, volverá salir. Volveremos a tener ese placer inmenso que es verla brotar allí, en el horizonte. Desde esa cueva que la retiene, que la guarda cada anochecer, solo para darnos el espectáculo de verla brotar nuevamente, volverla a ver.
A veces me pregunto si algún otro ser sobre este planeta es capaz de adorarla, de quererla tanto como el poeta. Tanto como todo hombre sensible que se preste a disfrutar de este regalo, que es estar aquí, presente, vivo; aún con las cargas que la vida nos pone sobre los hombros. Solo, tal vez, para tener el equilibro suficiente para ver, para verla aquí.


Karigüe

domingo, 16 de diciembre de 2007

Libro “El mar” – Capítulo I

Era un día apacible, claro, transparente; caminaba por la orilla del mar. Son momentos en que el alma tiende al reposo; pero llegan los recuerdos, nos despiertan, envueltos en esa bruma invisible, la melancolía.

Había trabajo todo el año con intensidad, y ese era el comienzo de las vacaciones tan esperadas. Caminaba lentamente, las olas del mar mojaban mis pies; era un juego con esas olas interminables, continuas, que se repiten siempre sin ser las mimas. Lo sentía al mar como vivo; no veía que era el viento, que eran otros, otras, que jugaban con él también.

Hundía los pies en la arena mojada y el mar volvía, repetía, eso que a los cinco minutos cansa, aburre.

Al mirar el horizonte, mi alma viajaba miles de kilómetros, y algunas décadas al pasado.

Recuerdo esos días en que de niño jugaba con ese mismo mar. En la arena hacía castillos, muñecos, con mis amigos, con mis hermanos, con esos compañeros de escuela, de colegio, con los que había viajado en esas añoradas vacaciones.

Recuerdo la primera vez que vi al mar, viajaba en tren. Hacía ya mucho tiempo que esperaba ver al mar. Había pasado toda mañana mirando por la ventanilla y solo veía cerros, montañas de arena que el tren serpenteaba; de vez en cuando escuchaba el pito del tren que nunca podré olvidar.

Estábamos todos expectantes. De pronto, allí entre los cerros una mancha azul, que luego se perdió. Sabíamos que era el mar. Me latía intensamente el corazón. Tenía diez años y nunca había conocido el mar; había escuchado a algunos familiares, pero para todos ellos era una cosa más. Para mí era el mar.

Sólo después volvió a aparecer. Ya se lo podía ver, se podía ver como se extendía, como iba ocupando lugar. Era un manto azul oscuro. Sólo pasaron algunos minutos para poder verlo en su total inmensidad.

Había que bajar en la estación; no recuerdo nada de ello. Sólo recuerdo las ganas que tenía de mojarme, aunque sea los pies. Teníamos que alojarnos en unas carpas que se habían levantado en al orilla del mar. Esperaba el momento sublime de bañarme en él.

No recuerdo mucho de lo que pasó después. Sólo de una chica que había conocido; de unas agradables conversaciones, tal vez las primeras, en un malecón. Era como un placita, que estaba a unos veinte metros por arriba del nivel del mar, sobre una roca, desde donde de noche se contemplaba la oscuridad en donde el mar no dejaba de bramar.

Allí las olas chocaban contra las rocas; parecía que ellas, por su firmeza, por su solidez, por su inmovilidad, lo hacían hablar al mar. Lo sentía como un animal atrapado, acorralado por estas murallas. Sobre esas murallas conversaba con aquella chica, que no recuerdo el nombre ni el rostro. Sólo de ella me quedó la sensación de haber compartido aquel momento agradable y a la vez excitante.

Han pasado muchos años desde ese primer encuentro. Al mar lo había visitado muchas veces, lo había visto por varios lugares del mundo. Daba la sensación que siempre era el mismo; cuando se explaya sobre las orillas de arenas extendidas; cuando brama por las rocas.

El viento pareciera que lo empuja, lo lleva, lo quiere sacar de su cuenca, pero él resiste. Como si el viento lo llevara a otro destino, pero él se resiste extendiendo sus alas, sus manos, y se adormece sobre la arena.

Pero cuando hay una roca, el viento es más impulsivo; lo carga, lo estrella contra ella, lo hace bramar, lo agita; es como si el mar hablara, el mar quisiera decir algo. Tal vez nos habla, pero no entendemos su idioma. Tal vez todas las cosas quieren hablar con nosotros, y nosotros somos sordos y ciegos; ciegos para ver un poco más allá de nuestras narices.

