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domingo, 17 de mayo de 2009

Reflexiones Celebres - Raúl Ballbé

En un honor para mi poder publicar en este medio un adelanto del libro del Dr Raúl Ballbé que aún no ha sido publicado.
Karigüe


Anticipos del libro:

"EL ESPACIO CERRADO DE LO ARTIFICIAL""


II


LA DESERCIÓN DE LA INDIVIDUALIDAD O ¿PARA QUÉ INDIVIDUOS?.

El yo es una posibilidad que se realiza, pero, fundamentalmente, el ser que soy sin que medie libertad alguna y que en cada querer, en cada acción tiene el poder de revelársenos independientemente de lo que hagamos. Desde el punto de vista fenomenológico, el yo se manifiesta de un modo inmediato, sin la mediación de representación alguna: yo mismo siento que soy. Además, “yo” quiere decir que soy alguien y una posibilidad humana. Por ejemplo, cuando Heidegger dice que el Dasein tiene el carácter de la Jemeinigkeit, sostiene que en cada uno radica la propiedad inefable de ser singular. Sin embargo la cuestión ontológica y trascendental de la individualidad no será tratada aquí, pues nos limitaremos a describir e intentaremos comprender algunos problemas inherentes a la crisis del ser humano como individuo, gravísima, puesto que en la individualidad reside el ser del ser hombre(1).
Aunque el hombre ha sido fragmentado en un subproducto que procede, por un lado, de la investigación científica zoológica-psicológica-sociológica-cibernética y, por otro, de lo imaginario, proveniente de los más antiguos mitos, de la teología, de la metafísica, de la jurisprudencia y de la psicología fantástica o meta psicología, es inevitable tomar contacto con estas disciplinas para abordar la individualidad desde una perspectiva antropológica.
No obstante podemos afirmar que la individualidad está naturalmente establecida en el hombre ya que éste, sin la tutela de los instintos debe, a diferencia de los animales, arriesgarse a tomar decisiones en cada inédita situación y esforzarse para lograr un conocimiento del mundo que le permita obrar adecuadamente. Esta compleja industria remite a cada cual a su propia razón, a sí mismo, a su peculiar experiencia mundana, y convierte al ser humano en el ser más individualizado de todos.
Sin embargo, al poder de la razón se contrapone otra potestad que se manifiesta en las tradiciones del pensar, sentir y actuar, venidas de antiguo, cuidadas por la comunidad y a las que el hombre pertenece más profunda y originariamente. Por este motivo, la autonomía que el individuo alcanzó por medio del empleo de su razón estuvo sometida, en las primeras culturas, a un orden establecido por la tradición.
Fueron ante todo los griegos quienes osaron multitudinariamente vivir desde la razón, con la que creyeron poder descubrir la verdad y fundar los valores. Apoyados decididamente en ella con la fe de los iniciados, disolvieron las tradiciones, fortalecieron la razón individual e intensificaron históricamente, sin contradicción aparente alguna, lo ya potencialmente dado, pero sin olvidar que la razón no es un don innato, primitivo y persistente, sino una adquisición compleja y frágil.
Por individualidad no sólo entendemos la peculiar manifestación del ser natural propio y cambiante del individuo y su personal manifestación sino también aquello que el individuo llega a ser cuando, por medio de su razón, logra descubrir una verdad general o norma que lo rebasa y lo eleva al constituirse en el inventor de una vida práctica superior que, al ser ejercida conforme a sus reglas, promueve una destreza adquirida, un uso continuado, una costumbre. De este modo surge, de la concreta individualidad, con su fortuito talento y disposición, la individualidad en sentido prominente y abstracto que erige, frente al individuo concreto, una nueva legitimidad, precursora de un orden total cuyas exigencias apuntan al futuro, mediadora de lo general, común y colectivo, es decir, de lo no individual, lo cual nos plantea una aparente paradoja. Sin embargo, el individuo se elevará con sólo afirmar y ejecutar una ley objetiva pues en ese enfrentarse se encontrará a sí mismo y, al identificarse con lo que enfrenta, llegará a ser único e insustituible incorporando lo aparentemente ajeno y extraño: mientras se encamina esforzada y libremente hacia lo general y necesario, cobra realidad y se perfecciona a sí mismo.
Con el despertar de la individualidad mediante la razón se levanta un límite doble ya que toda verdad descubierta compromete a todos los hombres de la misma manera. Cuando el individuo confía más en su razón que en la tradición, a la que opone la verdad por él mismo hallada, denota su individualidad. Pero en virtud de que la razón le exige someterse a la verdad alcanzada, del mismo modo que se inclinaba ante la tradición, de manera que la heteronomía es inevitable para individuo. Debe reconocer la verdad que, como señaló Aristóteles, obliga y de la que nadie puede evadirse sino traicionando su propia consciencia. Por eso la razón atenúa a la individualidad, a la que por un lado llama y por el otro limita. La razón, cuando en todos alcanza el mismo nivel de verdad –si entendemos por ésta la conformidad de las cosas con el concepto que de ellas se tiene-, establece, según la distinción de Simmel, el individualismo cuantitativo, pero no el cualitativo. Si bien Aristóteles da al individuo el telos en sí mismo, la libertad del propio libre albedrío queda limitada por el poder del Estado que tiene el criterio de la altura en la ‘buena vida’ de sus ciudadanos, y no reconoce un ideal que atienda las diferentes propiedades de unos y otros. Así como para la religión bíblica todos los hombres son iguales ante Dios, para la filosofía griega lo son ante la razón (2).
Si bien la personalidad en su singularidad se desarrolló naturalmente en la cultura de la razón, fue más intensamente y propiamente cultivada –desde el Renacimiento al siglo XVIII- por la cultura del sentimiento. Podría argumentarse que si bien hay sentimientos auténticos y falsos, el sentimiento en tanto tal, comparado con la razón, queda en cierto modo indeterminado frente a la razón que va en busca de la verdad. Es más subjetivo, puede variar más libremente y no ser tan inmutablemente objetivo como expresión de la persona. Cuando, por lo contrario, como sucede en épocas ilustradas y racionalistas se sobrevalora la objetividad y al sentimiento se lo ahuyenta como algo de uso exclusivamente privado, poco confiable, también el valor de la personalidad vuelve a debilitarse pues se pasa por alto que la subjetividad es la garantía de toda objetividad posible. En verdad, se han confundido los diversos sentimientos y las variadas tonalidades afectivas y todas sus denominaciones, a las que se dirige la conciencia intencional, con la pasividad e inmanencia absoluta del sentir que manifiesta la vida misma en el plano trascendental, es decir, en su esencia más remota. El videor –sentir, parecer- del comienzo ha sido finalmente olvidado por el videre –pensar- del cartesianismo ulterior.
El segundo límite que pone la razón a la individualidad resulta de motivos diferentes y bien fundados. Así como debemos someternos a la verdad, también tenemos que subordinarnos a la razón ajena cuando se entiende mejor con la verdad que la nuestra pues, según Sócrates, el ignorante debe cederle el timón de sus pensamientos al que más sabe, lo que conduce, como en Platón, a ponerle serios reparos a la democracia. Paradójicamente, la razón, que permite a los hombres ser mayores de edad y funda la democracia, produce, por otra parte, una nueva aristocracia en la cual sólo los especialistas son tenidos en cuenta.
La distancia entre la más encumbrada y la más llana razón ha aumentado todavía más desde que las ciencias dominan progresivamente y se adueñan de todos los ámbitos de la vida y del ente. Actualmente va desapareciendo la posibilidad del encuentro personal con el hombre sabio pues el individuo sólo se topa con la ciencia, es decir, con grupos de investigación, computadoras y máquinas de todo género. No sólo el ignorante sino el individuo en general, con su propia razón, deben capitular ante esta mega-razón organizada supraindividualmente y matemáticamente perfeccionada. Tan sólo allí, donde él mismo a lo sumo representa una ínfima rueda en el gran engranaje de la razón, ¿qué se le podrá aún preguntar acerca de los resultados de su propia razón?
Antes, quien representaba algo en un ámbito, también cultivaba otras disciplinas y actividades relacionadas entre sí. Mientras entonces no se conocía ninguna instancia más elevada que la relevante razón del individuo, hoy contactan la razón sobresaliente y la mediocre, ambas diletantes, meras aficionadas que se deben inclinar ante la razón especializada y desarrollada por y para la investigación. La de los individuos sólo tiene aún validez para el uso doméstico y fuera de allí de nada sirve.
