HONESTA DESCRIPCIÓN DE MÍ MISMO
Tomándome un whisky en un aeropuerto,
digamos que en Mineápolis
Mis oídos captan cada vez menos las conversaciones,
mis ojos se debilitan, pero siguen siendo insaciables.
Veo sus piernas en minifalda, en pantalones o envueltas
en telas ligeras.
A cada una la observo por separado, sus traseros y
sus muslos, pensativo, arrullado por sueños porno.
Viejo verde, ya sería tiempo de que te fueras a la tumba
en lugar de entretenerte con juegos y diversiones de jóvenes.
No es verdad, hago solamente lo que siempre he hecho,
ordenando las escenas de esta tierra bajo el dictado
de la imaginación erótica.
No deseo a esas criaturas en particular, lo deseo todo,
y ellas son como el signo de una relación extática.
No es mi culpa que así estemos constituidos: la mitad
de contemplación desinteresada y la mitad de apetito.
Si después de morir me voy al cielo, tendrá que ser
como aquí, sólo que liberado de estos torpes sentidos,
de estos pesados huesos.
Transformado en mirar puro, seguiré devorando las
proporciones del cuerpo humano, el color de los lirios,
esa calle parisina en un amanecer de junio, y toda la
extraordinaria, inconcebible multiplicidad de las cosas visibles.
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miércoles, 13 de febrero de 2008
Poemas Celebres - Czeslaw Milosz
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Labels: Czeslaw Milosz, Poemas Celebres
viernes, 4 de enero de 2008
Reflexiones Celebres - Czeslaw Milosz
Czeslaw Milosz de su Libro “Abecedario”
NUMERO
Cuando uno piensa cuántos somos y cómo aumenta la población de nuestro planeta, es fácil verse preso de un miedo apocalíptico. Su lado malo consiste en idealizar los siglos pasados con la convicción de que antaño la gente vivía mejor, algo que es, por supuesto, falso.
No obstante, los números grandes entrañan enorme dificultad para nuestra imaginación. Como si estuviéramos contemplando la humanidad de forma que no está permitido al hombre sino, quizá, sólo a los dioses. En una película la imagen de una metrópoli fotografiada desde arriba corresponde a la circulación de miles de puntos claros y pequeños, es decir, a los coches. Uno sabe que en cada uno de estos coches hay personas sentadas del tamaño de microbios. Esta disminución de las vidas humanas simplemente porque son muchas “tiene que ser la diversión de líderes y tiranos”, escribía yo en el año 1939. En otras palabras, pueden pensar en categoría de masas. ¿Un millón de personas más o menos, qué diferencia hay?
Desde una gran distancia y altura las diferencias entre las partículas humanas se borran, pero un observador normal, incluso cuando se coloca en algún sitio elevado no puede dejar de transportarse mentalmente allí, donde está el resto de las personas. Entonces tiene que reconocer que es parte de ellos. Es un golpe para su identidad, para el principio de individuación, el principium individuationis. En realidad sólo la certeza de que nuestra existencia es irrepetible, de que nuestro destino nos corresponde exclusivamente a nosotros, sostiene la fe de la inmortalidad del alma. Los grandes números no sólo son responsables de que cada vez nos apretujemos más, porque en todos los sitios, en las montañas, en los bosques, sobre las aguas, hay gente, sino porque también nos aniquila, nos impone la convicción de que no somos más que hormigas que se esfuerzan en vano y de las que con el tiempo no quedará ni rastro.
Seguro que se trata de una ilusión de nuestra perspectiva porque basta con invertir el anteojo y aumentar en vez de disminuir para darse cuenta que no hay dos individuos iguales. Entonces lo general pierde y lo particular gana. Las huellas dactilares no se repiten, tampoco los rasgos del estilo individual, aunque eso resulta más difícil de comprobar. Pero al movernos entre un gran número, tendemos a olvidarnos de ello.
NUMERO
Cuando uno piensa cuántos somos y cómo aumenta la población de nuestro planeta, es fácil verse preso de un miedo apocalíptico. Su lado malo consiste en idealizar los siglos pasados con la convicción de que antaño la gente vivía mejor, algo que es, por supuesto, falso.
No obstante, los números grandes entrañan enorme dificultad para nuestra imaginación. Como si estuviéramos contemplando la humanidad de forma que no está permitido al hombre sino, quizá, sólo a los dioses. En una película la imagen de una metrópoli fotografiada desde arriba corresponde a la circulación de miles de puntos claros y pequeños, es decir, a los coches. Uno sabe que en cada uno de estos coches hay personas sentadas del tamaño de microbios. Esta disminución de las vidas humanas simplemente porque son muchas “tiene que ser la diversión de líderes y tiranos”, escribía yo en el año 1939. En otras palabras, pueden pensar en categoría de masas. ¿Un millón de personas más o menos, qué diferencia hay?
Desde una gran distancia y altura las diferencias entre las partículas humanas se borran, pero un observador normal, incluso cuando se coloca en algún sitio elevado no puede dejar de transportarse mentalmente allí, donde está el resto de las personas. Entonces tiene que reconocer que es parte de ellos. Es un golpe para su identidad, para el principio de individuación, el principium individuationis. En realidad sólo la certeza de que nuestra existencia es irrepetible, de que nuestro destino nos corresponde exclusivamente a nosotros, sostiene la fe de la inmortalidad del alma. Los grandes números no sólo son responsables de que cada vez nos apretujemos más, porque en todos los sitios, en las montañas, en los bosques, sobre las aguas, hay gente, sino porque también nos aniquila, nos impone la convicción de que no somos más que hormigas que se esfuerzan en vano y de las que con el tiempo no quedará ni rastro.
Seguro que se trata de una ilusión de nuestra perspectiva porque basta con invertir el anteojo y aumentar en vez de disminuir para darse cuenta que no hay dos individuos iguales. Entonces lo general pierde y lo particular gana. Las huellas dactilares no se repiten, tampoco los rasgos del estilo individual, aunque eso resulta más difícil de comprobar. Pero al movernos entre un gran número, tendemos a olvidarnos de ello.
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