Me encantaba en Chile, en la isla negra, contemplar como ese mar transparentemente frío se agitaba como perro rabioso, golpeando para todos lo lados, como si estuviera atado por esas dos penínsulas, y no pueda salir, no pudiera explayarse.

A veces me da la sensación que un mar tranquilo como el del caribe, no tuviera nada que decir; como si estuviera pleno, como si el sol y el paisaje para él, le fueran suficientes.

Pero hay lugares, zonas, en donde el mar está más vivo, más agitado, más despierto. Pareciera que en estos lugares estuviera el límite, en donde habla.

Volvía de mis recuerdos, de mis pensamientos, y miraba como las gaviotas volaban al ras de las olas. Algunas forman como la cabeza de una flecha, como si trataran de perforar al cielo; si cielo consideramos a todo lo que está sobre nosotros, arriba de nosotros. El fondo por donde ellas volaban estaba azul. Era como una flecha flexible, una flecha cuyos cantos se contorsionaban, se flexibilizaban al son de las olas del mar.

A mis pies, los agujeritos que hacen las almejas. Esas valvas protegidas, que siempre están en todas las orillas. No ven, no oyen; pero cómo se sumergen en la arena, como nosotros en el agua. Sólo dejan burbujas como huella, como seña por donde de chico escarbaba y algunas de las ellas lograba capturar, y las ponía en un balde. ¡Qué ricas eran las Machas a la Parmesana! que preparaba Mamá.

Siempre hacía así, caminaba algunos minutos, a veces hasta horas durante la mañana, muy temprano. Luego me sacaba la remera y me zambullía en las aguas de un mar, que por la mañana estaba más caliente que el aire. Me gusta nadar en el mar, me siento como suspendido, tal vez nos recuerda nuestro tiempo temprano, nuestro primeros tiempos, cuando vivíamos en el mar. Aunque fue hace tiempo ya, nuestros genes lo deben recordar.

Nadaba paralelamente a la orilla, nunca he confiado en el mar, ni en mi capacidad de nadador. Le he tenido mucho respeto, no tanto por lo que me contaron, sino porque al nadar me siento como un minúsculo elemento, y siento su majestuosidad, su inmensidad. Un kilómetro pare él no es nada, para mi puede ser la muerte.

Las comparaciones siempre las he hecho así. Me basta mirarlo, contemplarlo, desde lejos. Sobre una embarcación, me da temor. Es como si el mar estuviera contenido, agarrado de las orillas, atado a ellas, y no pudiese salir. Yo pude vivir, existir porque me mantengo a una distancia prudencial.

Nací en un lugar alejado del mar, por esto tal vez la distancia es nuestra mejor relación. Sin embargo, su presencia me subyuga, me atrapa, me hace soñar; como con aquellas amadas; como con aquella mujer que todavía tenemos presente en nuestro corazón.

Siempre he pensado que nuestra alma es como el mar. Profunda, misteriosa, de la cual sabemos poco. Pero una vez que la pudimos sentir, ver, contemplar no la dejaremos más. Los dos son melancolía pura. Ellos guardan los tesoros de nuestro pasado, de lo que fuimos y a lo que volveremos.

Los dos nos hacen soñar, nos llevan a lugares invisibles en donde nuestros sueños parecen realidad, y en donde nuestra realidad parece un sueño.

Es el mismo mar en todas partes. Es como si el agua tuviera recuerdos, formas de relacionarse con los demás. Formas semejantes que habitan el alma del hombre. Tal vez es el origen. Un solo origen. Un solo lugar común, en donde y desde donde salieron los dos.

El pensamiento y aún la razón son orillas por donde estos dos mares se reconocen, se piensan, se sienten y conviven.

El yo como orilla, como filete por donde transitamos; sendero de cabras, camino angosto, desde donde nuestros sueños y temores se despiertan, y vuelven a quedar quietos, dormidos.

Todo un paisaje el escuchar la Tocata y Fuga de Bach. Como si estuviéramos corriendo sobre una playa en donde cae la tormenta; desnudos, sin rumbo, sin destino. Solo el viento y las nubes como cielo, y la tormenta en nosotros, sobre nosotros.

Como si el mar se hubiera elevado y nos quisiera atrapar, nos quisiera hacer volver a nuestra morada original.

Pero he ahí que somos los que han resistido, los que ya maduros abandonaron el hogar materno, paterno. Esa morada que nos cobijó por mucho tiempo; y ahora aparentemente maduros, hemos emprendido otro camino. ¡Algún día dejaremos también nuestro presente hogar, nuestro mundo rodeado de atmósfera, aire, agua y tierra, y viajaremos por otras moradas!

Nos atreveremos a viajar por otras moradas?

Karigüe