La razón, que ha hecho al hombre más poderoso frente a las tradiciones lo ha debilitado al excluirlo como sujeto de la razón que es hoy un anónimo devenir. El individuo, respecto al logro de los más recientes conocimientos y a la busca de la verdad, ya no está más en los puestos de avanzada, ya no puede ser moderno. Debe comportarse con la gran razón como lo hacía antiguamente frente a las poderosas protoformas de las tradiciones: sólo de modo reactivo, pilotado exteriormente. Y no sólo con ella, sino igualmente con nuestras actuales formas de vida, con la totalidad del aparato técnico y social, sin intervención alguna de la reflexión, con lo cual el paralelismo con la tradición se hace más patente. Puesto que esta estructura es para todos lo mismo, los individuos llegarán a ser mediante la preponderante receptividad iguales entre sí, aptos para la calculada espera del engranaje que ha de someterlos a su servicio y al régimen de consumo que requiere de todos el mismo comportamiento. Después que la técnica logró liberar al individuo de pesadas cargas se ha transformado, en su segunda y dominante fase, en un poder anti-individualista. Desde que a la individualidad se le ha quitado su fuerte deseo de humanidad, su creatividad para erigir lo original en el mundo, proyectar un futuro y esperar que sus pensamientos cobrasen realidad y se la ha reducido a algo privado, a algo vano, el nivel de decrecimiento es estilizado como sustituto de la auténtica individualidad. La civilización del reflejo ha sustituido a la cultura de la reflexión.
El hombre se mueve en razón de un conocimiento de corto alcance en un todo que ya no comprende. De este modo ha comenzado un nuevo primitivismo que se manifiesta, por ejemplo, en la reivindicación no sólo a favor de una relación recíproca entre teoría y práctica, sino de su unidad en surrealistas acciones inmediatas, en la acción directa que se proyecta en la negación constituida por una nueva objetividad relevada de intereses genuinos y de responsabilidad. En ese retorno a lo primitivo los hombres llegan, efectivamente, a ser iguales entre sí. Este devenir iguales progresivo es todavía reforzado por una ideología igualitaria que no pretende ser sólo un correctivo de las diferencias que denuncia, sino que aspira a una igualdad total, al totalitarismo, cuyo conocido motor es la envidia, el resentimiento, que se delatan en el desconsiderado reemplazo de una virtud, el respeto, por el lecho de Procusto del igualitarismo.
Muchas veces se ha señalado el hecho de que en nuestro tiempo la individualidad cambie su importancia relativa. Una descripción de la moderna atrofia de la individualidad ya la anuncia Musil en el título de su novela. Las fuerzas colectivas fueron liquidando irremediablemente a la individualidad; pero no hubiesen tenido tanto éxito si ésta no hubiese perdido su apoyo desde dentro como ocurre en política cuando pueblos marginales se abalanzan sobre un imperio que muestra signos de debilidad.
A partir del Siglo XIX el hombre aparece marcado enteramente, hasta en lo más íntimo y profundo, por lo biológico, por su inconsciente, por la clase, el medio y por la sociedad. Aún cuando parece ser él mismo en sus sentimientos religiosos, morales y estéticos oímos que tan sólo refleja lo que es más grande y poderoso que él. Aún donde el individuo lucha contra la sociedad que lo rodea, está socialmente condicionado. Autonomía, libertad del individuo eran mera ilusión, tan sólo delirio.
Se entrevé que si no se puede ser un individuo, tampoco se lo quiere ser más. Para los modernos colectivistas la individualidad era un falso ideal y como el individuo no es objetivamente más que un miembro de la sociedad, su intención no debe dirigirse hacia ninguna otra meta y su acción debe limitarse a la sociedad, por el interés de la sociedad y para sus fines. Esta inédita concepción del hombre implica un nuevo fin. En lugar de individuos entran en escena colectivos. Surgen eventualmente equipos de disertantes entre cuyos miembros ya no es posible saber cuál es la contribución de cada uno y hasta la palabra ‘colaboradores’ resulta discriminatoria.
Entre la sociedad y el individuo hay una antigua lucha en curso. Para subsistir como totalidad, la sociedad limita por medio de normas estrictas el espacio del individuo quien por su parte, paso a paso, trata de ampliarlo. Hoy en día parece que la sociedad ha vencido en esta lucha pues la presión que ejerce sobre el individuo por medio de modelos y prohibiciones ha disminuido con respecto a otras épocas, lo cual prueba que lo sabe manejar con tanta firmeza por fuera como por dentro que no necesita de ninguna manera enfrentarlo: el propio individuo ha perdido la fe en sí mismo y se rinde. Bajo las veladas palabras de la emancipación, del antiautoritarismo y contrarias a la represión el individuo es en verdad sepultado. Sólo se debe emancipar de la sociedad anterior, de la que hubo hasta ahora, para entregarse ciegamente a la nueva. Es el conocido tema de la lucha contra el pasado.
La construcción de una esfera personal, la reflexión en la propia existencia, las vivencias religiosas y estéticas, la formación histórica, la propia visión del mundo, las valoraciones y todo aquello en lo que el individuo se expresa, encuentra y amplía desde sí mismo, es difamada como ‘huída en lo privado’. Los únicos derechos que conserva no deben trascender el marco de lo social pues son conforme a la sociedad y exclusivamente para ella, cuestión que se exacerba en las revoluciones –o en las que pretenden serlo- pues es traición adherirse y atender a los ‘valores de la interioridad’, porque sirven, con intención o sin ella, a la ‘afirmación’ de lo existente, dejarlo todo según estaba, cuando la misión impuesta consiste en cambiarlo todo. Cuando la burguesía abandonó el suelo que posibilitó el despliegue del individuo, la individualidad comenzó a ser rechazada como un tipo humano condicionado, temporalmente, por una agonizante época de la historia. Un síntoma de este cambio de valoración se manifiesta desde hace varios lustros en los jóvenes estudiantes universitarios y profesionales: el desinterés por asumir la propia individualidad concuerda con el desconocimiento de las grandes individualidades de nuestra cultura.
En tiempos de la Revolución Francesa, pese al problemático equilibrio entre libertad, igualdad y fraternidad y la no menos dudosa genealogía de la igualdad, ésta era, como sus otras hermanas, una idea ética. Se postulaba la igualdad ante la ley de los derechos que el hombre, como tal poseía y se superaba toda contradicción con la libertad. La igualdad que hoy se reivindica y se vislumbra en el futuro es bien distinta pues más que un ideal es un medio cuyo fin consiste, en cuanto quepa la posibilidad, en suprimir toda desigualdad entre los hombres, es decir, alcanzar una igualdad substancial. La igualdad reclamada por la Revolución Francesa aspiraba a un individualismo cuantitativo que dejaba espacio vital para el cualitativo, mientras que la idea actual ambiciona la extinción del individuo cualitativo. A partir de un cierto grado de igualdad surge una incompatibilidad entre igualdad y libertad. Tras haber recorrido, luchado e inspirado juntas un trayecto de la historia, vemos momentos críticos en que la humanidad está dispuesta a sacrificar la libertad para lograr más igualdad.
Si bien la igualdad es una idea ética, también hay otros orígenes de la exigencia de igualdad. Por ejemplo, la persona subcortical se siente muy a gusto en una sociedad primitiva igualitaria. El pretexto, un autoengaño seductor y convincente que supone que se puede corregir la alienación del individuo a partir del fraternal tú, apunta en verdad –y entre otros motivos- contra la originaria disposición antropológica a la individuación, que está siempre unida a la realización de tareas, a la responsabilidad, a la soledad, al sufrimiento, a la comunicación existencial y a la alegría de la acción. La exigencia de igualdad tiene una de sus raíces en la rebelión eudemonista contra el peso de la existencia.
También una parte no dominada de la persona cortical envidia no sólo ventajas visibles y méritos personales sino la mera existencia del otro. La envidia aumenta con la igualdad: “El alfarero envidia al alfarero” dice Aristóteles citando a Hesíodo y al desacreditarse el principio jerárquico como tal -por ejemplo, en el feudalismo, el capitalismo, y el racismo- también deben allanarse paratácticamente las jerarquías legítimas argumentando que podrían ser utilizadas en forma de privilegios o sólo porque ofenden la ideología igualitaria. El individuo fenece por la culpabilidad de ser porque se puede simplemente no querer que el otro sea y tenga lo que uno ni es ni tiene por la sencilla razón de ser otro. El diabólico principio igualitario de la envidia está bien descrito en el Billy Budd de Herman Melville.
Según Jung las ideas son como las almas y también llevan consigo a su oscuro hermano que, de tanto en tanto, asume el poder. Pasan por épocas de grandeza, de decadencia y después de haber triunfado, vueltas inactuales pretenden, desconformes, ser siempre jóvenes. Puesto que ya han perdido su mejor estado como atletas fuera de competencia, grotescamente maquilladas, se ponen monstruosas y ridículas. Todo fracaso pretende justificarse y cae en la exageración: el amor no correspondido se vuelve apasionado; la fe refutada, militante y misionaria; el que no tiene razón es además descarado; y la idea inoportuna, deviene mueca.
En una sociedad constituida por individuos, cada existente debe encontrar un equilibrio entre el cumplimiento de la ley y lo por sí mismo querido en su fuero íntimo. Debe respetar, en el trato con el otro su particularidad y tener en cuenta la propia frente a él. Esa difícil pero esclarecedora y creciente comunicación con el otro se despliega en el sentido de exigir a cada uno ser auténticamente sí mismo en relación con sus semejantes y rechazar la presión de la conducta conformista que caracteriza al enjambre humano.
