lunes, 4 de octubre de 2010

Libro “El Hombre"– Capítulo 2

ondas

Somos seres que tienen fe, no hemos tenido otra posibilidad que creer en algo, sentir que hay alguien aquí en la tierra como en los cielos, que está ordenando, que está tratando de que esto se sostenga, se mantenga.
He inclusive, que haya alguien que esté más allá de la muerte, alguien que esté cuidando a nuestros muertos, y que nos cuide cuando estemos con ellos. Aunque en realidad no sabemos nada que esté después de la muerte.
Creímos en el Sol, en la Luna, las Estrellas, adoramos a cuanto animal, cosa, o ser, estaba cerca nuestro y que percibiéramos, presintiéramos, que tuviera algo sagrado.
Hasta que Parménides llega con su pensamiento a percibir que hay un Ser. Si bien ya Tales pensó que el Agua era el principio y base de todo lo existente, luego Empedocles el aire; Esiodo la tierra, y Herácilito en el fuego; pero es Parménides quién nos dice que debe haber un Ser, origen de todo lo existente.
Desde entonces hemos vagado, hemos ido, andado, caminado: Parecieran que sobre dos ríos: uno sobre la superficie que era la vida, la vida del mono que piensa hasta llegar a Descartes, kant, Liebniz, etc., la razón básica, la razón, lo lógico, que nos ha llevado hasta la técnica, la ciencia de nuestros días, sin dejar de lado a la moral, a la ética. Pero otro río paralelo, pero subterráneo, fue avanzando, alimentando a la vida de los hombres, fue y son los semidioses; sí, aquellos hombres especiales, intermediarios, que nos están acompañando desde siempre, de vez en cuando aparece uno nievo con rostro de hombre, lo fue Mahoma, Buda, Zoroastro, Lau Tze y tantos otros, que ampliaron nuestra mirada, hicieron brotar la fe, como flor y fruto del árbol de la vida.
Pareciera que inclusive la vida avanza como una onda, por momentos está en la superficie, por otros se sumerge bajo la tierra y brota como oasis en el desierto que somos.
Alguna vez escuche: ”El hombre es un poema de Dios” La verdad que fue una de las cosas que más toco a mi corazón, ya que un poema no solo son palabras, son palabras que fundan, que traen en sí, como si fueran la esencia que llena a una vasija, como es la palabra.
Cuando usamos las palabras ellas se convierten en nuestra segunda piel, una piel que nos sirve para protegernos de la intemperie y relacionarnos con los demás.
Pero es que las palabras mismas se internan, son sembradas en nuestra alma, ya sea ella desierto o campo fértil, y solo el tiempo como vida la riega, la va regando; ellas crecen, se multiplican y hay algo así como nuestro ser que las cultiva, que las cuida, las injerta; sin que mucho tengamos que ver nosotros, como seres con conciencia.
Llega el momento en que salen, brotan como racimo de flores, en los cuales hay rosas, claveles, magnolias, jazmines. Es el conjunto de colores, de formas, de perfumes, que llegan nuevamente a nuestro ser. Es como cuando una mujer tiene en su vientre a un niño, la revelación es cuando nace, cuando sonríe, cuando habla, cuando camina.
Así es un poema y es lo más cercano, por lo menos para mí que así lo siento, que lo que debe sentir un dios, El Dios, con esa criatura llamada hombre.
Ya que está el universo, la tierra, la naturaleza; pero si vemos en este orden, sentiremos que la belleza va creciendo, va acercándose, al llegar la vida o el big bang a la naturaleza; sentimos la belleza, esa belleza que tienen los campos verdes, las flores, los animales; es como si primero fuera el grito, luego la palabra y por ultimo la palabra poética.
Lo que podemos ver, sentir o simplemente percibir, es que se va erigiendo algo, algo maravilloso se está haciendo presente, presencia. Es decir la esencia se convierte, se muta, se trasforma, en presencia.
Eso pasa también en el alma del hombre, en el alma del poeta, la esencia se hace presente; la vida, nuestra vida se convierte en un poema.
Un poema que se muestra, que se hace realidad, presente en el amor, el respeto, por los otros, por la vida, por el mundo, por el universo. Es como si los muertos volvieran y se hicieran presentes en el corazón del hombre, como si ellos nunca dejaron de ser parte nuestra.
Ellos son como el telón de fondo desde el cual brota la vida como belleza: ese es el cielo de nuestro corazón, el cielo en el cual compartimos los hombres con los dioses. Unos que legan del cielo, otros que brotan de la tierra. Podemos decir que ese es el mundo, pero es algo más, es lo que se va destilando del mundo, convirtiéndose en espíritu.
Hace muy poco nada mas, que no había arte, música, pintura, poesía; pero fueron y están brotando lentamente del alma de los hombres.
Pero ese cielo de nuestro corazón es habitado, compartido, casi sin intermediarios el espíritu del hombre, con los dioses, dioses que son mensajeros del Dios. Hemos dado, mejor si decimos estamos dando otro paso más, en nuestra escalada de desarrollo, de evolución: intentamos volver al paraíso perdido.
Tal vez con la muerte volvemos, pero es en la vida que queremos sentirlo, porque es allí en lo alto del istmo, en el que se percibe, como se percibe una brisa, un viento fresco, la presencia de lo divino, de lo sagradamente divino.
Todo esto lo decimos como si saliéramos afuera de nosotros y viéramos al hombre como representación; pero veámoslo ahora desde dentro de nuestra alma, la vemos, lo vemos, como si al nacer estuviéramos en lo alto de la onda, luego la vida, nos sumerge y vivimos como si estuviéramos dentro de un remolino de arena en el desierto de las cosas, luego brotamos como un oasis y he ahí el aire puro, la belleza, la melodía dentro de nuestra alma, volvemos a ser niños, como cuando jugábamos con el cosmos y brotaba desde nosotros esa sonrisa llena de gozo, como cuando uno se encuentra con los seres queridos.
¿No son así las épocas? Desde hace tiempo, no es que el Dios a muerto, sino que hemos estado sumergidos por un tiempo largo, solo para nosotros largo, y ahora es como si comenzáramos a brotar de nuevo.

Karigüe

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Gracias. Karigüe

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