martes, 15 de abril de 2008

Libro “El silencio” – Capítulo 9

MUNDO

Es una fuerza la que hace, la que construye paso a paso, en un encadenamiento continuo; la que permite que el hombre sea.
La antropología, la psicología del aprendizaje, la anatomía de los movimientos, su cinética, nos hace ver que además de ser una consecuencia, somos una fuerza natural que se revela, que se hace presente; como si fuera ella el viento y nosotros las infinitas olas del mar, aquellas que aun se baten entre sí.
Esos Istmos presentes, esa espuma que en el medio del mar se eleva hasta rugir, hasta producir tormentas, tornados; que arrasan pueblos, bosques, desiertos para luego ser calma, reposo, hasta el próximo salto, el próximo grito, el próximo alarido, la próxima palabra, el próximo poema.
Algo que te sorprende cuando lo pensaste, algo que lo escribiste y luego te gustó. Lo inesperado; aquello que llega como donación, como regalo: la vida, tu vida, tus sueños, tus alegrías, tus esperanzas, tus ilusiones y porque no, tus alucinaciones también.
Un mundo que se revela, un cuerpo que se retiene y avanza, como un tornillo que perfora a la tierra, a la roca, a la oscuridad, al silencio.
Brota entonces la savia que se desvía, la sangre que ha regado desiertos a través del tiempo, aquella que hace bullir la voluntad del hombre, que arremete contra los arrecifes, los acantilados de mármol para ser espuma, para ser sueño.
Claras y salvajes a la vez son las aguas profundas y cristalinas, y en su batirse sobre sí se purifican. Tan sutiles y delicadas llegan a ser, pero a la vez incontenibles. Ellas carcomen la roca y taladran el mármol más duro; porque son la insistencia y la perseverancia, las que le dan poder.
Allí en el fondo habitan los peces más delicados y sutiles también, más diestros en el arte del desplazamiento, de escabullirse entre los arrecifes, entre las algas, entre las piedras y entre los intersticios que deja la naturaleza para ellos.
Sabrosa su carne, fría las aguas. Afuera el Sol adormece con su manto de calor y luz. Es la luz, la demasiada luz la que retiene al animal y lo devora. Es el calor que hace hervir la sangre de todo animal que se complace con la luz.
El Sol además de darnos vida, a la vez nos adormece, mientras la noche, la oscuridad, nos arroba. Somos más oscuridad que luz, más silencio que palabra.
No es la muerte la que nos saca, la que nos retira de la vida; es la luz, es el calor el que hace de nosotros seres temporales. ¿Seremos seres a los cuales alguien adormece sobre brasas, para luego degustar aquello que habremos de ser?
Es la carne del ciervo joven una delicia, porque ella tiene el sabor de una raza a la que la naturaleza a dotado de fibra, de músculos, capaces de correr más rápido que un León y que a la vez es tierna por su juventud.
Los héroes jóvenes se van temprano, antes que el hombre común, antes de aquel que pastorea por lo valles que aquellos dejaron y que fueron capaces de enfrentar a fieras salvajes que aún acechan.
Como un manto la serena oscuridad, se va formando, tejiendo por fibras de silencio, de aquel silencio que hace, que elabora, que construye. Cada gen, cada célula, cada órgano, cada ser, da un pequeño salto, un pequeño paso. Y como si el espíritu presente fuera la aguja de tejer, va uniendo a través de los hilos de savia o de sangre.
Un gran manto somos. Pero no es para cubrirnos del frío ni de la soledad, sino que sirve de paño de terciopelo, para que no se hieran nuestros pies al caminar. Todo lo demás es ajeno a nosotros y a la vez lo llevamos a cuestas.
Llevamos desde el LUCA hasta la última idea leída o pensada por nosotros, por nuestros progenitores. Todo llevamos a cuestas.
Y lo que vemos, lo rechazamos o aceptamos, lo incorporamos a esa ciudad de luz donde sólo el corazón del hombre puede ver.
La ciudad luz está hecha, construida, por la obra del hombre, por los conocimientos logrados, arrancados, arrebatados de la naturaleza; pero habita por la obra de su espíritu, cuyas palabras, colores, sonidos, son su afectividad con la cual moldea lo almacenado, lo experimentado: el alma.
El nuevo Prometeo se para frente a los dioses y los desafía nuevamente; pero ahora sí, desde el barro, no desde el peñasco; ya no desde los acantilados de mármol, sino desde esas tinieblas, desde ese silencio que contiene la niebla que somos.
Nuestro próximo paso, nuestro nuevo despertar, será el mundo. El mundo espiritual.
Karigüe

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Gracias. Karigüe

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