Desde el momento en que la individualidad deja de ser una meta de vida, el hombre se desinteresa de su historicidad. La historia ha dejado de interesar porque resalta otras posibilidades vitales y la fe en el sentido de la vida, frente a la angustia latente ante el absurdo. A partir del momento en que a los demás no se les concede su esencial otredad tampoco el género biográfico, el epistolar y el diario ejercen ya ninguna atracción. La concepción histórica del hombre ha sido reemplazada por la estructuralista: una sintaxis elemental predada inconscientemente a todos los hombres en común, en colectivo, determina al individuo hasta en lo aparentemente creador. Esa sintaxis y no el individuo engendran la historia que, en forma combinatoria, ya está preparada por encima de su meta-nivel por los patrones en ella actuantes. Mientras el hombre cree actuar plenifica, sin reflejarlo, sólo esos patrones; ejecuta, como ya sostenía Durkheim, un a priori social. El hombre que como centro de iniciativas fue un redescubrimiento del siglo XVIII parece haber dejado de existir, pues las ciencias humanas sólo pueden surgir cuando el mito del hombre se ha disuelto. Con respecto al aporte de las ciencias naturales al estudio del hombre, la actual fascinación popular por la genética y por la imaginería cerebral, merece un capítulo a parte.
Cuando la lucha por la igualdad se dirigía contra las capas sociales privilegiadas las sometidas conseguían igualdad legal, política y una mejor situación económica. En esas luchas que redundaron en grandes ventajas para toda una parte de un pueblo permaneció el individuo aún inadvertido respecto de su otredad. Por lo contrario, tan pronto como las clases más antiguas convergieron hacia un punto medio, en un centro, esa otredad se volvió una existencia visible, tangible y motivo de conflictos. Odio y furia comenzaron a descargarse contra el individuo. La sociedad como un todo se alió para apoderarse de su espacio libre y de sus posibilidades de acción. Hasta las minorías perseguidas desde antiguo gozaron de relativa tranquilidad a partir del momento en que el individuo fue descubierto como un nuevo objeto de persecución, generalmente, de una sutil persecución.
Sin embargo Marx manifestó en sus escritos económico-filosóficos su oposición a lo que llamó comunismo grosero –‘rohen’- ‘que en todas partes negaba la personalidad de los hombres’, a ‘la envidia constituida como poder’, al ‘afán de nivelación’, a la ‘negación de la totalidad del mundo de la formación, de la cultura, de la civilización’ y sostuvo que la igualdad del derecho reconoce ‘el desigual talento individual y la capacidad como un privilegio natural’ (Crítica del Programa de Gotha). El trabajo debe tener como fin propio ‘la libre manifestación de la vida’ y por eso Marx, con Schiller y Humboldt está del lado del individuo, ya que ‘la totalidad ideal de la sociedad es para sí’ y jamás debe ser subordinada a cualquier tipo de estatismo. Sus nobles ideales, lamentablemente, comparten una notable torpeza psicológica(3) porque tras ellos opera una “teoría científica” que finalmente puso en marcha un genocidio incomparable y único por su justificación teórica.
Mientras la Ilustración mantuvo viva su herencia emancipadora se consiguió elevar el nivel de vida de la totalidad de la sociedad y se logró que la mayoría pudiese participar de una cultura personal. Los grandes educadores todavía no habían sido desplazados por los tecnócratas de la pedagogía. En cambio, los populismos seudo democráticos del presente, para crear la ilusión de que todos pueden participar del mismo nivel, no hacen otra cosa que rebajarlo. No se aspira a un ideal de lo que el hombre debe ser sino a un igualitarismo que lo sacrifica de antemano pues antes de que sólo unos pocos puedan realizarlo, a nadie debe serle permitido llevarlo a cabo. A partir de una justicia mal entendida, para no frustrar a nadie, uno debe conformarse con la disminución del nivel humano e intelectual y avenirse a la barbarie. El seudo socialismo, como segunda fase del socialismo, le quita a la humanidad lo más valioso, la libertad, cuando todos son sospechados y vigilados. Salvo a aquellos que se las arreglan, como sabemos, para no ser sospechados ni vigilados(4). Estos privilegiados del sistema se caracterizan por rebelarse contra la razón, contra toda verdad que la razón pueda descubrirles, contra la tradición –aunque se manifiesten fanáticos del tradicionalismo-, no soportan autoridad alguna –aunque se someten servilmente a sus ídolos-, cada uno quisiera ser él mismo y ningún otro –pese a vivir de un yo prestado; reivindican una libertad absoluta que los libere de toda sujeción y dependencia –aunque sean totalmente incapaces de valerse por sí mismos. Por este camino llegarán, finalmente, a no ser nadie porque nunca fueron nada, pero viven con la felicidad que da la ilusión y que niega el saber.
Puesto que la individualidad atrae por su valor, además de satisfacer la natural tendencia a expresarse y elevarse, los ideales de igualdad e individualidad habrán de encontrar entre sí, librados a su curso, un modus vivendi. Pero si la mejor sociedad bien puede limar las asperezas que los crecientes problemas económicos e interpersonales pesan sobre los individuos, sin embargo le es imposible establecer una armonía total libre de conflictos. No debe amputarle al individuo ni la capacidad de decisión ni la responsabilidad. La totalidad creadora le deja al individuo su propia formación; libre, ante todo, para ser sí mismo y lo remite, después que la tarea histórica ya no urge tanto, a su quehacer más difícil, interior, que es la misión propiamente humana: emprender su propio camino. Porque cuanto más justas y equitativas son las relaciones existentes, tanto menos deben dar vueltas sus pensamientos en torno a posibles modificaciones en el ámbito de la ingeniería social. A los individuos dedicados a lo que les es propio no se les sustraen las fuerzas de que disponen con legítimo derecho, bajo amenaza de criminal traición a la causa de turno, habitual en las revoluciones. Cada vez que se logra una sociedad justa acorde con los tiempos vuelven los valores y virtudes ya descubiertos por la burguesía, aunque se presenten con nuevos nombres. Los grandes pensadores, escritores y poetas vuelven a encontrar sus lectores y comentaristas, la gran música se escucha nuevamente y el individuo dispone así, para sus capacidades e inclinaciones, de un renovado interés que aboga por lo esencialmente personal. Al trascender la revolución es posible recuperar la parte de la herencia cultural, esto es, una forma de vida que se apoya en la disciplina del pensamiento, se ejerce en el ámbito de un conocimiento ordenado y cuyo contenido es la comprensión de las formas del pasado, la apropiación de evidencias apodícticas, el conocimiento de lo real y la familiaridad con las lenguas.
Pero en la actualidad el ideal igualitario llega por momentos a ser la doctrina exclusiva de los dirigentes políticos que tienen siempre a mano para eliminar toda teoría adversa. Es así que la mediocridad que participa en toda empresa y organización democrática mal entendida produce nueva mediocridad como ocurre con la enseñanza obligatoria que se halla en tan bajo nivel que los alumnos mejor dotados maldecirán como un suplicio la omisión permanente de formación y conocimientos, sustituida por la inundación ideológica que va quitando fuerzas y destruyendo las esperanzas de un desarrollo personal.
Las alabadas reformas superadoras del sistema son puestas al servicio del establecimiento de un nuevo sistema –el de la disolución de la individualidad- que debe ser luego blindado contra toda reforma posible. El desarrollo que elevó al hombre, hasta entonces dependiente, carente de iniciativa, a la posición de un individuo políticamente libre a la democracia, hoy en día, la ‘democratización negativa’ (Mannheim) se dispone a estrangular al individuo en el cual ve aún un principio aristocrático intolerable. Este proceso es la consecuencia de un equívoco que conviene aclarar: la injustificable devaluación del pensamiento interrogativo que se opone, en último término, a todo cuanto se presenta como aserción, memoria, relato, enunciado, proposición o, como se dice en inglés, statement, es decir, a cuanto se presenta como afirmación sin réplica(5).
Si bien antes de los griegos el individuo no había sido aún descubierto en su pleno sentido todo parece indicar que actualmente impera una tendencia a eliminarlo de la sociedad y una propensión a desertar de la individualidad. Jaspers pudo aún creer que en el tiempo-eje se les confirió a los hombres, por primera vez, un carácter más íntimo, un sentido a su vida y un nuevo punto de partida a toda la humanidad posterior(6).
En la actualidad, por lo contrario, se juzga al tiempo-eje y cuanto derivó de él, como un engaño, un extravío de la humanidad que al concederle más espacio y libertad a los individuos los separó de la sociedad en vez de fundirlos en ella. Los tres milenios del apogeo de la individualidad que ya han pasado ¿fueron sólo el preludio de un futuro sin-más-individuos? Si nos percatamos de esta tendencia real y palpable podremos sobreponernos a esta adversidad y, aunque el individuo del futuro ha de ser otro, esperemos que pueda comprender a esos tipos humanos que como Leonardo, Cervantes o Goethe sobresalieron en el medio milenio que llamamos época burguesa y produjeron la cultura más fértil que hemos conocido, nutrida por la fuerza y el coraje de asumir auténticamente esa libertad que parece resultarle al hombre actual tan incómoda.


