lunes, 2 de agosto de 2010

Libro “La Vida – Capítulo 9

DEL LADO NUESTRO

Cuando se reúnen los amigos, la familia; en una fiesta, en un cumpleaños por ejemplo, hay un gusto, un placer de ver, de volverse a encontrar, los abrazos, los saludos, la conversación, el brindis, la alegría, el baile; tantas cosas que en un pequeño lapso de tiempo, recuerdas cosas que pasaste, que viviste.
Es hermoso, por más que a veces se recuerden cosas no tan agradables; la mayoría están en esos momentos con el carácter inclusive de perdonar, de olvidar recuerdos que nos carcomen por dentro y que son como pequeñas enfermedades, que nos van destruyendo por dentro.
Algunas veces, he escuchado, particularmente en la religión Cristiana, que Dios castiga. Este concepto es muy amplio, pero tiene un matiz que hemos visto a lo largo del tiempo, que el que la hace lo paga, es como una ley de la naturaleza, como la ley de la gravedad; pero es así no está escrita, no la vemos, pero de una u otra manera está, se cumple.
No es el caso aquí quedarnos en este tema tan delicado; sino sólo el de que en esos momentos uno es propenso a perdonar, y la mayoría de eso que llamamos culpa, error, ofensa, por lo general son cosas sin importancia, porque el mismo tiempo las borra.
La fiesta en si, es una creación humana, el encuentro con los amigos, con los familiares, el brindis, la comida, la sonrisa, el chiste, el baile, todas son manifestaciones, expresiones, de nuestra forma de ser, forma de relacionarnos con los demás.
Ves rostros que el tiempo ha consumido, pero no el ánimo, el cariño que sienten por lo demás; con el tiempo, con el paso del tiempo las personas nos convertimos en más afectivos, como si nos diéramos cuenta, que todos nos estamos yéndonos; aunque muy pocos se quieren dar cuanta de ésta realidad, pero el resultado es lo que importa nos guste o no, nos volvemos más amables, más cariñosos.
La mayoría de las luchas, las peleas, son inútiles. Después de la adolescencia nos enredáramos en ese tipo lucha; mejor si decimos nos volvemos luchadores porque queremos tener un lugar en el mundo, un respeto, una forma de ser respetable. Ello no está mal, lo que esta mal es la desmesura, luchar por luchas, luchar por miedo. Luego con la madurez quedan como rezago, como basura, por así decir, los rencores, las enemistades, que sólo el paso del tiempo o el crecimiento personal, la maduración, lo borra, los eliminan.
Surge en cada uno de nosotros una personalidad, un yo, que trata de ver, de comprender, que aquello que nos mantuvo en la superficie necesita profundidad, necesita comprensión, amor, entendimiento, perdón.
Es como un campo de batalla, después de la batalla, recogemos a los heridos, bajamos las armas; miramos al horizonte sin saber, sin comprender a estas, que son por lo general luchas inútiles.
Es como si nos fuéramos acorralando en una esquina del corral, allí nos apretamos, de tal manera que esos roces son los que encienden al fuego, son las chispas, para que el hedor explote. Nos preocupamos solo por nosotros sin importar al otro, pero es qué somos el otro también, somos el entorno. Es como se ve ahora hermosos centros de campo rodeado de villas miserias, no se puede esperar que tarde o temprano eso se encienda, que el roce cause las cosas que nos presentan el mundo también injusto, la esquina del corral comprimida.
Esto no es política, es realidad, es verdad. Peleamos por que nos asustamos, nos salimos de nosotros mismos, estamos atareados nos guste o no de vivir por vivir; es verdad también que el temerario va adelante sin que tenga conciencia de ello, pero tarde o temprano esa realidad, se hará presente y he allí las consecuencias.
No es que la vida en si es injusta, los hombres son lo que practican la injusticia, por esa ambición desmedida, por ese miedo, a que la salud, la riqueza, el buen pasar, nos abandone; el buen pasar en esa esquina del corral.
Las puertas de la vida están abiertas, están a merced de los espíritus lucidos y valientes que se atreven a ver, que tiene el corazón amplio, como una morada en donde el otro puede habitar también.
Hay algo a donde tendríamos que ir con más frecuencia es o son esas ventanas, puertas, abiertas por donde podemos salir allí, a donde la vida es más vieja, más antigua, más sabia, más madura.
Esa ventana se llama amor, amor así mismo significa respeto; para amar a los demás se necesita conocerlos, comprenderlos, perdonarlos como nos tenemos que perdonar por nuestros errores, es como sino supiéramos perdonar los errores o fallas en su conducta, en el comportamiento de los niños; los tratamos con tal dureza, que es como un límite móvil que sino obedecen, del otro lado está el abismo, porque es así todo lo que no entendemos, amamos o comprendemos, lo consideramos peligroso, casi como si los barrotes del corral nos estuvieran protegiendo, y en verdad es cierto nos protegen de la desbandada, pero no por ello debemos de dejar de ver, de dejar de salir de nosotros mismos, de nuestras enseñanzas recibidas, de nuestro preconceptos, que el mundo que recibimos no es el mismo en el que vivimos, ni el que dejaremos a nuestros descendientes.
La vida está, está ahí para ser vivida, ella no nos impone nada que no podamos trepar la cerca y salir, y respirar la libertad, esa responsabilidad de elegir, por nosotros mismos, los caminos a seguir, y esos caminos necesitan ser desmotados, abiertos, mantenidos; he allí el trabajo, pero el trabajo como imposición nuestra, porque el mismo es el que nos da el placer de otras cosas, de otros logros humanos.
De este nuestro lado está la injusticia, como la que cometemos con los animales, con los otros y con nosotros mismos, es el hombre el responsable; pero no como obligación sino como consecuencia; que si cultivo es porque necesito los alimentos, alimentos que nos sean convenientes, por esa naturaleza nuestra y esos sueños de querer ser algo mejor de lo que hasta ahora somos.

Karigüe

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Gracias. Karigüe

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