Dr. Raúl Ballbé


(1)Cf. Ballbé, R.: Vida, tiempo y libertad, Lumen, Bs. As. 2001.

(2)Cf. M. Landmann: Das Ende des Individuums, Klett, Stuttgart, 1971.

(3)Cf. Henry, M.: Du communisme au capitalisme, Odile Jacob, Paris, 1990.

(4)Cf. Schoeck, H.: Das Recht auf Ungleichheit, Herbig, Munich, 1988.

(5)Cf. Marcel, G. : L’homme problématique, p. 72. « Oponiéndome a quienes han intentado incluirme artificialmente entre los filósofos existencialistas, declaré que el término neo-socratismo me parece convenir mucho mejor a la marcha a veces trabucante que ha sido la mía desde la época en que comencé a pensar por mí mismo. El pensamiento interrogativo se opone en último término a todo lo que se presenta como aserción, memoria, relato, enunciado, proposición o, como se dice en inglés, como statement. A cuanto se presenta como afirmación sin réplica.” Aubier, Paris, 1955.

(6)Cf. Jaspers, K.: Origen y meta de la Historia, trad. F. Vela, Revista de Occidente, Madrid, 1953.

viernes, 31 de octubre de 2008

Reflexión sobre la Poesía II

Edgar Allan Poe

La Poesía lírica como la recreación rítmica de la Belleza.
Su único árbitro es el Gusto. Con el intelecto o con la Conciencia tiene únicamente colaterales relaciones. C0mo no sean incidentalmente, no se relaciona de modo alguno con el Deber, o con la Verdad.
Unas palabras, sin embargo, de explicación. Aquel deleite que es a un tiempo el más puro, elevado e intenso de los deleites, proviene, afirmo yo, de la contemplación de lo bello. Únicamente en la contemplación de lo bello creemos posible alcanzar aquella suprema elevación o exaltación del espíritu, que reconocemos comos Sentimiento poético, y que tan fácilmente se distingue de la Verdad, que es la satisfacción de la razón, o de Pasión, que es el excitante del corazón. Hago por consiguiente, de lo bello, usando la palabras como sinónima de lo sublime, el dominio propio del poema, simplemente por que es una evidente regla del Arte que los efectos emanen tan directamente como sea posible de sus causas: nadie hasta ahora ha dejando de reconocer que la peculiar elevación de que se trata es más fácilmente asequible en el poema.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Reflexión sobre la Poesía

Edgar Allan Poe

Dividiendo la esfera de la mente en sus tres manifestaciones más definidas, tenemos el Intelecto puro, el Gusto, y el Sentimiento moral. Sitúo el gusto en el medio, porque es precisamente ésta la posición que ocupa en la mente. El Gusto mantiene intimas relaciones con ambos extremos; pero del Sentido moral los separa una diferencia tan leve que Aristóteles son vaciló en clasificar algunas de sus operaciones entre las mismas virtudes. Con todo, encontramos las funciones de cada uno delimitadas con suficiente precisión. Exactamente como el Intelecto se preocupa de la Verdad, así también el Gusto nos informa de la Belleza, al paso que el Sentido moral sugiere la noción del Deber. Acerca de esto último, observamos que mientras la Conciencia nos nuestra la obligación, y la Razón la utilidad que de ella se deriva, el Gusto se contenta con desplegar sus hechizos, siempre en guerra contra el Vicio, basándose únicamente en su deformidad, su desproporción, su animosidad hacia lo que es digno y adecuado y armónico, en una palabra, hacia la Belleza.
El sentido de la Belleza es un instinto inmortal arraigado en el espíritu del hombre. A este sentimiento se debe a que nos deleitamos en la multitud de formas y sonidos y fragancias y sentimientos, entre los cuales nos novemos. Y exactamente como el Lirio es reflejado en el lago, o los ojos de Amarilis en el espejo, así también la simple repetición oral o escrita de aquellas formas y sonidos y colores y fragancias y sentimientos, constituyen un duplicado manantial de goce. Pero la poesía no consiste en una mera repetición. Aquel que simplemente lleva a cabo, aun con el mayor entusiasmo o siquiera con vehemencia, una descripción fiel de las perspectivas y sonidos y fragancia y colores y sentimientos, que comparten en común con el género humano, ése, digo yo, habrá fallado, no obstante, la manera de probar su divino título. Hay todavía un cosa que él no ha sido capaz de alcanzar. Nosotros experimentamos siempre un sed inextinguible, y él nos ha mostrado la cristalinas fuentes donde mitigarla. Me refiero a nuestra sed de inmortalidad. Este afán es a la vez una consecuencia y un testimonio de nuestra perdurable existencia. Es el mismo anhelo que siente la polilla por al estrella. No es el mero deseo de contemplar la Belleza entre nosotros, sino el loco empeño por alcanzarla en lo alto. Inspirados en una estática presciencia de los esplendores del más allá, forjamos multitud de combinaciones con las cosas y pensamientos temporales a fin de alcanzar una brizna de aquella sublimidad cuyos verdaderos elementos pertenecen quizás únicamente a la eternidad. Y así, cuando bajo el influjo de la poesía o de la música – el mas arrebatador de los instrumentos poéticos -, nos deshacemos en llanto, lloramos entonces no, como el Abate Gravina supone, por exceso de goce, sino por una especie de amargura, fruto de nuestra impaciencia y petulancia, ante nuestra incapacidad de cautivar desde ahora, por entero, aquí en la Tierra, y de una vez para siempre, aquel júbilo divino y arrebatador de que a través del poema o a través de la música nos sentimos penetrados sólo por un breve e impreciso momento.

lunes, 19 de mayo de 2008

Reflexiones Celebres - Raúl Ballbé

En un honor para mi poder publicar en este medio un adelanto del libro del Dr Raúl Ballbé que aún no ha sido publicado.
Karigüe



Anticipos del libro:

"EL ESPACIO CERRADO DE LO ARTIFICIAL""


Sobre el sentido común.
Lo que denominamos, en sentido amplio, mundo burgués, poseía una coherencia y unidad que el actual ha perdido. Por eso ya nos resulta difícil comprenderlo. Trataremos, breve y parcialmente, de averiguar por qué, indagando en las vicisitudes del sentido común. El sentido común se ha presentado frecuentemente como el arsenal de la mediocridad, un depósito abarrotado de evidencias, de lugares comunes y de todo lo que no merece ser dicho, acumulados por quienes unen a la incapacidad de reflexionar por sí mismos la pretensión que esta incapacidad comporta frecuentemente como contrapartida. Sin embargo, la experiencia nos enseña que si bien el filósofo no debe esforzarse en ponerse de acuerdo con el sentido común, es recomendable inspirarse en él. Pero debemos recordar que en nuestra juventud y, sobre todo, en la de nuestros padres, antes de la guerra del 14, se hacían las más fantásticas ilusiones sobre la solidez y resistencia del sentido común, mientras que nuestra generación, aún terminadas las grandes guerras, lo creíamos a prueba de todo y, por esta razón, parecía indigno de interés y, aún, sospechoso. Podíamos depreciarlo como Flaubert desaira Charles Bovary comparándolo con la chatura de las aceras por las que transitan todos los lugares comunes. Lo mismo ocurría con ciertas ideas entonces corrientes sobre la justicia y sobre la libertad, porque teníamos la ingenuidad de creer que esas ideas sobre las cuales parecía sustentarse lo que podríamos llamar una democracia liberal, no podían seriamente ser cuestionadas. Pero en esas condiciones, esas ideas parecían impropias para estimular una reflexión cualquiera, mientras que los problemas religiosos o metafísicos, por las controversias mismas que suscitaban, no sólo entre los hombres sino en el interior de cada conciencia, me parecían muy dignas de la consideración de un filósofo y que consagrase a ellas toda la fuerza de su atención y la meditación de que fuera capaz. Uno podía apropiarse de las palabras, aún siendo adolescente, del viejo Goethe para quien toda cultura es una prisión cuyas rejas ofuscan a los transeúntes y el prisionero, el que se cultiva, choca contra sí mismo; pero el resultado de sus esfuerzos es una libertad bien ganada.

Pero después de esta época, de la cual nos separa un abismo, las perspectivas se han transformado completamente. En Miradas al mundo actual, Paul Valéry escribió que “los hombres de cierta edad que han conocido una época completamente distinta han admirado cosas que ya casi no se admiran. Han visto, vivientes, verdades que están casi muertas. Han especulado, en suma, sobre valores cuya baja o hundimiento es tan claro, manifiesto y ruinoso para sus esperanzas y sus creencias, que la baja o caída de títulos y monedas que, como todo el mundo, habían tenido antes por valores inquebrantables. Han asistido a la ruina de la confianza que tuvieron en el espíritu, confianza que fue para ellos el fundamento y, en cierto modo, el postulado de sus vidas” (1).

En verdad, se trata de algo más que de la confianza en el espíritu si nos detenemos a observar la comparación capital esbozada por Valéry en el pasaje citado entre los fenómenos morales y el fenómeno monetario o fiduciario.

Pero ante todo convendría definir lo mejor posible qué se entiende por sentido común. Pese a la conexión que liga ambas nociones, no habría que confundir el sentido común con el buen sentido, es decir, con la sensatez, de la que dispone el que tiene buen juicio, es prudente y cuerdo. Entendemos por sentido común la facultad, que la generalidad de las personas tiene, de juzgar razonablemente las cosas (D.R.A.E.). Por eso decimos que una idea o una persona son insensatas cuando se dicen o se hacen cosas carentes de sentido común.

El problema del sentido común excede los límites de la psicología. Los filósofos del sentido común, como un Reid, por ejemplo, no han sido esencialmente psicólogos y se comprende muy bien que en una época en que la psicología estaba sin duda mejor considerada que hoy, es decir, en la segunda mitad del siglo XIX, esos filósofos hayan sido considerados con profundo desdén. Por lo contrario es cierto que desde el punto de vista fenomenológico el pensamiento de esos filósofos recobra un interés y, hasta cierto punto, un valor positivo.

En estas condiciones, el problema que se aborda aquí no sólo consiste en preguntarse por qué ciertas disposiciones interiores han cambiado. Como en todas las cuestiones que tienen una verdadera importancia filosófica, la distinción entre interior y exterior, entre subjetivo y objetivo, debe ser rebasada. Por supuesto que hay que indagar por qué el buen sentido, el sentido común, han sido depuestos, en cierto modo, en nuestros tiempos, pues la frase liminar del Discurso del Método nos suena de una manera diferente de cómo lo hacía un siglo atrás. Pero lo que importa subrayar es que estamos en presencia de problemas que interesan, que importan a la ciencia del hombre en su conjunto, es decir, a la antropología filosófica, en la medida en que se refiere a una cierta visión del mundo: “Pues el sentido común es la cosa del mundo mejor compartida pues cada cual piensa estar tan bien provisto de él que aún quienes son los más difíciles de satisfacer en cualquier otra cosa no acostumbran desear tener más sentido común que el que tienen. En lo cual no es posible que todos se equivoquen; pero más bien esto atestigua que el poder de juzgar bien y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y es así como la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por caminos diversos y no consideramos las mismas cosas. Pues no es suficiente tener una buena mentalidad, sino que lo principal es aplicarlo bien. Los más grandes espíritus son capaces de los mayores vicios como de las más nobles virtudes, y los que sólo marchan muy lentamente pueden avanzar mucho más, si siguen siempre el camino recto, cosa que no hacen lo que corren y se apartan de él” (2).

Es necesario subrayar que no se trata aquí de refutar la identificación de la razón y del sentido común que es presentada por Descartes como obvia, sino que en el mundo humano actual, el sentido común ya no aparece más de manera evidente como la cosa del mundo mejor compartida y que, por otra parte, hemos perdido la confianza de Descartes en lo que hay que llamar, técnicamente, la univocidad de la razón. En un lenguaje más simple, esto quiere decir que la idea de la razón ha perdido para nosotros la simplicidad o la evidencia que asumía todavía en el siglo XVII. Esto depende de causas profundas que irán apareciendo más adelante, además de tener conciencia, por lo menos indistintamente, de no saber muy bien qué es la razón y por eso rechazaríamos identificarla con el sentido común. Lo que llama la atención es, justamente, que la mayoría de los intelectuales –incluidos los filósofos- aparecen en su mayoría despojados de sentido común y, en cambio, en la gente de condición modesta encontramos hoy a menudo esta cualidad tan preciosa que se llama sentido común. ¿A qué se debe esto? Probablemente al hecho que esas personas de condición muy modesta han mantenido un contacto inmediato no solamente con las cosas, sino con la vida. Las temibles ideas generales, de las que tenemos tantas razones para desconfiar no se han interpuesto entre ellos y la humilde realidad que es la suya. Cuando por azar tienen ideas, son siempre dignas de interés y de atención, porque emanan directamente de su experiencia. Si tienen sentido común, no concluiremos que no leen los periódicos, sino que experimentan aún por su diario habitual una desconfianza de buena ley, es decir, de perfectas condiciones morales y materiales. Podríamos acercar este sentido común más a la sabiduría que a la razón, pues es en el fondo algo así como un arte de vivir, aún si es incapaz expresarse en enunciados claramente inteligibles. Pero nosotros hemos pagado un alto precio por saber que en este terreno la razón es con frecuencia curiosamente impotente y que su impotencia sólo iguala sus pretensiones (3).

Bien entendido que esto exige ser matizado, puntualizado y de ningún modo debe despertar la sospecha de defender una filosofía de lo irracional. Pero lo que es ciertamente verdadero es que si la razón puede llegar a ser sabiduría, lo es sólo con la condición expresa que se mantenga en guardia respecto de sí misma, contra sus propios excesos y toda la cuestión consiste en saber si el principio de esta vigilancia indispensable reside en ella misma. Esta es una cuestión difícil de resolver porque vemos hoy mucho menos claro que nuestros ancestros en qué consiste la esencia de la razón. Pero lo que discernimos de seguro es que esta esencia de ningún modo reside en la facultad de razonar, la más peligrosa de
todas cuando se ejerce sin contrapeso y cuando dicha facultad está sostenida por cimientos empíricos insuficientes. Recordemos que el ser humano es fundamentalmente capaz de delirar, lo que estriba en el modo en que es el mundo para él que se le aparece con el carácter franco y abierto de su ser-ahí (4).

Entre todos los problemas tradicionales importa sobremanera el que surge de la razón y sus relaciones con la vida. Ciertamente no es sensato ni burlarse de un racionalismo de tipo clásico ni de una doctrina que pretendiendo oponer la razón a la vida, la declara incapaz de aplicarse a lo viviente sin desnaturalizarlo. Son visiones demasiado simples que es necesario rebasar.

Podríamos decir que en la época de Descartes y durante mucho tiempo después de él se mantuvo una cierta continuidad entre el mundo del sentido común y el mundo de la ciencia. Pero resulta manifiesto que en nuestros días esa continuidad se ha roto. En sus Palabras sobre el Progreso, de 1929, Valéry nos ha dejado esta admirable página: “Pero el curso del tiempo, o, si se quiere, el demonio de las combinaciones inesperadas (el que extrae y deduce de lo que es las consecuencias más sorprendentes con las cuales fabrica lo que será) se ha divertido en hacer una confusión del todo admirable con estas dos nociones exactamente opuestas. Sucede que lo maravilloso y lo positivo han contraído una asombrosa alianza y que estos viejos enemigos se han conjurado para comprometer nuestras existencias en una carrera indefinida de transformaciones y de sorpresas. Podemos decir que los hombres se acostumbran a considerar todo conocimiento como provisional, todo estado de su industria y de sus relaciones como provisoria. Esto es nuevo. La condición de la vida general debe tomar cada vez más en cuenta lo inesperado. El dominio de lo real ya no está demarcado con precisión. El lugar, el tiempo, la materia admiten libertades de las que antes no presentíamos. El rigor engendra ensueños. Los ensueños se corporizan. Ya sólo la ignorancia invoca el sentido común, cien veces confundido, escarnecido, por felices experiencias. El valor de la experiencia media ha descendido a cero. El hecho de que sean comúnmente admitidos los juicios y las opiniones, cosa que antes les daba una fuerza invencible, hoy los desprecia. Lo que fue creído por todos, siempre y en todas partes, no parece ya pesar gran cosa. A la especie de certidumbre que emanaba de la concordancia de los pareceres o de los testimonios de gran número de personas se opone la objetividad de los registros verificados e interpretados por un pequeño número de especialistas. Quizás el precio que se asignaba al consenso general (sobre el cual descansan nuestras costumbres y nuestras leyes civiles) no era sino efecto del placer que tienen la mayoría de los hombres cuando se sienten de acuerdo entre sí y semejantes a sus semejantes”(5).

Dr. Raúl Ballbé


(1)Valéry, P.: Variété (1924-1944), Gallimard, Paris.

(2)Descartes, R.: Discours de la Méthode, La Pléiade, Paris, 1954, p. 126 : « Le bon sens est la chose du monde la mieux partagée : car chacun pense en être si bien pourvu, que ceux mêmes qui sont les plus difficiles à contenter en toute autre chose n’ont point coutume d’en désirer plus qu’ils en ont. En quoi il n’est pas vraisemblable que tous se trompent ; mais plutôt cela témoigne que la puissance de bien juger et distinguer le vrai d’avec le faux, qui est proprement ce qu’on nomme le bon sens ou la raison, est naturellement égale en tous les hommes ; et ainsi que la diversité de nos opinions ne vient pas de ce que les uns sont plus raisonnables que les autres, mais seulement de ce que nous conduisons nos pensées par diverses voies, et ne considérons pas les mêmes choses. Car ce n’est pas assez d’avoir l’esprit bon, mis le principal este de l’appliquer bien. Les plus grandes âmes sont capables des plus grands vices aussi bien que des plus grandes vertus, et ceux qui ne marchent que fort lentement peuvent avancer beaucoup davantage, s’ils suivent toujours le droit chemin, que ne font ceux qui courent et que s’en éloignent ».

(3)Marcel, G.: Le crépuscule du sens commun, Plon, Paris, 1958, p. 170-179.

(4)En el sentido de Heidegger.

(5)Valéry, P. en Miradas al Mundo Actual, trad. J. Bianco, Losada, Buenos Aires, 1954, p. 133.

domingo, 18 de mayo de 2008

Reflexiones Celebres - Friedrich Nietzsche

Fragmentos de su libro:

"La filosofía en la época trágica de los Griegos""


Hay adversarios de la Filosofía; y es bueno escucharlos, sobre todo cuando provienen de los cerebros alemanes enfermos contra la metafísica y predican el cambio, la purificación por la física, como Goethe, o la salvación por la música, como Richard Wagner. Los médicos del pueblo reprueba la filosofía; por ende, el que quiera justificarla debe explicar por qué los pueblos sanos necesitan de la filosofía y la han cultivado. En caso de lograrlo, quizás los mismos enfermos puedan comprender por que les hace daño precisamente a ellos. Podríamos mencionar bueno ejemplos de una salud, que puede lograse sin la filosofía o emplearla moderadamente, casi por recreo, uno de ellos es el pueblo romano, que vivió en sus mejores tiempos sin filosofía. ¿Pero donde encontrar el ejemplo de un pueblo enfermo al que la filosofía le devolviera la salud? La filosofía ejerce una acción de socorro, de auxilio, de protección, precisamente con los sanos, a los enfermos no hace más que agravarlos. Cuando un pueblo ha exhibido su descomposición por haberse relajado los vínculos que unían a sus individuos, la filosofía nunca a logrado remediar el mal. Cuando un pueblo se ha mantenido aislado, trazando en su derredor un muro de suficiencia y contención, la filosofía ha contribuido a aislarle aún más, acrecentando los males de este aislamiento. Únicamente deja de ser nociva allí donde está justificada; y solo la salud de un pueblo, aunque no de todo pueblo, hace posible esta justificación.
Intentemos averiguar ahora, valiéndonos de aquella suprema autoridad, cuándo puede decirse que un pueblo está sano. El Griego, pueblo verdaderamente sano, “justifico” de una vez para siempre la filosofía por el hecho de haber filosofado, y por cierto mucho más que el resto de los pueblos. Ni siquiera dejaron de filosofar a su debido tiempo, pues aún en su vejez, prosiguieron amando ardientemente la filosofía, aunque ya no entendieran por esta más que las piadosas sutilezas y refinamientos bizantinos de la dogmática cristiana. Asimismo al no dejar de filosofar a tiempo, redujeron los servicios que hubieran podido prestar a la posteridad bárbara, ya que ésta, dada la ignorancia y la violencia de su juventud, se dejaría prender en aquella red tejida tan sutilmente.
En cambio los griegos supieron comenzar a tiempo y trasmitir como ningún otro pueblo, la enseñanza de cuándo se debe empezar a filosofar. No ciertamente en la miseria, contra lo que algunos piensan de qué la filosofía nace con la adversidad, sino en plena prosperidad, en una virilidad madura, en el seno de una generación valiente y victoriosa. El hecho de que los griegos hayan filosofado en esa época nos instruye tanto sobre lo que la filosofía es y debe ser como sobre los mismos griegos. Si los griegos hubieran sido aquellos hombres prácticos, sobrios y astutos que el filisteo ilustrado de nuestros tiempos imagina, o hubieran vivido, respirado y sentido en una ociosidad glotona, como admiten muchas fantasías indoctas, la fuente de la filosofía no hubiera tenido allí su origen. A los sumo, hubiera sido un arroyuelo, pronto cegado y desecado, pero nunca aquel caudal imponente de soberbio oleaje, que llamamos filosofía griega.
Es cierto que se ha intentado mostrar con empeño cuánto deben los griegos a los piases orientales. Constituiría un espectáculo curioso trazar un cuadro de los supuestos maestros orientales y de los principales discípulos griegos: Zoroastro junto a Heráclito, los indos con los eleáticos, los egipcios son Empédocles, o Anaxágoras entre los judíos y Pitágoras entre los chinos. En realidad, poco de esto se ha hecho; pero la idea no dejaría de complacernos si no se sacase de ella la consecuencia de que, por tal razón, la filosofía en Grecia fue algo importado y sin raíces en su propio suelo, y aún más; que, como algo extraño, mas bien la arruino que la favoreció. Nada más insensato que negar a los griegos un cultura autóctona; al contrario, absorbieron toda la cultura que los demás pueblos les proporcionaron, y que por eso llegaron tan lejos, porque supieron ir más allá del resto que el resto de los pueblos. Digno de admirase fue el arte que poseyeron de aprender con provecho; y así como ellos “debemos” nosotros aprender de nuestro vecinos a vivir, no a recoger cocimiento eruditos y a utilizar provechosamente lo aprendido a fin de elevarnos sobre nuestro vecinos. Los problemas acerca comienzos de la filosofía no tiene importancia, porque al principio todo es amorfo, tosco, vacío y deforme, y en todas las cosas no se aprecian más que los grados superiores de desarrollo. Quien en el dintel de la filosofía griega se inclina a ver elementos persas y egipcios, considerándolos más originales y en todo caso más antiguos, se muestra tan desaconsejado como los que ante la magnifica y soberbia mitología griega, no se sienten tranquilos hasta haber referido sus orígenes a trivialidades físicas como el sol, el relámpago, el viento y la niebla, y ven en la ciega adoración de la bóveda celeste de los otros indogermanos una forma religiosa más pura que el politeísmo griego.
Remontándonos a los orígenes, sólo llegamos a la barbarie, y quien se ocupa en el estudio de los griegos no debe olvidar que el indomable espíritu científico en todos los tiempos ha barbarizado tanto como el odio a la ciencia, Y que los griegos, por la atención a la vida, por un ideal de vida, dominaron su insaciable avidez de ciencia, viviendo inmediatamente lo que aprendían.

lunes, 21 de abril de 2008

Reflexiones Celebres - Raúl Ballbé

La ventaja de la infancia para acceder al mundo del espíritu

Anales de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires (año 2005)
“Psicología del Quijote”
Del Dr. Raúl Ballbé

La pasividad del espíritu es el momento privilegiado para que se nos manifieste, con la mayor plenitud, el don ofrendado y en esto radica la preeminencia del espíritu de la infancia, ubicado bajo el doble signo de la esperanza y de la gracia pues el niño no es una especie de esbozo de hombre al que se mira con indulgencia, sino, por la pureza, por el gusto de lo absoluto, es su modelo ideal. Como dice Bernanos: “del niño que fui y que es ahora para mí como un abuelo”. Se trata de una vuelta a sí mismo, de desprender lo aprendido para aproximarnos al fundamento de todo cuanto sobre él construimos y recibimos posteriormente. Lo que nos han enseñado es una cosa; la educación es otra.
La propia experiencia confirma que la frase cerventina: “el mundo hemos de dejar/del modo que le hallamos”, no es un lugar común, sino un pensamiento revelador de la íntima y profunda ley arquitectónica del autor. Américo Castro nos señala de las consecuencias morales de tal actitud. Si el carácter y su secuela la conducta son inmutables, la razón podrá darse cuanta de ese estado, pero no lo podrá variar. La moralidad se convierte en un hecho positivo, que en los sensible nos contentará o nos amargará pero que, en realidad, no merecerá censurada ni elogio; el individuo experimentará automáticamente los desarreglos de su conducta. La moral deja de estar gobernada por el ideal religioso para ser una manifestación de la naturaleza humana: el mundo es así y es inútil querer variarlo. El Quijote parece ser el gran exponente literario de esta concepción del hombre.
Pero ¿sabemos acaso qué es el carácter?. Las nociones comunes que nos ofrece el lenguaje son sumamente vagas y confusas. A veces nos hacemos de él, una idea tan elevada que no hay ser concreto que pueda encarnarla o bien lo rebajamos a tal punto que se reduce a una cualidad particular mas o menos arbitrariamente elegida como la energía, la firmeza de voluntad, la continuidad de las ideas y de la conducta o uniformidad de las costumbres. Dicho con otras palabras, o bien consideramos el carácter como un ideal tan alto que se vuelve inaccesible – como el querer ser Anadís Gaula, ideal desmesurado y presuntuoso de Don Quijotes – o lo ponemos al alcance de todos y pretendemos aprehenderlo en los más ínfimos ejemplares y en los muestrario más toscos de la naturaleza humana, como aparece en los inventarios al uso de la psicología clínica. El Quijote nos somete constantemente a la tensión y a la dialéctica sin superación posible entre el ideal caballeresco de un España que es carcomida por la comercialización de las relaciones humanas y por el alma necrófila y resentida de la novela picaresca. El alejamiento melancólico del mundanal ruido, a causa de un legítimo hastío encubierto por el discreto arrepentimiento de Don Quijote, es signo de nobleza.
Si el carácter es una feliz disposición del temperamento, de la cual hay que felicitarse cuando es concedida, sería entonces, en el orden de la naturaleza, el equivalente a la gracia en el teológico y, si la merecemos, habría que ser digno de conservarla. El carácter como la constitución orgánica, es lo que recibimos y nos constituye: es el cimiento que debería soportar cuanto le exijamos, al mismo tiempo que nos señalará los límites. De esta tensión surgirá el tema cervantino del acierto y del error.

viernes, 18 de abril de 2008

Reflexiones Celebres - Konrad Lorenz

Reflexión sobre las ciencias

Del libro: “ El porvenir está abierto"
de
Karl Popper y Konrad Lorenz.

Popper:

Ciencia e Hipótesis retoma el título de un libro de Henri Poincaré (La Ciencia y la hipótesis), una de las obras más sobresalientes de la filosofía de la ciencia; por eso la he elegido como título para esta jornada.
Me gustaría empezar haciendo una profesión de fe en las ciencias de la naturaleza. La ciencia se halla hoy en día bajo el influjo de unas corrientes modernistas más que cuestionables. No solo recibe ataque desde afuera, sino también desde adentro. Yo, sin embargo, considero que las ciencias de la naturaleza, junto con la música, la poesía y la pintura, constituyen la mayor realización del espíritu humano. Claro es que cualquier cosa puede ser mal empleada. Incluso la música puede ser mal empleada, y de hecho lo es, y lo mismo ocurre con la ciencia. Pese a todo, las ciencias de la naturaleza constituyen nuestra mayor esperanza. Si logramos salir del pantano en el que nos hemos metido, será sin duda con la ayuda de la ciencia. Probablemente esta afirmación suene muy “cientifista”, como suele decirse hoy día.

El reproche del cientifismo no procede

Por eso me gustaría subrayar que el reproche de cientifismo que se hace a los científicos no procede. Ni uno solo de los grandes sabios puede ser calificado de cientifista. Todos ellos eran escépticos, cautos, respecto a la ciencia. Siempre supieron lo poco que sabemos. El reproche de cientista apenas cabe dirigirlo, por ejemplo, a Henri Poincaré. Newton, ha sido uno de los hombres más grandes que ha existido y quizá el mayor de todos los científicos, hablaba de si mismo como de un muchacho que recogía piedrecillas y conchas en la playa sin darse cuenta, que tenia ante si un fenómeno tan desconocido como el mar. Yo creo que todos los verdaderos científicos se han visto así mismo como lo hacía Newton, siempre han sabido que no sabían nada y que, incluso en terrenos labrados ya por la ciencia, dominan una inseguridad casi absoluta. Como sin duda saben todos ustedes, la teoría newtoniana ha sido reemplazada mas o menos por al de Einstein. En la ciencia ocurren esas cosas.
Hasta hace aproximadamente un siglo, se creía que el campo de la mecánica descubierto por Newton había de englobar el dominio de la ciencia en su totalidad. Pero hacía 1890 apareció un campo totalmente nuevo con el descubrimiento de los electrones, obra de JJ Thomson, esto es, el campo de la electrónica. Ello dio lugar a una revolución que paso desapercibida a casi todas las personas ajenas al mundo de la ciencia. Se trataba de la revolución de la física atómica, en la cual vivimos inmersos hoy día. Puede distinguirse en ella distintas fases, aunque ahora no voy a entrar en ello. Lo que si me gustaría resaltar es el hecho de que la ciencia es obra de los hombres y, como tal, falible. Pues bien, precisamente la conciencia de esa falibilidad de la ciencia es lo que distingue al científico del cientifista. Porque si algo puede decirse del cientifismo es que se trata de una fe ciega, dogmática, en la ciencia. Y esa fe ciega es ajena al verdadero científico. Por eso los reproches del cientifismo quizá vayan dirigidos a ciertas ideas populares que se tiene de la ciencia, peor no afectan a los científicos propiamente dichos.

sábado, 15 de marzo de 2008

Reflexiones Celebres - Karl Popper

Del libro: “ El porvenir está abierto" de Karl Popper y Konrad Lorenz.

Lorenz:

Yo diría más bien: de algo que actúa aparentemente desde arriba. En realidad el universo entero ha sido fabricado de antemano de tal suerte que existe al menos la posibilidad de tener una actividad, una “voluntad”, como acaba de decir karl. Es erróneo al menos produce una sensación equivocada, afirmar que la vida anda ensayando a tientas en todas direcciones, y que, sin embargo, sigue una trayectoria ascendente. Parece más convincente y adecuado, desde un punto de vista humano, decir que la vida es un proceso de búsqueda de conocimientos. “Vivir” es aprender”, fue el título que pusimos a nuestra charla televisada. La vida ha sido establecida de tal moda a través de la selección – así podemos afirmarlo, sin apartarnos de Darwin – que alimenta, por utilizar un vocablo del leguaje cibernético, el sistema vital con datos relativos a su entorno. Si dentro del organismo surge una imagen cada vez más completa del entorno, ello se debe precisamente a un andar ensayando siempre de una manera activa. Ese ensayo constante en todas las direcciones constituye una actividad vital, no una espera pasiva. La vida emprende una tarea, afronta un riesgo. Nada importa que se es riesgo parezca una equivocación. La vida se arriesga, experimenta. También cualquier consorcio químico invierte buena parte de sus ganancias en el laboratorio, pues sabe con toda seguridad que acabará por resultarle rentable. He aquí uno de los procesos que determinan el paso acelerado que lleva la evolución; de lo contrario no tendríamos bastante con los pocos miles de millones de años que los radiólogos nos conceden.

Reflexiones Celebres - Konrad Lorenz

Del libro: “ El porvenir está abierto" de Karl Popper y Konrad Lorenz.

Popper:

La mala filosofía perjudica el arte

No sé cuántos años llevo ya defendiendo a Bühler a este respecto, pero hasta la fecha no he encontrado eco. Por eso me gustaría repetirlo ahora una vez más. Muy propio de la superficialidad intelectual de estos tiempos es el hablar de la lengua en todo momento como si solo fuera comunicación, simple comunicación, o bien simple expresión. El hincapié que se ha hecho en la simple expresión que supone el lenguaje ha desembocado por lo demás en el expresionismo. ¿Y qué es el arte en su acepción general? El arte es la expresión de la personalidad: Yo, el artista, soy importante en lo que es el arte; yo no tengo más remedio que expresarme y eventualmente no tengo más remedio que comunicarme. Eso es lo único que importa en el arte. Y eso es lo que lo ha condenado a su destrucción. Al fin y al cabo, los artistas sólo son seres humanos, y si oyen decir que todo es expresión, acaban por expresar simplemente sus sentimientos o quizás incluso el espíritu de su época. A eso se reduce la verdad en torno a la decadencia del arte: los filósofos superficiales son culpables de la decadencia del arte.

miércoles, 23 de enero de 2008

Reflexiones Celebres - Raúl Ballbé

Raúl Ballbé de su libro “ Vida, Tiempo y Libertad”

La crisis espiritual de nuestro tiempo tiene la peculiaridad de no estar relacionada, individualmente, con hombres dedicados a la labor científica (he conocido a muchos de ellos que jamás han compartido una ideología cientificista) sino con la gente que, sin saber nada de ciencia, cree firmemente en ella. Sin embargo, el saber que dirige la acción ya no es el saber de la vida sino el saber de la ciencia, profundamente diferente porque se funda en la conciencia de objeto, separada de lo que conoce, y la acción, vuelta objetiva, ha dejando de ser una acción para transformarse en puro accionar pues procede, según se cree, de acuerdo con las leyes de la ciencia, que no son de las vida. De esta manera, lo que ha reemplazado a la acción ya no tiene relación alguna con lo humano y esto no significa una crisis de la ética o de la cultura sino simplemente su supresión. Escribe Rilke:: “aún para nuestros abuelos las cosas era una casa, un torreón familiar, sí: su propio vestido, su abrigo, les era infinitamente más familiares. Cada cosa era como una vasija en la cual ellos encontraban algo humano y a la que añadían algo humano”.
La inseguridad que trae aparejado el desarraigo afectivo en un mundo cada vez más abstracto busca compensarse en una seguridad absoluta que logre eliminar hasta los accidentes. Esta sobreestimación de la seguridad de los resultados científicos se ha convertido en una característica general de los tiempos modernos, desde Galileo hasta nuestros días. La creencia de que la ciencia tiene la respuesta para todo, hasta lo que se debe hacer, es tan general que ha asumido la función social que antes era patrimonio de la religión, que es, en el fondo, la de brindar seguridad absoluta, lo cual convierte en problemática la cuestión acerca de la compatibilidad de la religión con la ciencia, ya que la potestad en materia de seguridad no se comparte.

viernes, 4 de enero de 2008

Reflexiones Celebres - Czeslaw Milosz

Czeslaw Milosz de su Libro “Abecedario”

NUMERO

Cuando uno piensa cuántos somos y cómo aumenta la población de nuestro planeta, es fácil verse preso de un miedo apocalíptico. Su lado malo consiste en idealizar los siglos pasados con la convicción de que antaño la gente vivía mejor, algo que es, por supuesto, falso.
No obstante, los números grandes entrañan enorme dificultad para nuestra imaginación. Como si estuviéramos contemplando la humanidad de forma que no está permitido al hombre sino, quizá, sólo a los dioses. En una película la imagen de una metrópoli fotografiada desde arriba corresponde a la circulación de miles de puntos claros y pequeños, es decir, a los coches. Uno sabe que en cada uno de estos coches hay personas sentadas del tamaño de microbios. Esta disminución de las vidas humanas simplemente porque son muchas “tiene que ser la diversión de líderes y tiranos”, escribía yo en el año 1939. En otras palabras, pueden pensar en categoría de masas. ¿Un millón de personas más o menos, qué diferencia hay?

Desde una gran distancia y altura las diferencias entre las partículas humanas se borran, pero un observador normal, incluso cuando se coloca en algún sitio elevado no puede dejar de transportarse mentalmente allí, donde está el resto de las personas. Entonces tiene que reconocer que es parte de ellos. Es un golpe para su identidad, para el principio de individuación, el principium individuationis. En realidad sólo la certeza de que nuestra existencia es irrepetible, de que nuestro destino nos corresponde exclusivamente a nosotros, sostiene la fe de la inmortalidad del alma. Los grandes números no sólo son responsables de que cada vez nos apretujemos más, porque en todos los sitios, en las montañas, en los bosques, sobre las aguas, hay gente, sino porque también nos aniquila, nos impone la convicción de que no somos más que hormigas que se esfuerzan en vano y de las que con el tiempo no quedará ni rastro.
Seguro que se trata de una ilusión de nuestra perspectiva porque basta con invertir el anteojo y aumentar en vez de disminuir para darse cuenta que no hay dos individuos iguales. Entonces lo general pierde y lo particular gana. Las huellas dactilares no se repiten, tampoco los rasgos del estilo individual, aunque eso resulta más difícil de comprobar. Pero al movernos entre un gran número, tendemos a olvidarnos de ello.